Este blog es algo así como un gemelo de musicalculebrones.blogspot.com, el que ofrece materiales sobre historia de la música. Mi intención es alternar ambos.

jueves, 21 de febrero de 2013

ANÁLISIS DEL PRELUDIO No 4, OPUS 28, DE CHOPIN

La palabra preludio significa “lo que está antes de la ejecución”. Como muchos vocablos, su sentido se ha ido modificando con el transcurso del tiempo. Se puede afirmar –pese a algún antecedente- que su origen está en la música para laúd del siglo XVI. Inicialmente era lo que improvisaba el instrumentista antes de ejecutar, fundamentalmente para comprobar si la afinación[1] era la correcta. Después se integró propiamente a la música, sin perder su carácter introductorio. En los siglos XVII y XVIII, el preludio se convierte en la pieza inicial de una suite o se antepone a la respetabilísima fuga[2]. En Bach nos encontramos ya con algún atisbo de independencia, aunque sin pretensiones: pequeños preludios (o preámbulos) con fines didácticos. Pero es él quien le otorga mayor trascendencia, ya sea en los preludios (y fugas) de El clave bien temperado o en los grandes (no sólo por su extensión) preludios corales para órgano[3]. En el período clásico, los compositores pierden interés en él. Es necesario esperar a Chopin (1810 – 1849), en el romanticismo, para reencontrarnos con el preludio, ahora como pieza que se basta a sí misma.

Chopin escribió 24, reunidos en su opus 28 (y uno más, que es el opus 45). Se trata de piezas breves (y técnicamente más accesibles que las de otros géneros), muchas veces de apenas una página (en ocasiones, menos), como el No. 4, en mi menor, que hoy nos ocupa: tiene sólo 25 compases.




Está constituido por dos largas frases (12 + 13 compases; el último de la primera es también la transición a la segunda), pero tiene una sola parte: se encuentra íntegramente en la tonalidad de mi menor (hay sólo una tonización a la subdominante la en la primera frase y se insinúa otra, en la segunda, a la dominante si), la única cadencia fuerte es la final y la segunda frase comienza igual que la primera (en ese momento no sabemos si se trata de una simple repetición).

Nos encontramos también, por supuesto, con abundante armonía cromática, especialmente en la mano izquierda, aunque, en realidad, estamos ante una pieza en la que lo fundamental es el semitono, tanto el cromático como el diatónico. El semitono si do (diatónico) aparece como único intervalo melódico en la mano derecha desde el compás 1 a buena parte del 4 y del 13 al comienzo del 16 y, en el bajo, del 9 al 12 y de la segunda mitad del 18 hasta el 22. Son casi 2/3 del preludio. Las funciones de ese intervalo en una y otra mano son bien diferentes: melódica en el primer caso y armónica en el otro. (Aparece también en ambas, en el c. 17, caso que trataré al referirme al clímax.)

Toda la pieza es melodía acompañada. La mano derecha toca sólo una nota por vez, salvo en los dos últimos compases, mientras la izquierda, en casi toda la pieza, ejecuta acordes. Sin embargo, el aporte del “acompañamiento” resulta melódicamente decisivo. La melodía, la mano derecha, es, en varios pasajes, muy estática. Casi se podría afirmar que en esos momentos funciona como un ostinato, expresivo, sí, pero ostinato al fin. La mano izquierda, la que acompaña, está continua y sutilmente moviéndose, produciendo el efecto de un campo de trigo suavemente mecido por el viento, lo cual insufla al conjunto una vitalidad que la melodía no siempre otorga.  Pero no es una relación idílica, ni siquiera pacífica. La acción simultánea de ambas provoca progresivamente, como veremos, una situación cada vez más dramática.

Si bien la mano derecha es predominantemente diatónica, también hace contribuciones a lo cromático. Veamos algunas.

En el compás 12 y, más adelante, en los c. 17 y 18,  Chopin emplea las dos notas del 7º grado de la tonalidad de mi menor,  primero el re# y después el re becuadro. El re#, la sensible, define claramente la tonalidad.  El re natural, situado a un tono de la tónica, hace que ésta (y como consecuencia la tonalidad) resulte más débil. Y éste parece ser su deliberado propósito.

