Este blog es algo así como un gemelo de musicalculebrones.blogspot.com, el que ofrece materiales sobre historia de la música. Mi intención es alternar ambos.

lunes, 20 de abril de 2015

ANÁLISIS DEL 1er. MOVIMIENTO DE LA SONATA HOBOKEN No 7 DE HAYDN

Las primeras sonatas para teclado de Franz Joseph Haydn (1732 – 1809) no son sus mejores ni más ambiciosas obras. Sin duda. Pero tienen valor musical y, además, me permiten  hacer referencia a ciertos aspectos de su figura, así como a fenómenos históricos que no siempre son suficientemente tenidos en cuenta.
 
Haydn es el primer integrante de ese trío de compositores (que completan Mozart y Beethoven) al que se ha llamado Primera Escuela de Viena (ninguno era vienés de origen) y que se identifica con el período clásico.
 
Siempre se dice que Beethoven fue el primer compositor independiente y que Mozart, unos años antes, lo intentó sin conseguirlo.  Hasta cierto punto es verdad, pero tal vez haya que prestar un poco más de atención al caso de Haydn. Si bien se mantuvo toda la vida dentro del sistema del mecenazgo, su situación se modificó, y mucho, en el último período de su vida.
 
Durante su juventud hizo musicalmente de todo un poco. Pero en 1761  las cosas cambiaron sustancialmente: contratado por los Esterhazy, una de las familias nobles más poderosas de Hungría, vivió más de veinticinco años en el suntuoso  palacio[1] que, poco después, comenzó a construir el príncipe Nicolás, llamado “el magnífico”,  para rivalizar con el esplendor de Versalles. Nicolás era un entusiasta impulsor de la música e instrumentista él mismo.
 
 
 
 
Los músicos contratados por los nobles formaban parte de su servidumbre. Algunos  podían gozar de privilegios, grandes en ciertos casos, pero seguían siendo sirvientes.[2]
 
El contrato de Haydn con los Esterhazy le exigía componer y dirigir todo lo que se le pidiera, afinar los instrumentos de teclado, llevar el control del estado de los instrumentos, mantener en orden el archivo de música, estar adecuadamente vestido y revisar la vestimenta de los músicos para las presentaciones, etc., etc. Y no podía disponer el uso de sus propias obras. Después de los primeros años, este último aspecto se fue haciendo progresivamente menos riguroso hasta desaparecer.
 
Por otro lado, tenía a su servicio una persona para tareas domésticas (es decir que era un sirviente con sirviente), podía disponer de un carruaje, cazaba y pescaba en los terrenos propiedad del príncipe cuando sus obligaciones se lo permitían, y mantenía con éste una muy buena relación. Entre las muchísimas obras que compuso durante su estancia en Esterháza hay 200 piezas que incluyen el barítono, instrumento de cuerda grave hoy en desuso, que era el que tocaba su patrón, quien se las había encargado.
 
En 1790 el príncipe Nicolás muere y Haydn establece su propia casa en Viena, aunque sigue prestando servicios a la familia Esterhazy.
 
Al poco tiempo de haberse instalado en esa ciudad realiza el primero de sus dos viajes a Londres, que lo harían millonario. En Inglaterra –en donde  se había producido la Revolución Industrial y se había superado el feudalismo- lo consideraban el mejor compositor vivo de todo el mundo y algo así opinaban también en otros países de Europa, ya desde hacía bastante tiempo.
 
¿Por qué ocurre esto? ¿Por qué un sirviente privilegiado de la nobleza puede actuar como exitoso músico independiente? ¿Será porque en la relación entre los compositores y la sociedad empieza a producirse un cambio fundamental, consecuencia del que se está produciendo en ésta, al comenzar el declive de la aristocracia y el ascenso de la burguesía hacia el poder? Recordemos que justamente en ese momento está triunfando la Revolución Francesa.
 
En mi opinión, la última pregunta del párrafo anterior debe responderse afirmativamente.
 
Haydn permaneció toda su vida inserto en el sistema del mecenazgo. Consideraba que le había sido muy favorable haber vivido tanto tiempo en ese lugar, lejos del ‘mundanal ruido’, pero con todas las posibilidades técnicas. Sin embargo, al final fue el que más provecho obtuvo, por lo menos económicamente, del cambio que se estaba operando en la sociedad europea. En Londres cobró grandes sumas de dinero por componer nuevas sinfonías, por dirigir orquestas, por dar clases. No le alcanzaba el tiempo (ni quería que le alcanzara) para aceptar todas las invitaciones a cenar que recibía.
 
Los tres grandes compositores del período clásico viven, cada uno a su manera, de acuerdo a las circunstancias en las que se desarrolla su actividad y a su particular manera de ser, la profunda transformación en las condiciones de vida y producción que se operan en la segunda parte del siglo XVIII y en los comienzos del XIX. Papá Haydn, como dicen que le decían los músicos a su cargo fue, durante más de la mitad de su vida, el satisfecho sirviente favorito de una de las familias nobles más poderosas de la época. Desde esa posición fue acumulando prestigio internacional y terminó transformado en algo así como una  superstar del naciente mercado musical capitalista. Dado su carácter, particularmente sobrio, esta condición no ha trascendido especialmente. Se le recuerda, sí, por la amabilidad y la bondad, el sentido del humor, la generosidad, a veces ingenua (como en algún caso con su entonces alumno Beethoven), no por el excepcional hecho –para la época- de haberse hecho rico con esa su profesión.
 
Los cambios no se están produciendo únicamente en la relación entre la sociedad y el artista, sino también, claro, al interior de la propia música. Enumeremos algunos:
 
- La escritura contrapuntística del barroco es sustituida por una armónica. Inicialmente, muchos compositores rechazan totalmente el lenguaje anterior, aunque muy pronto se volverá a apreciar lo horizontal, ahora con un significado diferente.
- Se va intensificando el proceso de regularización en cuanto al número de compases, que culminará en el siglo XIX con la prácticamente “dictadura” del 4 y del 8. (Véase la llamada 4).
- En el barroco, cada movimiento de una pieza expresa un único sentimiento. En el período clásico aparece la confrontación, el conflicto de estados de ánimo. Y la sonata clásica es la forma en que esta novedad se manifiesta de manera más estructural.
 