 

Otro cromatismo que merece ser mencionado, esta vez a distancia, lo hallamos en los compases 7 y 8,  y en el 16. En la primera ocasión, cuando se produce la tonización a la menor; encontramos allí las notas si la la sol#. En la segunda, en el momento en que parece que nos dirigimos a si menor, se escucha si la# la# sol. El la y el sol aparecen naturales una vez y la otra sostenidos, como sensibles de las tonalidades de si y de la, respectivamente. Esta relación cromática enfatiza los dos desplazamientos tonales más relevantes del preludio.

 

 

Hay, todavía, otra presencia importante de lo cromático, también a distancia. Si tomamos el conjunto de la melodía, la de las dos frases, tendremos esta escala descendente: mi, re#, re, do, si, sib, la#, la, sol#, sol, fa#, mi: una escala cromática  a la que sólo faltan dos notas.

Antes de referirme a otras formas de debilitamiento de la tonalidad empleadas por Chopin en este preludio, creo conveniente ofrecer una definición de algunos conceptos.

Armonía y contrapunto son las dos caras de la misma moneda. Se diferencian sólo por una cuestión de énfasis. La armonía lo pone en los acordes, en la relación “vertical”[4] de los sonidos, pero resulta imprescindible el cuidado de la conducción de las voces, es decir, de la conexión “horizontal” entre las notas. No se trata únicamente de qué acordes se emplean, sino de cómo se usan, de cuál es la relación entre sí de las notas que los componen. Lo mismo ocurre con el contrapunto, pero al revés: el énfasis está en lo melódico, aunque siempre tiene que haber una lógica “vertical”. Ambos no son, entonces, conceptos independientes, sino los extremos de un continuo.


Debido a la intensa atracción melódica que tienen entre ellas las notas que conforman un semitono, el cromatismo da, muchas veces en la armonía, una importancia mayor a lo “horizontal” que a lo “vertical”.
  
 
El anterior es el ejemplo máximo de “armonía horizontal”. La sucesión de estos dos acordes resulta auditivamente satisfactoria y, sin embargo, la relación es puramente melódica[5]. Podemos hablar con propiedad, entonces, de una armonía horizontal.

Volvamos al preludio.

La única cadencia auténtica sólida está en los dos compases finales,  y el único acorde de tónica en posición fundamental se encuentra en el último compás. Los anteriores acordes de mi menor (c. 1, 13 y 17) están en primera inversión, lo que indica, otra vez, la voluntad del autor de mostrarnos una tonalidad fuerte sólo cuando está terminando.

Pero no se trata del único procedimiento utilizado en este sentido; más importante es el uso de la armonía cromática. Después de los dos primeros compases (en los que tenemos un encadenamiento más bien débil i – V) se sigue produciendo un descenso cromático de todas las voces de mano izquierda, con un prácticamente nulo significado funcional hasta llegar, en el compás 7 (nos damos cuenta en el siguiente), a la subdominante (que enseguida se toniza), y en ella se mantiene, ahora sin descender, alternando con la dominante. Y es con ésta que termina la primera frase en el compás 12. El comienzo y el final de la frase tienen una armonía funcional; su parte central, en cambio, se explica en forma melódica. ¿Seguimos en mi menor? Sin duda, pero para decirlo tenemos que escuchar la totalidad de la frase.

Los primeros compases de la segunda son (casi) iguales a los de la primera, después se modifica. A partir del compás 17 (punto culminante del clímax) ya no hay dudas del carácter funcional de la armonía: comienza otra vez a alternar V y iv (también incluye VI y, asimismo, un breve y débil i) hasta llegar a la cadencia final.

Pero no siempre el movimiento cromático tiene una función “horizontal”. En ese descenso melódico permanente encontramos también cometidos armónicos. Veamos dos ejemplos –de los varios que hay-, uno en cada mano (el primero ya ha sido parcialmente considerado):

En el c. 12, la mano izquierda llega a un acorde de V7 en posición fundamental. La mano derecha reafirma esa solidez con la sensible re#; todo parece indicar que vamos hacia una fuerte cadencia auténtica.  Pero, a último momento, Chopin sustituye el re#  por uno becuadro, lo que debilita el movimiento cadencial. (Además, como ya se dijo, el siguiente acorde, de tónica, está en primera inversión, una posición débil).

Más adelante, en el c. 16, parece que vamos a la tónica si (en la tercera negra del compás tenemos un acorde de vii7o de esa tonalidad); sin embargo, en la última negra desaparecen los sostenidos en el do y en el la, y la armonía de dominante de si se convierte en una de subdominante de mi. Volvemos así, de lleno, a la tonalidad principal, y nos encontramos inmediatamente con sus acordes de dominante y de tónica, pero tanto las notas no armónicas como el ritmo y la posición de algunos acordes reducen sustancialmente la contundencia de los encadenamientos.

Se diluyen de ese modo, en todos los casos, las expectativas de una fuerte definición tonal. Una lógica de resolución es llevar las sensibles un semitono arriba. Si se hace lo contrario, como practica Chopin permanentemente en el preludio, se destruye la  resolución (o se debilita, como en el c.12).

El clímax  de la pieza es muy notorio y se manifiesta de muchas maneras. Ocurre entre los compases 15 y 18, y tiene su punto culminante en el 17.


-         Melódicamente, es el fragmento más largo (y quebrado) de notas de duración breve en todo el preludio;                                                                                             
 
-          los intervalos de la melodía son particularmente tensos: ámbito de 3ª dism. (do  la#) formada por dos semitonos;  salto ascendente de 7ª dism. (la# sol), rodeado de dos semitonos; ámbito de 4ª dism. (sol re#); saltos ascendente y descendente de 7ª dism. (re# do), rodeados de semitonos; ámbito de 4ª dism (re# sol); distancia de semitono en todas las notas del gruppeto;

-          el do del compás 17 es la nota más aguda de la pieza y el diseño melódico del fragmento es casi simétrico alrededor de esa nota;

 

-         en la mano izquierda se produce, por primera vez, un descenso del
bajo con un intervalo mayor que la 2ª;

-          en el compás 17 se encuentra la nota más grave del preludio hasta el momento,  sólo superada por el acorde final;

-          en ese compás aparecen, por primera vez, 4 notas en el acorde;

-          la mayor indicación de dinámica de la pieza (f ) la hallamos también en el compás 17; en coincidencia con el  f  y con una distancia de más de 4 octavas entre las dos manos, encontramos, en ese mismo compás, el único acorde de 9ª (V9) que hay en toda la página, cuyas notas extremas son, precisamente, ¡si - do!

La primera frase también tiene su momento climático, indudablemente menos destacado (c. 8 y 9). Se inicia con el comienzo de la tonización a la subdominante, que Chopin resalta acentuando el sol# (sensible de la menor) en la melodía. Culmina en el re del compás siguiente.


Este primer clímax está en los 2/3 de la primera frase; en la misma ubicación, pero ahora del total del preludio, hallamos el otro. En ese sentido, la estructura es absolutamente clásica.

Desde el punto de vista rítmico, la pieza, en mano derecha, alterna figuras largas (básicamente, blanca con puntillo y negra) con un fluir de corcheas, modificado un par de veces, en momentos importantes, por un tresillo. O se puede decir, también,  que está dividida en tres partes aproximadamente de la misma dimensión, la central con predominio de las figuras breves y las exteriores ocupadas por las de mayor longitud.

Por otro lado, mantiene la coincidencia de ritmo y métrica, que sólo se rompe en los  c. 8 y 16,  justo en el momento en que se están produciendo las tonizaciones a subdominante y dominante. Es importante observar que en esos momentos se acumulan acontecimientos destacables en todos los órdenes (melódico, armónico, tonal, rítmico…)

La mano izquierda mantiene un constante batir de acordes en corcheas, en los que la importancia del  ritmo es casi exclusivamente armónica.