(Resulta necesario señalar que el término sonata tiene, en esta época, por lo menos dos significados. Por un lado es un género, es decir un tipo de obra, en varios movimientos;  por otro, una forma, o sea, la manera en que se estructura un determinado movimiento. Por ejemplo, la Waldstein de Beethoven pertenece al género sonata y su primer movimiento está escrito en forma sonata.)
 
 
Pero estos cambios –como se señaló en textos anteriores-  en general se van produciendo paulatinamente: las sonatas de Haydn constituyen un muy buen ejemplo de este proceso.
 
En este momento resulta adecuado incluir un esquema mínimo (muy mínimo) de la estructura de la  forma de la sonata clásica: es tripartita y está constituida por: exposición, desarrollo y recapitulación. La exposición consta, casi siempre, de dos  grupos de temas (en un principio no había grupos; se trataba simplemente de dos temas). El primer grupo está en la tonalidad principal de la obra; el segundo, en otra tonalidad, muy frecuentemente la dominante. Y aquí se produce el conflicto a que antes me refería: lo que invariablemente hay en la exposición de la sonata clásica es una oposición tonal, reforzada, casi siempre, por contrastes temáticos y rítmicos. El desarrollo es la intensificación del conflicto planteado en la exposición. Al final del desarrollo está lo que llaman retransición que, aunque prolonga la tensión anterior, crea la expectativa de resolución tonal.  Esta llega en la recapitulación: reaparece el material de la exposición, pero ahora todo en la tonalidad principal. Ha habido reconciliación. (Insisto en que éste es un esquema minimísimo, que sólo muestra lo que considero la esencia de la forma.)
 
Partitura del 1er. movimiento de la sonata en Do mayor, Hoboken No. 7
 
 
 
 
El 1er. movimiento de la sonata Hoboken[3] No. 7 no es, ni cerca, el de una sonata clásica. Se trata, simplemente, de una forma binaria redondeada. No hay  conflicto en la primera parte (apenas una simple modulación a la dominante) y, por lo tanto, tampoco puede haber intensificación del mismo en el comienzo de la segunda. En cuanto a los siete últimos compases del movimiento, existe sí “reconciliación” tonal con los materiales de la exposición, que ahora se escuchan incompletos. No obstante, como se verá en el análisis, en todo el movimiento está germinando la futura forma.
 
Sus dimensiones (sólo 23 compases y en métrica de 2/4, el doble con las repeticiones) nos alejan de la idea habitual de lo que debe ser el primer movimiento de una sonata. En las maduras de Haydn, éstos pueden alcanzar una extensión diez veces mayor o más. Ni hablar en las de Beethoven.  
 
 
 
 
 
Como se puede apreciar en el gráfico que antecede, la asimetría es total, y el 4 y el 8 no figuran en ningún lado.[4]
 
Si la consideramos una forma binaria redondeada, que es lo que es, podríamos representarla con letras de la siguiente manera:
 
                                 A (10 cc,.) + BA’ (6 + 7 cc.)
 
Si, forzando mucho la realidad, pensamos en una forma sonata (de la cual es un germen), podríamos describirla así:
 
Exposición (4 y ½ + 5 y ½ cc.)
Desarrollo (6 cc.)
Recapitulación (4 + 3 cc.)
 
El primer compás y medio recuerda el sentido de las primitivas oberturas, que era simplemente llamar la atención, decirle a los oyentes, “ya empecé”. Se trata de tres acordes (I – V- I) que nos ubican, inconfundiblemente, en la tonalidad de Do mayor. Al mismo tiempo, se relacionan con lo que sigue (final del c. 2 hasta 1ª mitad del 5). Estos primeros cuatro compases y medio, la primera frase de la sonata, constituyen el mayor gesto melódico de todo el movimiento, casi exclusivamente con desplazamientos por escala.
 
Lo que viene a continuación, la segunda frase (2ª mitad de c. 5 a c.10), se diferencia claramente de lo anterior, contrasta con él. Se trata de un proto segundo tema:
- Tonalmente, se desplaza paulatinamente a Sol mayor;
- La melodía por grados conjuntos es remplazada, en general, por intervalos que plantean (relativamente) una relación más armónica que melódica;
- El ritmo se inquieta por la presencia constante de semicorcheas las cuales, a veces, se escuchan como si fueran dos voces. Esta podría ser una posible melodía interna en las semicorcheas:
 
 
 
- Se oyen numerosas notas repetidas, otro contraste con el fluir melódico de los primeros compases de la sonata.
 
Los compases 9 y 10 son de carácter cadencial (en Sol mayor). Regresa, en ellos, el movimiento melódico por escala.
 
En síntesis, en esta primera parte (exposición) de sólo diez compases, ya hay indicios de lo que será la forma de la sonata clásica. Pero sólo eso: indicios.
 
Viene ahora lo que podría considerarse (o no) una transición de seis compases, una de cuyas tareas es volver a la tonalidad de Do mayor, lo que realiza casi sin resistencia. Apenas hay dos débiles fa#, alternados con fa  natural, mientras armonía y melodía nos conducen a la tonalidad principal.
 
Sin embargo, este humilde segmento nos sugiere algo que es consustancial a los desarrollos de la sonata clásica. Se dijo antes que éstos son la prolongación del conflicto planteado en la exposición, conflicto que, como en este caso, ocurre sobre todo entre tónica y dominante. Pues bien, aquí la dominante es sol,  y aparece con esa función de dos maneras diferentes: como tónica de Sol mayor, tonalidad de la dominante de Do, y como fundamental del acorde mayor de sol, también dominante de Do. Y esto ocurre durante más de la mitad de la transición. No hay desarrollo, pero sí está presente un elemento característico de él.
 
Los últimos siete compases del movimiento tienen en común con la recapitulación de la forma sonata hacer oír el material de la primera parte (incompleto porque no necesita ir a la tonalidad de la dominante o, más bien, necesita no ir a esa tonalidad), ahora todo en Do mayor.
 
Pese a su brevedad, aquí se encuentra una gran variedad de texturas. En el comienzo de cada una de las divisiones más importantes hallamos acordes que, en todos los casos, tienen a su lado, escalas únicamente melódicas. Esta yuxtaposición incorpora un factor de contraste en la sonoridad.  El resto, la mayor parte de los veintitrés compases, presenta sólo dos voces simultáneas, en donde se alternan, cada uno, dos o tres compases, 3as. paralelas y prácticamente todos los otros intervalos (4as., 5as., 8as., y alguna 6ª y 7ª).
 
Este movimiento, a mi juicio, ilustra magníficamente acerca del proceso de construcción de la forma sonata, de la que aquí sólo tenemos un simple embrión.
 
En el análisis del mes próximo insistiré con las sonatas tempranas de Haydn e incluiré una pequeña reflexión sobre el juicio que la historia ha hecho sobre este compositor.


[1] Estaba ubicado en un paraje remoto, antiguo coto de caza de la familia, tenía dos teatros (uno para ópera de 400 butacas), dos salas de música y habitaciones para 200 huéspedes.
 
[2] Por ejemplo, el primer contrato de Leopoldo Mozart, el padre de Wolfgang, en la corte del príncipe-arzobispo de Salzburgo,  incluía funciones de mayordomo además de las de músico. Y es bueno recordar que los artistas tuvieron que esperar a los “desplantes” de Liszt, en pleno siglo XIX, para poder entrar en las residencias de los nobles por la puerta principal, y no por la reservada para el personal de servicio, cuando iban a hacer sus presentaciones.
 
[3]  Hoboken es una de las tres clasificaciones de las sonatas de Haydn.
 
[4] Es distinto en los otros dos movimientos de la sonata. Lo que sucede en el Finale, lo veremos muy probablemente en el texto del mes próximo. En cuanto al Menuet, que no analizaremos, la simetría es total, y absoluta la presencia del 4 y del 8. Esto ocurre siempre cuando la pieza se ha originado en una danza. También es de señalar el hecho de que los tres movimientos están en la misma tonalidad, lo que no pasa en la sonata clásica ni en muchos conciertos barrocos, pero sí en las suites de este período.

miércoles, 25 de marzo de 2015

SCRIABIN: ANÁLISIS DEL PRELUDIO OP. 74 No. 3

El final del siglo XIX y, sobre todo, el comienzo del XX, fueron testigos de profundas transformaciones en el lenguaje de la música “culta” de occidente que, en las últimas centurias, había permanecido ligado a la tonalidad funcional. Los compositores multiplicaron búsquedas diversas. Algunos bucearon en el pasado y/o en otras culturas y/o llevaron más lejos que sus antecesores la relación entre los distintos sonidos, pero sin renunciar a la existencia de centros tonales; otros renegaron totalmente de ellos. Entró en crisis la otrora todopoderosa tonalidad funcional.

Entre los creadores que participaron en este proceso está el compositor y pianista ruso Alexandr Scriabin (1872 – 1915), muy destacado instrumentista pese a la pequeñez de sus manos, que alcanzaban poco más de una 8ª. Era una personalidad singular, no sólo por haber escrito una vez “Yo soy Dios”. Padeció toda la vida de una importante hipocondria. En los sonidos percibía colores[1], lo que lo llevó a construir un instrumento que debía usarse en la ejecución de una de sus obras orquestales, instrumento que, justamente, mostraba determinados colores en relación con ciertos sonidos y estados espirituales. Estuvo muy interesado en la teoría del superhombre de Nietzsche y, posteriormente, en el pensamiento teosófico. Ambos influyeron en su música. Consideraba que ésta (la música en general, no únicamente la suya) formaba parte de lo sagrado.

El romanticismo de sus obras tempranas se va exacerbando y se convierte en un marcado esoterismo, como incluso lo indican los títulos de algunas de sus obras. La 7ª y la 9ª sonatas para piano se llaman, respectivamente, Misa Blanca y Misa Negra, mientras que de la 6ª afirmaba que había sido “inspirada por el demonio”. También para sus piezas orquestales eligió nombres significativos. Por ejemplo: Poema del Extasis (su 4ª sinfonía), Prometeo, Poema del Fuego (5ª sinfonía)[2]. Fue para esta última que construyó el “teclado de luces” al que antes me referí. Dejó inconclusa la Preparación para el Misterio Final, obra de proporciones gigantescas (cerca de tres horas de duración), con textos, oraciones, luces de colores, aromas, gran orquesta, órgano, coro, solistas, cuya acción transcurre en el Tibet y conduce, previa catarsis, a la redención del ser humano.

El preludio Op. 74[3] No. 3, que hoy analizamos es, en cuanto a extensión y pretensiones, opuesto a la Preparación… Forma parte del último opus completado por el compositor. En toda su producción tardía, Scriabin renuncia a la tonalidad funcional y se interna en la búsqueda de nuevos territorios.
 

 
 
 


 
La rigurosa regularidad que muestra el gráfico pone otra vez de manifiesto lo dicho en el análisis del mes anterior, referido en ese caso a Prokofiev: en la historia, no todos los cambios ocurren simultáneamente. En esta oportunidad, el autor abandona la tonalidad funcional, pero permanece atado a la simetría predominante en aquel lenguaje.

Sin embargo, el gráfico puede resultar en cierta medida engañoso, ya que el autor, tanto desde el punto de vista rítmico como del de la altura de los sonidos, introduce pequeñas variaciones que, al romper (relativamente) la regularidad del discurso, contribuyen a mantener vivo el interés del oyente.

 
Este preludio está totalmente construido con la escala octatónica, colección de ocho sonidos muy popular a principios del siglo XX. La usaron, entre muchos otros, Stravinski, Bartók,  Messiaen… Consiste en la alternación sistemática de tonos y semitonos:

 
 
Utilizando distintos sonidos, sólo permite tres posibilidades. Se podría decir, entonces, que hay únicamente tres tonalidades octatónicas.

 
 
Esta colección reúne elementos propios de la música tonal y otros que, en esa proporción, no le pertenecen. Se encuentran en ella cuatro tríadas mayores y cuatro menores (a partir de cuatro fundamentales) y también cuatro tritonos (en realidad son ocho, cada nota de la escala tiene el suyo, pero la mitad es, simplemente, la inversión de los otros). La 5ª justa es el intervalo estructural por excelencia de la música con centros tonales. El tritono, en cambio, es en ésta el máximo factor de tensión, de desorden.[4] Su abundancia en esta escala hace posible explorar un terreno que los compositores tenían muy limitado con las escalas tradicionales.

Y eso es, precisamente, lo que hace Scriabin en este preludio[5]. Como iremos viendo en el transcurso del análisis, esta pieza es una fiesta del tritono.

La segunda parte (A’) es la exacta transposición (salvo una nota) de la primera (A) a distancia de tritono. Y la coda consiste en  la repetición del último trozo de la escala octatónica descendente del c. 24 al que le añade un acorde final.