Como se dijo, el preludio se encuentra en la tonalidad de mi menor, sin ninguna modulación. No obstante, su acercamiento a las de la y si, subdominante y dominante, respectiva y sucesivamente, hace que tenga una estructura tonal sumamente sólida, basada, justamente, en los tres grados funcionales. No obstante, distintos factores señalados (débiles armonías de tónica, falta de cadencias fuertes, cromatismo descendente…) producen una  cierta difuminación de la claridad tonal, que Chopin  “soluciona” en los dos últimos compases.

El carácter descendente de la pieza no ocurre sólo en la izquierda, también lo encontramos en la otra mano. La melodía de la primera frase baja desde  si hasta fa#; en la segunda vuelve al mismo si, para descender esta vez hasta la tónica mi, el gran centro de atracción gravitacional de la tonalidad.

Pero no lo hace linealmente. En los primeros compases se resiste jugando con el semitono si – do[6]. Mas no puede mantenerse y pierde el primer round. Desciende entonces hasta el la (cromáticamente, a través del sib), desde el que reinicia la lucha. Otra vez cae, nuevamente por semitono, hasta el sol#, una nota que no pertenece a la tonalidad. Envalentonada tal vez por ese hecho intenta, por medio de las corcheas, liberarse de la fuerza que la arrastra hacia abajo, pero fracasa y desciende hasta el fa#, en donde está a punto de caer en la estabilidad de la tónica. Hace un último gran esfuerzo, otra vez utilizando las corcheas, y consigue regresar al si inicial, donde se inicia la segunda frase.

En ella, todo comienza igual que en la primera, pero cuando cae al la, éste está sostenido, es la sensible de si menor, la tonalidad de la dominante. Esto le proporciona renovados bríos y la melodía intenta nuevamente liberarse (nos encontramos en el clímax de la pieza), pero fracasa una vez más y no puede evitar descender hasta el mi.

Sin embargo, no todo está perdido. En los compases 21, 22 y 23, aunque la melodía ya está en mi, la armonía evita ir al acorde de tónica. Es necesaria la última cadencia para que se produzca por fin la “muerte”, la definitiva estabilidad.

La tristeza y probablemente la resignación, al final,  planean sobre esta pieza. No es extraño que haya sido elegida, junto a otras obras de Chopin y al Requiem de Mozart para ser ejecutada en los funerales del autor.


[1] Todavía hoy los guitarristas preludian en forma similar.

[2] También forman pareja con ella, en estos tiempos,  la fantasía y la toccata.

[3] Estos mantienen su carácter introductorio, pero en otro sentido. Su finalidad original  era recordar a los fieles, en la iglesia, la melodía del coral que debían cantar. Sin duda, Bach puso su genio al servicio de su extremada religiosidad, pero, en ocasiones, aquél (el genio) iba en contra del objetivo inmediato de la otra. Y así lo creían también autoridades de las que dependía, que le reprocharon, más de una vez,  su excesiva complejidad. 

[4] Pongo vertical y horizontal entre comillas porque estos dos términos no provienen propiamente de la música, sino de su escritura.
[5] Además de la atracción melódica de los semitonos, no hay 5as. justas, que son las que determinan la existencia de verdaderas fundamentales.
[6] Este semitono entre el 5º y el 6º grado es el más expresivo de los que encontramos en la escala. En el análisis de El niño se duerme de Schumann, en el mes de noviembre del 2012, en este mismo blog, hay una referencia más extensa a este mismo asunto.

jueves, 20 de diciembre de 2012

miércoles, 21 de noviembre de 2012

ANÁLISIS DE “EL NIÑO SE DUERME”, DE LAS “ESCENAS INFANTILES” DE ROBERT SCHUMANN



(En el material del mes de octubre, en este mismo blog, hay información sobre Schumann y las Escenas infantiles que puede ser útil.)

El mes pasado analicé la ensoñación; ahora, el sueño profundo. Alguien podría reprocharme no escoger piezas que tengan más energía, que por supuesto las hay, pero ésta es, a mi juicio, lo suficientemente interesante (e insólita) como para justificar la elección.



Enlace a grabación de Escenas infantiles. El niño se duerme está a los 13’ 55’


Es extremadamente breve, como todas las Escenas. Está en la tonalidad de mi menor y tiene 32 compases, que se pueden dividir:


En las trece piezas de la obra, es casi absoluta la “dictadura” del 4 y del 8 en el número de compases. Son muy pocos los ejemplos en que se rompe esta “ley de hierro”, pero la variedad interna de las divisiones menores reduce los riesgos de una excesiva uniformidad. En este caso, además, ayuda el título: en el lapso inmediatamente previo a dormirse no predomina por cierto el movimiento.

La textura combina un contrapunto a dos voces con la presencia de acordes en todos los pulsos de la obra. El ritmo armónico es muy constante: en casi toda la pieza tenemos un acorde por negra.

La estructura formal es binaria redondeada, como la de Ensueño (aunque se diferencia de la de ésta en algunos aspectos). La exposición tiene 16 compases; le sigue una transición de 8, y finaliza con la reexposición, también de 8 compases.

La exposición se divide claramente en dos partes de la misma extensión. La primera está íntegramente en la tonalidad principal (mi menor), mientras que la segunda se encuentra en la misma tonalidad pero en el otro modo (Mi mayor) y al final hace una tonización de la dominante. La transición, que es la porción más variada y armónicamente tensa, nos regresa finalmente a la tonalidad inicial, en la que está la reexposición.

 El pasaje de un modo a otro, en la misma tonalidad, puede hacerse en una forma muy rápida o en otra más larga. En esta pieza, Schumann emplea las dos. Llega al modo mayor (c. 9) por el procedimiento breve, sólo modificando la 3ª del acorde de primer grado y, después, el 6º. grado de la escala, que ahora aparecen un semitono arriba (volveré sobre este punto). Y lo hace desde un acorde de dominante que es común a ambos modos. El poder unificador de la tónica permite que la modificación se realice con facilidad. En cambio, para el regreso a mi menor, que ocupa la totalidad de la transición (c. 17 a 24), utiliza el otro método. Mi mayor tiene 4 # en la armadura, mi menor sólo 1. Reducir paulatinamente las alteraciones hasta llegar a la tonalidad deseada es un proceso indudablemente más lento.  Schuman -no de manera lineal- demora ocho compases en arribar a destino. Las necesidades formales de la pieza lo llevan a elegir distintos procedimientos para un caso y otro.

 El niño se duerme tiene su eje en un motivo sobre todo rítmico, pero en buena medida también melódico, que aparece en el primer compás de la mano izquierda, se “completa” con lo que ejecuta la derecha, que lo imita en stretto[1], y continúa (variado), en una u otra mano o simultáneamente en las dos, hasta el final de la pieza.

Imitación rítmica:
 Motivo rítmico completo:

En la primera mitad de la exposición, los últimos cuatro compases (c. 5 a 8) son iguales a los cuatro anteriores. Hay en todos ellos un ostinato rítmico total, y melódico en dos de las cuatro voces (la superior de mano izquierda y la inferior de la derecha, que es sólo la nota si). Ambas manos mantienen un pedal armónico de dominante.

Repetición, ostinato, pedal armónico… Esta uniformidad invita a la monotonía. ¿Cómo hace Schumann para lograr tanta expresividad dentro de una quietud tan grande? Tratemos de averiguarlo.