El preludio consta de dos temas. El primero (cc. 1 a 8 y 13 a 20) es el más importante; el segundo (cc. 9 a 12 y 21 a 24) podría tener, más bien, carácter de transición.

El tema inicial está constituido por un motivo central (una porción descendente de la escala octatónica) al que se le agregan un comienzo y un final variables. Este motivo tiene también una nota de paso. Debido a las transposiciones que va sufriendo  (aunque siempre con los mismos ocho sonidos), las notas de paso varían y se completan así las doce del total cromático. [Transponer  y utilizar siempre los mismos sonidos es posible por la estructura modular (tono-semitono, tono-semitono…) que tiene esta escala.]

 
 
 
En el bajo de a) nos encontramos solamente con el tritono fa# - si#, las dos notas necesarias para completar la octatónica, las seis restantes están en la melodía. La regularidad rítmica (después me referiré a este aspecto) está levemente relativizada por los cambios de notas en el bajo (también basado en este intervalo) y por el movimiento, pausado pero casi constante, en la voz intermedia. 

Simplificado al máximo, el diseño melódico de estos primeros ocho compases podría ser:


 
 
Se trata de cinco frases breves, todas ellas construidas sobre el motivo indicado, las tres primeras de dos compases de duración y las dos últimas de sólo uno. No obstante, entre la segunda y la tercera (cuando llega al clímax) se produce una cierta ruptura de esa extrema regularidad, provocada por el la agudo con que termina el ascenso  y con que comienza el descenso de la melodía (cc. 4 y 5). El mismo efecto produce la intensificación expresiva que causa la reducción del tamaño de las frases cuatro y cinco.

Creo que es de señalar el carácter extremadamente romántico de la indicación comme un cri (como un grito), ubicada en el cuarto compás, en el momento de llegar al clímax. Con respecto a estas palabras: ninguno de los pianistas que he escuchado las respeta (a pesar de los acentos sobre el la, además del forte) y que están en francés, un idioma poco usado para la música fuera de Francia, pero muy caro a las clases dominantes y los sectores ilustrados rusos durante mucho tiempo.[6]

El tritono también está presente en la estructura melódica de a). La segunda frase es la transposición de la primera a este intervalo, y las tres siguientes descienden también una 5ª disminuida, en dos pasos de 3ª menor (que además de ser la mitad del tritono, aparece ocho veces en esta colección).

La sección b) es de diferente índole. La melodía es mucho más estática, desaparece la nota de paso y el acompañamiento se reduce a dos acordes, cada uno de dos compases de duración. Nuevamente aparece, de modo estructural, la 3ª menor.

Scriabin estuvo muy interesado en las cuestiones armónicas. Empleó en sus obras (no fue el único) acordes construidos con 4as. y no con 3as. Es muy habitual en sus piezas, el que él llamó ‘acorde místico’ (do-fa#-sib-mi-la-re), que no siempre utiliza completo.

En este preludio se aproxima a él en el c. 4 y siguientes (y, naturalmente, en 16 y ss.), pero su mayor interés parece estar en el aprovechamiento de los tritonos de la octatónica y también de las posibilidades de cromatismo que ofrece esta colección, aumentadas por la nota de paso que introduce desde el inicio. Resulta llamativo, en ese sentido, el frecuente empleo, juntas, en A, de las notas la y la#, tanto horizontal como verticalmente, además de que son los dos primeros sonidos que se escuchan. En A’ son sustituidas por mi y re#, que tienen un importante papel también en el último compás.

No se puede decir que este preludio tenga tónica en su acepción tradicional, pero el fa# desempeña un papel más o menos central. No lo acompaña su 5ª justa superior, que le daría estabilidad, sino el si#, que no cumple esa función. Es también, el fa#, la última nota del bajo.

Desde el punto de vista rítmico, a) y b) son bastante contrastantes. El movimiento melódico y la variedad en cuanto a la duración de las figuras ocurren en el primero, mientras que en el otro, la mano derecha está casi exclusivamente integrada por corcheas que poco se desplazan, mientras la izquierda, como ya se señaló, deja oír sólo dos largos acordes.

El ritmo juega también su papel en ciertos indicios de ambigüedad métrica (me refiero a las falsas anacrusas del comienzo en la mano derecha, a los inicios de frases melódicas en partes débiles del compás, a las síncopas en el bajo). No obstante, su contribución al   desdibujamiento de la regularidad es poco significativa, ya que los primeros tiempos de cada compás están claramente marcados.

En la sección b), sin embargo, encontramos un sutil equívoco métrico, provocado por el desplazamiento de la melodía:



La singularidad de Scriabin alcanza a su muerte, provocada por una septisemia, infección generalizada relativamente frecuente en tiempos en que no existían los antibióticos, después de que fue operado de un recurrente forúnculo que tenía debajo del bigote.

 



[1] Esa capacidad de percibir con un sentido estímulos normalmente reservados a otro es llamada sinestesia.
 
[2] Para Scriabin, Prometeo se relaciona con Satanás, porque ambos desafían a la divinidad. Aquél se rebela contra Zeus, éste contra el Dios judeo cristiano.
 
[3] ¿Estará relacionado con su afición por lo oculto que en la numeración de sus obras haya pasado del opus 49 al 51, brincándose el 50?
 
[4] Por esa razón en la Edad Media lo llamaban “el diablo en música”.
 
[5] Lo mismo que  Bartók en la pieza 101 de su Mikrokosmos, casi completamente construida sobre la escala octatónica y cuyo nombre es 5ª disminuida.
 
[6] La ortografía de  nombres rusos nos ha llegado a través de Francia. Por ejemplo: todavía se escribe Tchaikovski y no simplemente Chaikovski, debido a que para que la ch suene ch, los franceses deben ponerle una t delante.
 
 

viernes, 27 de febrero de 2015

ANÁLISIS DE VISIONES FUGITIVAS No. 10 DE PROKOFIEV

(En el material anterior, el del mes de noviembre del 2014, hay información general que puede ser de utilidad.)
 


Enlace a video
 
 

¿Cómo se interpreta la forma de esta pieza?