Desde el inicio utiliza un recurso con muchos ilustres antecedentes. Lo primero que escuchamos en  El niño se duerme es el acorde de tónica de mi menor, cuyo componente más estructural es la 5ª mi-si. Inmediatamente, el si sube al do y vuelve a bajar a la misma nota. A continuación, en la otra mano, se oye la 5ª si-fa#, seguida de la nota sol, que muy pronto regresa al fa#. Este giro melódico -5ª y semitono ascendentes y ese mismo semitono, ahora en forma descendente- nos produce una emoción especial. Parecería que nos identificamos con ese esfuerzo (fallido) del semitono por liberarse de la poderosa fuerza gravitacional de la 5ª. Veamos el comienzo y escuchemos íntegramente dos magníficos ejemplos de esto: el motete O magnum mysterium de Tomás Luis de Victoria y la fuga No. 8 del primer libro de El clave bien temperado de Bach.








Schumann emplea, además, otro recurso, en cierta medida relacionado con el anterior, que también tiene mucha historia. En los c. 3 y 7 elimina el # del re y así, sustituye la sensible por un 7º grado a un tono de la tónica, que es lo que ocurre en la llamada escala menor natural y en la denominada melódica cuando baja. Lo hace en la voz más grave y empleando un movimiento melódico consistente en el descenso por grados conjuntos desde la tónica a la dominante. Este movimiento recibe el nombre de bajo de chacona o de passacaglia y fue muy usado desde finales del siglo XVI[2]. (Este bajo, cuando está en modo menor, llega al 5º grado por semitono, de ahí su relación con el procedimiento antes señalado.)

Y hay, por lo menos, un tercer ingrediente en el éxito expresivo. En la primera parte de la exposición, el motivo rítmico finaliza siempre, en las dos manos, en la segunda semicorchea del pulso, lo cual genera tensión entre ritmo y métrica. Este hecho produce una intensificación del interés del oyente.[3]  

Volvamos a los semitonos, porque tanto los diatónicos como los cromáticos son un elemento constructivo esencial de El niño se duerme.

El semitono diatónico si-do, con el que la pieza comienza, aparece melódicamente en la voz superior de la mano izquierda en todos los compases de la primera mitad de la exposición; en los compases 4 y 8  lo encontramos también en forma armónica, como 7ª mayor, su inversión, y en el bajo, en esos mismos compases, culmina el movimiento melódico del bajo de chacona. En los c. 21 a 24, ya de la transición, volvemos a hallarlo, tanto melódica como armónicamente. Y en la reexposición aparece casi en la mitad de los compases.

El otro semitono diatónico, fa#-sol, lo hallamos  en casi toda la primera parte de la exposición, en algún momento de la transición y en la mitad de los compases de la reexposición.

Ambos semitonos no sólo son muy abundantes, sino que cumplen una función importantísima en la melodía y el primero de ellos (si-do), también en la armonía, como se verá.

El semitono cromático re#-re natural lo encontramos en el bajo de la primera parte de la exposición y, de la misma forma, en la reexposición. Asimismo, de manera muy destacada, en la voz superior del final de la exposición y comienzo de la transición (c. 16-17). Allí, después de ocho compases en modo mayor, el acorde de si menor parece estar anunciándonos, a mi juicio de un modo un tanto brusco, pero de excelente efecto, el próximo regreso al modo menor principal. También está en el c. 24, ultimo de la transición, conduciendo el regreso definitivo a mi menor.





Hay otra presencia del semitono cromático, que no por disimulada es menos importante. En la segunda parte de la exposición, al pasar al modo mayor, los semitonos originales si-do y fa#-sol se han convertido en los tonos si-do# y fa#-sol#, que aparecen permanentemente. Tenemos, entonces, dos nuevos semitonos cromáticos, consecuencia del cambio de modo, que desempeñan un papel relevante en la expresividad de la pieza (do-do# y sol-sol#).

Desde el punto de vista de la armonía, todos los acordes de la primera parte de la exposición son triadas consonantes de 1er. y 5º grado (estas últimas en sus dos versiones, mayor y menor), excepto uno, en el primer pulso de los c. 4 y 8. En ese lugar hay lo que puede ser un acorde implícito de 4º grado (acorde de la menor sin la presencia de la nota la), que viene de un 5º grado menor[4]. En la armonía tradicional, este encadenamiento v menor-iv menor resulta normal, pero es muy poco frecuente, en cambio, V mayor-iv (sea éste menor o mayor). Aunque Schumann emplea en este momento la sucesión de los dos acordes menores, ya comienza a prepararnos (con el encadenamiento 5º - 4º) para la gran sorpresa de los últimos compases de la pieza. Y esta armonía de la menor incluye una gran disonancia (do-si), “justificada” por el pedal de dominante, disonancia que genera tensión e interés en un fragmento eminentemente consonante. Está formada, además, por las notas de “nuestro” semitono principal.