Puede  tratarse de una binaria, con una coda construida con material de las dos secciones anteriores, de extensión irregular los tres segmentos, pero regular en la división de los mismos, como se puede apreciar en el gráfico precedente. Pese a la libertad alcanzada en muchos aspectos, en el de la división en compases  algunos compositores permanecen atados a criterios pertenecientes a un lenguaje anterior. En la historia, no todos los cambios ocurren a la vez.

O si no, sería posible considerarla una forma ternaria, no precisamente un A B A, sino un A B AB.

El acompañamiento son 3as.armónicas, la mitad de ellas un ostinato que podría parecer constituido por las armonías de tónica y de 6º grado en una alternación muy de canción tradicional. Pero también, con absoluta legitimidad, se puede afirmar que lo único que se escucha es un acorde de solb  mayor en 1ª inversión. Primera ambigüedad, de las muchas que habrá en la pieza.  La tonalidad de sib menor está enfatizada (sólo para los ojos) por los cinco bemoles de la armadura de clave, recurso tradicional (el de la armadura) que casi no aparece en las otras Visiones. En este acompañamiento siempre se escuchan (salvo antes de la cadencia final) las cuatro corcheas de la métrica de 2/4.

Después de los dos  compases introductorios se empieza a oír la melodía. Toda la sección A es una  frase melódica que se va construyendo poco a poco. En los primeros cuatro compases aparece sólo el fa como sonido ‘real’. ¿Afirma la tonalidad de sib menor al completar  el acorde de 1er. grado?  Se podría sostener que así es si no se oyera 6 veces en  los primeros 10 compases una acciacatura  con la nota sol, que vuelve a colocar lo ambiguo en el tapete. Y, por otro lado, ya están presentes, en cierta forma disimulados, dos intervalos que tendrán singular importancia en el transcurso de la pieza, el semitono (el solb resuelve en fa)  y la 5ª aumentada (ésta, en su versión enarmónica de 6ª menor)[1]. En los cuatro siguientes se agrega el reb melódico, con lo cual se completa el acorde de 6º grado.
 
En el c. 11 se produce una gran novedad: se escucha  el  la natural, que junto al reb y el fa forman un acorde de 5ª aumentada. En el lenguaje tonal funcional se trata del  3er. grado del modo menor con sensible.  Esta tríada es absolutamente artificial, no sólo no  aparece en el modo menor llamado natural, cuyas notas son las mismas que las del eólico, sino que introduce una sonoridad muy ajena al conjunto.  Se encuentra a partir del momento en que la música occidental necesita fortalecer la tónica y, para  ello, sube un semitono el  7º grado de la escala menor. [2]

Pero  esta Visión no emplea un lenguaje claramente tonal funcional, sino que  se mantiene en un territorio ambiguo. Y uno de los recursos que Prokofiev emplea en ella con mayor frecuencia (y éxito) es la confrontación entre la tríada ‘perfecta’ y la aumentada, cuya diferencia más visible (audible) es el semitono  que las distingue en su intervalo de 5ª. La 5ª disminuida tampoco es ajena a este ‘pleito’. Y este encuentro (o desencuentro) entre las tres 5as.  contribuye sustancialmente al carácter poco serio (ridículo según el autor) de la pieza. Recurre (también con frecuencia y éxito) al semitono (más o menos independientemente de las 5as.),  lo que incluye, en algunos casos, la oposición entre lo diatónico y lo cromático.

La sección A es estática: sólo un ostinato  en mano izquierda y básicamente  tres notas en mano derecha: fa y reb, que completan las armonías de 1er.y 6º grados, y finalmente el  la, que lleva al contrastante acorde de 5ª aumentada. (No olvidemos la acciacatura a que nos referíamos antes, porque la nota sol tendrá un uso muy importante en la parte central.)

La  sección B, construida con dos frases de idéntico tamaño, que empiezan y terminan de la misma manera, introduce el movimiento: desaparece el ostinato de mano izquierda y se producen también cambios de todo tipo en la derecha.
 
Inmediatamente aparecen modificaciones rítmicas y en el c. 16 se escucha un arpegio de Re mayor que, a la par del Reb aumentado (melódico) y el Solb mayor (armónico), plantea los dos contrastes antes señalados, el de los acordes ‘perfecto’ y aumentado y el del semitono, que ocurren al mismo tiempo.

En toda la pieza, sea por duración, intensidad,  altura o ubicación métrica, los sonidos melódicos tienen un preponderante papel en la determinación de lo armónico. Y, además, la melodía se encuentra muy fragmentada, formada por grupos sucesivos de varias notas breves y una larga, que produce un efecto (a mi juicio positivo) de falta de fluidez.

En la primera frase de la sección B (cc. 15 a 22) se destacan las tres notas que constituyen el acorde de 5ª. aumentada de A (reb, fa y la) y la tónica sib. Asimismo, sobresalen otros dos sonidos (el re y el si), que están a distancia de semitono y son, enarmónicamente, las sensibles superiores (función que se escucha) del reb y el sib, las dos notas  más relevantes de la Visión (la tónica y su  relativa).  

 
En la parte central de la frase se produce un alejamiento armónico entre las dos manos, que finaliza en el momento cadencial. Allí nos encontramos con un encadenamiento Mi V7-sib (distancia de tritono entre los dos acordes), que aparece dos veces más, una de ellas, en la cadencia final.

 
 

 En realidad, esa discordancia de la armonía entre ambas manos se produce porque la mano izquierda sube un semitono  con respecto a  la derecha, que se mantiene ‘fiel’ al reb. Como consecuencia de esto tenemos la presencia del tritono sol-reb. Este fenómeno ocurre por primera vez en los cc. 22 y 23, y se repite en 27, 28 y en 35 y 36. Y, por supuesto, se escucha la  reaparición del sol, inicialmente en la armonía y, más adelante, como parte del clímax melódico.

Es de señalar que todas las frases de la pieza finalizan en sib. En el caso de la sección  B, con un juego entre distintas armonías que tienen  esta nota como fundamental.

La porción central de la segunda frase de B se aleja por más tiempo del sib. Los nuevos sonidos que se destacan conducen fuertemente al reb. Son dos 5as. justas descendentes, a distancia de semitono una de  otra: sol-do y lab-reb, en donde están presentes la dominante y la sensible de ese reb.  El discurso se ‘estaciona’ inicialmente en esta última nota y luego se traslada a la recurrente tónica sib. Así termina la frase.

 

Los últimos compases  comienzan con el material inicial de A, en el que se alternan, sobre todo en mano derecha,  1º y 6º grados, pero el acompañamiento está ahora arriba y abajo la  melodía.

En los cinco compases finales, el acompañamiento regresa a la izquierda y, como se dijo,  se vuelve a producir el mismo distanciamiento armónico entre las manos.

Es interesante la forma en que Prokofiev finaliza la pieza. Mientras la mano derecha hace sonar el sib, la izquierda nos recuerda las dos terceras armónicas del ostinato, y termina –en un gesto muy probablemente irónico- con las notas del acorde de dominante (por primera y única vez) y la tónica, ahora  en un registro grave (también por primera y única vez aparece en la Visión la clave de fa. La tesitura aguda se presta más para la falta de seriedad, pero para dar sentido de final, mejor lo grave.)

Desde el punto de vista rítmico existe en esta pieza una casi total concordancia entre ritmo y métrica. Además de las omnipresentes cuatro corcheas por compás del acompañamiento, la  mayoría de los sonidos importantes están ubicados al comienzo del primer pulso del compás y tienen mayor duración. Como excepciones relativas podrían mencionarse las cuartas corcheas de los cc. 16, 17, 20, 24, 25, 28 y 37. Son ellas mucho más agudas que los sonidos inmediatamente anteriores y posteriores, por lo que llaman poderosamente la atención. Sin embargo, todas ellas resuelven en la corchea siguiente, es decir, en comienzo de compás. De ahí que las considere excepciones relativas, si es que lo son.

Antes de finalizar el análisis quiero insistir en que, aunque existen referencias al lenguaje tonal funcional, en esta Visión predomina la ambigüedad.

El regreso de Prokofiev a la URSS, en 1932, fue ampliamente celebrado por las autoridades del país y  noticia destacada en el mundo cultural de occidente. En ese momento, el compositor estaba en boca de todos. No ocurrió lo mismo con su muerte, porque el azar quiso que falleciera el mismo día que Stalin. 



[1] Aunque tienen el mismo tamaño, 5ª aumentada y 6ª menor suenan distinto en el contexto de la tonalidad.
 
[2] La llamada escala menor natural, como todas las escalas, también es  artificial, porque el ser humano ha “corregido” la física, modificando la altura de algunos de los armónicos. Pero su origen es mucho más antiguo y tiene una interválica que responde de mejor manera al gusto de la cultura de occidente. Mientras tanto, la escala menor con sensible (la denominada armónica), cuya aparición es relativamente reciente, si bien resuelve la “necesidad” de que haya sólo un semitono entre el 7º grado y la tónica, genera algunas distancias poco apreciadas por la sensibilidad occidental: la 2ª aumentada entre 6º y 7º grados (lo que origina la otra forma menor, la que recibe el nombre de melódica) y la 5ª aumentada, entre 3º y 7º.
  

martes, 23 de diciembre de 2014

AVISO

NO HABRÁ NUEVOS ANÁLISIS EN DICIEMBRE Y ENERO. SI NO OCURRE UN IMPREVISTO, VUELVO EN FEBRERO DEL 2015.

viernes, 21 de noviembre de 2014

PROKOFIEV: ANÁLISIS DEL No. 4 DE VISIONES FUGITIVAS, OPUS 22

Nuestra actividad está siempre condicionada por el momento y el lugar en que vivimos. El caso de Sergio Prokofiev (1891 – 1953) me parece particularmente significativo, tanto por su personalidad como por razones histórico-políticas. Fue “el niño terrible” de la música rusa en los años inmediatamente previos a la revolución de 1917, aunque también en ese período compone su primera sinfonía, que él mismo llama “clásica” (escrita antes que Pulchinela de Stravinsky, tradicionalmente considerada como el inicio del movimiento neoclásico[1] en la música europea). Prokofiev consideraba que esa hubiera sido la que habría escrito Haydn de haber vivido a comienzos del siglo XX. Un poco antes de la composición de esta obra se había estrenado, con bastante escándalo, su Suite escita, una pieza que, para algunos, es una “poco sutil” imitación de la Consagración de la primavera, escuchada por primera vez pocos años antes. En 1918 se traslada a occidente, en donde actúa como pianista y da a conocer sus obras. En la década de los 30 regresa a la Unión Soviética. Algunos dicen que volvió porque no podía hacer sombra a otros dos rusos emigrados: a Stravinsky[2] como compositor, a Rachmaninov como pianista. Otros sostienen que fue la nostalgia de la patria. Tal vez todos tengan parte de razón. Su retorno a la URSS coincide con el período de absoluta consolidación del realismo socialista. Como consecuencia de ello debe adaptar su lenguaje a lo exigido por el régimen, lo cual no siempre le resultó fácil. En 1948, por ejemplo, junto a Shostakovich y otros, fue acusado de formalismo burgués, acusación que fue retirada cuando se sometieron al criterio oficial. Tanto ciertos rasgos de su personalidad como los lugares y el momento en que desarrolló su actividad musical fueron determinando, en grado considerable, los rumbos que tomó su lenguaje. Pero, a pesar de los cambios que se pueden apreciar en él, Prokofiev es siempre Prokofiev. Su tendencia a un humor que llega hasta lo grotesco y una pronunciada rudeza, enmarcados en una personalidad  extrovertida, son algunos de los rasgos que lo distancian considerablemente del carácter en general pudoroso de un Ravel[3] (que analicé el mes pasado), con quien, sin embargo, encuentro similitudes tal vez no perceptibles a ‘simple oído’.
 




Las Visiones Fugitivas[4], op. 22, es una obra de juventud. Se trata de veinte piezas breves, escritas entre 1915 y 1917, en las que es posible hallar las características señaladas en el párrafo anterior, así como un lirismo y una capacidad de invención melódica muy prokofianos.

La siguiente es la estructura formal de la No. 4, que analizamos hoy:

 


Pese a que la tercera sección está derivada de la primera, la transformación es tan grande que no me animo a decir que la forma es ABA’, sino que me inclino (con reservas) a un ABC.