Hay otro elemento preparatorio del  extraño acorde final, elemento que hallamos en la primera parte de la exposición: en los dos únicos compases en que la melodía llega a la tónica (c. 4 y 8), la armonía se encuentra en el 4º grado.

Durante los c. 20 y 21, en la transición, volvemos a encontrar el encadenamiento 5º- 4º, pero ahora el primero de los acordes es mayor, o sea que se trata de la sucesión que aparece poco frecuentemente: aumenta así la preparación de la sorpresa. También en este caso, la armonía está “oscurecida” por la disonancia do-si.

La de los compases 11 a 16  nos ofrece otro rasgo novedoso: los acordes de tónica (ahora Si, porque nos encontramos en una tonización de la dominante) están en segunda inversión, la posición más débil. Tan débil que, en la mayoría de las ocasiones, en cualquier obra, no se trata verdaderamente de una posición, sino de un grupo “no armónico” que busca estabilidad en otro acorde. Sin embargo, en esta oportunidad, Schumann realmente lo usa como segunda inversión del primer grado y le sirve, asimismo, como preparación para lo que hace en el final.


En esta segunda parte de la exposición también hay un pedal, pero ahora de tónica. Por lo tanto, la exposición podría reducirse al movimiento armónico V-I, (con el agregado del cambio de color modal). En la segunda mitad de la pieza (transición y reexposición), los pedales son sustituidos por secuencias, que significan movimiento, por lo que a la estabilidad del principio sigue una movilidad que nos lleva a una terminación que no es tal. 

En la transición, el material motívico melódico aparece mayoritariamente en la mano izquierda, muy variado y, al principio, en el registro más grave. Contrasta así con exposición y reexposición, en las que lo encontramos en ambas manos y en forma contrapuntística.

Se trata de la parte en la que hallamos mayor número de disonancias. Después de algunos compases tonalmente más bien indecisos (en los que no está presente la tonalidad de Mi), llega a la de Sol mayor, relativa de la principal y, por lo tanto, con la misma armadura.




Aunque la voz superior de mano izquierda pretende permanecer en Sol mayor y produce, en ese empeño, numerosas notas no armónicas, la armonía conduce inexorablemente a mi menor, la tonalidad principal, usando en ese proceso, entre otros recursos, el semitono cromático re-re#. (Schumann utiliza este semitono tanto para entrar -c. 16 y 17- como para salir -c. 24- de la transición.)

 Llegamos, entonces, a la reexposición. Sus dos primeros compases son iguales a los de la exposición (y más adelante -c. 29-  vuelve a utilizar el 7º grado sin alterar). Hay una secuencia muy fuerte en dirección a la tónica; las notas más agudas de la melodía nos ofrecen el movimiento si, la, sol, fa#,  mi; el bajo hace un círculo de 5as. diatónico completo, mi, la, re, sol,  do, fa#, si, mi. Las voces extremas, las más importantes en la música tonal, han finalizado en la tónica. ¿Todo es normal? Bueno, no todo. La voz inferior de la mano derecha y la superior de la izquierda terminan en la nota la (fundamental del último acorde de la pieza) y, lo más importante, la armonía se rebela: el acorde final, después de uno mayor de dominante, es de 4º grado en 2ª inversión[5] lo que, de distintas maneras, Schumann nos ha estado anunciando. ¿Por qué ocurre esto? Porque el niño se durmió y, al hacerlo, salió de la realidad del mundo exterior (el final dominante-tónica nos mantendría en él.)