Desde el punto de vista de la estructura armónico-tonal, esta pieza se caracteriza por la presencia casi constante de ostinatos y pedales armónicos (además de algunas reiteraciones con  eslabones demasiado largos para, quizás, ser consideradas ostinatos –cc. 5 a 8 y 21 a 24, construidos ambos segmentos sobre un pedal-), lo cual provoca que su ritmo armónico sea lento. Asimismo, los primeros cuatro compases, que no tienen ostinato ni pedal, están construidos sobre un solo motivo y una única sonoridad armónica, que predominará en toda la primera sección. Solamente en los cuatro primeros compases de la sección B (cc. 17 a 20), en los que la armonía cambia en cada pulso, no recurre a ninguno de los procedimientos indicados. No obstante, todos ellos se edifican sobre arpegios de 7ª mayor que bajan cromáticamente siempre con el mismo diseño (volveré a referirme a ellos).

Otro rasgo distintivo es la casi total sustitución de la 5ª por el semitono en la función dominante. En los primeros cuatro compases, el autor presenta tres notas –do, mi y lab- ¿con pretensiones de ser la tónica?, ubicadas al final del prácticamente único motivo de la pieza. Las sentimos así, como posibles 1er. grado, porque están precedidas por los que serían 6º y 7º  de la tonalidad correspondiente, es decir, en el caso de la sensible, por el semitono. Por la cantidad y la ubicación de sus apariciones, el do tiene preeminencia, nuestro oído tiende a identificarlo como el sonido central.

Las tres notas mencionadas forman un acorde de 5ª aumentada. Esta armonía está formada por la superposición de dos 3as. mayores y divide la 8ª en tres partes iguales. Cualquiera de los sonidos puede ser sentido como fundamental y Prokofiev mantiene la incertidumbre, sobre todo con dos de ellos, mientras le asigna al tercero un papel tan inesperado como relevante. La percepción de las posibles tónicas, tanto en los primeros compases como en el resto de la pieza –insisto en el punto-, se produce melódicamente por medio de las sensibles, y no por el encadenamiento 5º - 1º. (La sección final está construida con la alternación de acordes de mi y de Do que si bien están precedidos por sus respectivas sensibles pueden perfectamente  interpretarse como iii – I, el primero de ellos  sustituyendo al V. Sin embargo, aunque válida, está explicación así, sin más, me parece reduccionista.)

El semitono es aquí, de muchas maneras distintas, el intervalo más importante, fuente de las ambigüedades y de las certezas que nos propone el autor a lo largo de toda la Visión.  En varios momentos de las dos primeras secciones hallamos pasajes cromáticos; el acorde de 7ª mayor, muy empleado en la segunda sección,  verticaliza (e invierte) el semitono;  ¡19 compases de la última parte! (que tiene 21) están construidos sobre un ostinato cuyas notas superiores son el medio tono si-do; las dos sensibles, superior e inferior, del do y el mi, presuntas tónicas que tienen también una gran presencia, aparecen casi constantemente.

Do y sus sensibles:
                             
Mi y sus sensibles:      
                            
 
Aunque el fa puede ser considerado, a veces, como la subdominante de do, en otros momentos se trata, creo que indudablemente, de la sensible superior de mi.

      
 
(Inicié el ejemplo anterior en el c. 26, pero la función sensible del fa comienza en el 21.)

He dejado para el final un uso del semitono tan importante como menos audible que los otros. El lab, muy presente en la primera sección, en la tercera resuelve en sol. De ese modo, el acorde aumentado se convierte, a distancia, en el perfecto mayor de Do. El lab, que nunca compitió por ser tónica, cumple, en cambio, una función estructural de primer orden: pierde su identidad para ofrecernos la estabilidad final.
 
                            

Los compases 5 a 8 (versión libre y extendida del motivo inicial) presentan, en las tres voces superiores,  un cromatismo que reaparecerá durante la pieza,  contrastando con el diatonismo que, como veremos, está reservado para la sección final.

El último acorde del c. 8 (7ª de dominante en 3ª inversión) es casi el único en toda la Visión en la que se insinúa el encadenamiento V – I, con do como tónica.

Y ya aquí comienza la batalla entre el do y el mi por ser el centro. El do tiene ventaja, pero el mi no se rinde.

En los siguientes ocho compases regresa la armonía de 5ª aumentada en ambas manos: en la derecha, lo que se oyó en los primeros cuatro, comprimido y limitado al registro agudo; en la izquierda, como arpegio en el primer pulso de cada compás, con el do como nota más grave. A este arpegio sigue el de reb, ¿sensible superior de do? (¿O, tal vez, sugerencia de lab como dominante –fallida- y reb como tónica?) Y la disputa continúa: los cc. 12 y 16, los últimos de cada frase, finalizan, en la derecha, con unos mi muy llamativos.

Lo que sigue es B, yuxtapuesta a la primera sección. Se trata de una ‘cortina’ de semicorcheas que separa (y une) los segmentos extremos, que están construidos con el mismo material pero que son radicalmente diferentes. Desde el punto de vista tonal, esta sección es, por lo menos al comienzo, de una total indefinición. Y se inicia, como se dijo, con un descenso cromático de acordes disonantes (7as. de los modos mayor y lidio)  que desemboca en una reaparición del material de los cc. 5 a 8, ahora reducido a una sola mano, como ocurrió anteriormente con el de los cc. 1 a 4.

A partir del quinto compás de B, la ‘cortina’ de semicorcheas también se reduce a una sola mano, lo que prepara la placidez estática de la última sección.

Los compases 21 a 24 están construidos sobre un pedal fa que se encuentra en el bajo (como se dijo, versión renovada de los cc. 5 a 8) y todos los pulsos de la mano derecha comienzan con las notas del acorde de fa menor (aunque en la mano derecha se escucha el la natural). Aquí, por lo que sigue, el fa parece estar al servicio del mi, ser su sensible superior.

Los últimos cuatro compases de la sección B son la cadencia a la sección final. En ella encontramos, en mano izquierda, un ostinato constituido por las dos sensibles de mi, y en la derecha, en los dos cc. que finalizan la sección, una preponderante presencia de las dos sensibles de do. Y ambas manos resuelven, respectivamente, en mi y en do.

Parecería, entonces, que continúa fuertemente la competencia entre los dos sonidos, aunque quizás no sea así y el mi ya esté derrotado. Porque, por un lado, ha desaparecido el lab de la primera sección, convertido en un sol que asegura la consonancia de la triada de Do y, por otro, el acorde de mi tiene su 5ª en la voz superior, por lo que escuchamos, durante diecinueve compases, si-do, si-do, si-do…, esto es, sensible – tónica, sensible – tónica, sensible – tónica… Ya es demasiado. Sin embargo, el mi hace un último esfuerzo: cuando la voz superior de la mano izquierda, que nos ha estado recordando el motivo inicial, hace escuchar la nota sol, la voz inferior de esa mano la sustituye por el si. Durante tres compases, la 5ª si – mi intenta recuperar el protagonismo, pero es inútil.  En el penúltimo compás de la pieza, Prokofiev elimina el si. El do ha triunfado.

Y este compás es el último claramente audible. Resulta difícil escuchar, en el piano, el sol del c. 49, una nota que fue atacada p (¿o pp?) cinco compases antes. De hecho, no he podido oírlo en los CD a los que he tenido acceso. Algunos compositores (Bach entre ellos) escriben, a veces, cosas que sólo se ven, con lo que quieren mostrar una intención que el instrumento elegido es incapaz de hacernos percibir. A pesar de que la música es el arte de los oídos recurren a los ojos para lograrlo.

¿Y por qué lo haría aquí Prokofiev, en el caso de que ese fuese su deseo? Se me ocurren dos razones. Una, el autor buscaría dar al sol un papel protagónico porque es la nota que permitió a la pieza estabilidad estructural al resolver en 5ª justa, la aumentada del inicio. Otra, el sol es el único sonido común diferente a do y mi que tienen los acordes de estas notas. Sería, entonces, de un modo levemente humorístico, el recordatorio final de la lucha que hemos presenciado entre las dos.

La 3ª sección es absolutamente diatónica. Sólo deja escuchar cinco notas, todas ellas sonidos naturales. Faltan el fa y el re, las dos representantes de la subdominante de Do, que, finalmente,  es el centro tonal. Contrasta, así, en dos sentidos, con la 2ª sección. Esta tiene una mano izquierda cromática y el fa, en ambas manos, desempeña un papel importante.

Desde el punto de vista rítmico creo útil realizar dos señalamientos:

En la primera sección escuchamos sólo corcheas; en la segunda, casi únicamente semicorcheas, y en la última, se oyen nada más que negras. No conozco otra pieza en que las figuras estén distribuidas de una manera tan rigurosa.

El segundo: la pieza está en 6/8, una métrica binaria en cuanto a la cantidad de pulsos por compás y ternaria con respecto a la división de cada pulso que, en la última sección, pasa a ¾, que es lo contrario, ternaria si nos referimos al número de pulsos y binaria en cuanto a cómo éstos se dividen. Se trata de algo extremadamente común, tanto  en la música ‘tradicional’, como en la ‘popular’ y en la ‘clásica’. Pero aquí, en la métrica de ¾ sólo aparecen figuras que tienen la duración del pulso, no menores que éste. De modo que lo que escuchamos es únicamente un juego hemiolado entre compases de 2 y 3 pulsos. Pero, además, desde el comienzo del cambio de compás existe una alternancia de los acordes de mi y Do que, rápidamente, nos cambia la percepción de la métrica: el ¾ se transforma, en los hechos, aunque no en el papel, en 2/4. Pero en el c. 34, el ¾  se restablece, porque se escuchan las notas iniciales si – la - si – do, en métrica ternaria. Regresa después la percepción de un compás de dos pulsos, pero el autor repite el procedimiento: la reiteración variada del motivo inicial, a partir del c. 40, nos devuelve a lo ternario, otra vez por poco tiempo.

En esta pieza, Prokofiev renuncia a mostrarnos su bien ganada fama de melodista. Sólo se escuchan el breve motivo inicial, sus derivados y, en la segunda sección, escalas ascendentes y, sobre todo, descendentes. Nada de lo que habitualmente se considera melodía.

A pesar de ser una pieza muy corta, ocurre en ella una importante modificación en cuanto al carácter. La primera sección es impetuosa y tensa.

El ímpetu, además del casi constante fluir de  corcheas en un tempo rápido, está ligado a la casi omnipresencia del motivo, de sólo cuatro notas y de índole conclusiva, pero que el autor ‘engancha’ una y otra vez de modo que no le permite ‘disfrutar’ de su resolución, porque cuando llega a su término ya empezó a oírse de nuevo con otro destino. De ese modo renueva constantemente la energía.

La tensión está provocada por la armonía, que nos hace oír casi de continuo la indeterminación de la 5a aumentada. Y, cuando en el c. 4, (única detención en el flujo de corcheas) parece ofrecernos una muy relativa sensación de estabilidad, arremete enseguida con un segmento cromático, tonalmente indefinido, que desemboca en ocho compases, los últimos de la sección, en los que nuevamente predomina la 5ª aumentada. Es la misma 5ª aumentada, pero en una nueva versión, en la que la cadena de motivos aparece como ‘tartamudeando’, perdiendo continuidad y sustentada en un ostinato arpegiado que nada nos aporta para clarificar la tonalidad en que nos encontramos. Ambas cosas contribuyen a acrecentar el carácter tenso de la sección.

Aunque la lluvia de semicorcheas, el cromatismo de la mano izquierda y el cromatismo “a distancia” de la derecha mantienen el carácter del comienzo, éste tiende a distenderse en la 2ª sección. Hasta me atrevería a afirmar que desempeña casi una función transicional entre las dos partes extremas. Y sus últimos cuatro compases (cadenciales) preparan para la sección final.

Esta es absolutamente estática. Se podría decir que sus 21 cc., cerca de la mitad de la pieza, constituyen una extensísima cadencia en la que sólo se aprecia la ‘sorda’ lucha entre un mi –que se juega inútilmente sus últimos cartuchos- y un Do que se sabe ganador.
Al producirse la crisis de la tonalidad funcional, a comienzos del siglo XX, muchos de los compositores que se mantuvieron fieles al principio de la existencia de sonidos centrales desarrollaron, cada cual a su manera, las ambigüedades que esto les ofrecía, ahora que habían dejado de respetarse casi como sacrosantos los tratados de armonía. (Bueno, este proceso había comenzado ya en el XIX.) Y Prokofiev fue sin duda uno de ellos.



[1] Neoclasicismo parece un término poco afortunado. Stravinsky,  por ejemplo, en su período que todos consideran neoclásico, se nutrió del barroco, del clasicismo, del período romántico e, incluso, del Renacimiento.

[2] Con quien tuvo una relación conflictiva.

[3] Prokofiev dijo una vez que Ravel era el único músico francés que sabía lo que hacía y que la música de Debussy era una gelatina invertebrada.

[4] Ese mismo título ya había sido usado por Clara Schumann.