No olvidemos que los títulos fueron puestos a posteriori. En consecuencia, El niño se duerme se trataría de una miniatura en la que el autor experimenta, de un modo original, en una forma de finalizar sin hacerlo, cuando la historia empezaba a admitir el concepto de obra “abierta”. El “programa” de la pieza podría ser, entonces, un hallazgo (admirable, en mi opinión) realizado cuando la música ya había sido compuesta.


[1] La imitación comienza antes de que finalice el original.

[2] Recurso de origen español que, repetido constantemente, es muy empleado en las  variaciones. Puede usarse en modo mayor o menor, con un descenso diatónico o bien cromático. En modo menor resulta más dramático, y mucho más, todavía, cuando baja cromáticamente. Durante el siglo XVII se escribieron numerosísimos Lamentos construidos a partir de este bajo. Dos grandes ejemplos: el Lamento de Arianna, de Monteverdi, y el Lamento de Dido, de Purcell.

[3] Schumann emplea muchas veces, y de distinta manera, el procedimiento de crear tensión entre métrica y ritmo: por ejemplo, en  Casi demasiado serio, la décima pieza de estas Escenas infantiles, toda la melodía está desplazada una semicorchea con relación a la métrica.

[4] Hay otra interpretación posible: que sea un acorde no de la menor, sino de Do mayor.

[5] Sólo en el último compás, en forma casi inaudible, pasa a posición fundamental.

martes, 30 de octubre de 2012

ANÁLISIS DE "ENSUEÑO", DE LAS "ESCENAS INFANTILES" DE ROBERT SCHUMANN



Cuando inicié este blog (el de análisis de obras), escribí en algún lado que comenzaba con Bach porque lo considero el más grande compositor en la historia de la música occidental. Sigo ahora con Robert Schumann (1810 – 1856) y algunos pueden creer que es el segundo de la lista. No. Creo que se trata de un excelente compositor de lieder (su ciclo Amores de poeta, por ejemplo, me parece una joya), me gustan bastante algunas -sólo algunas- de sus piezas para piano, y tanto sus sinfonías como otras obras orquestales son, a mi juicio, bastante pobres. (Es, además, un cuestionado orquestador.) Comparto el parecer de quienes, con mucha más autoridad que yo, opinan que se maneja como pez en el agua con las formas pequeñas, pero tiene dificultades cuando se enfrenta a las grandes. Esta miniatura que hoy abordo es, en mi opinión, tan atractiva musicalmente como adecuada para el tipo de estudio que me propongo.
 
Schumann, en concordancia con el pensamiento y sentimiento de su época -fue uno de los más, tal vez el más ideológicamente romántico de los compositores románticos- , le asignó una importancia capital a la relación entre literatura y música. Es más. A los veinte años aún no se había decidido a cuál dedicarse y escribía en su diario: “Soy excelente en música y en poesía, pero no un genio musical. En ambas estoy al mismo nivel”. Aunque finalmente tomó la decisión conocida, siguió escribiendo (sacó un par de revistas de crítica musical, publicó diversos ensayos, practicó intensamente el género epistolar, mantuvo un diario personal durante muchos años…) y es frecuente que sus obras estén íntimamente relacionadas con lo literario. Pretendía que su música fuera, además de construcción sonora, evocación de fantasías poéticas y refugio de formas literarias.

Durante unos años tuvo un marcado interés por la música con finalidad pedagógica, pero estas Escenas infantiles -su nombre puede llevar a confusión- no pertenecen a ese género: son “reflexiones de un adulto para adultos”.

Aunque mucha de su producción es programática –es decir que tiene también una significación extramusical- , los títulos de las piezas de las Escenas infantiles fueron puestos después de compuesta la música, o sea que no pretenden describir, sino más bien evocar. Algunos -como el Ensueño que nos ocupa- son, en mi opinión, muy acertados.





Las trece piezas que constituyen la obra son muy breves.  La que estamos analizando (en Fa mayor)  tiene apenas 24 compases (que se hacen 32 con la repetición de la primera parte). Está construida a partir de una melodía de cuatro compases que Schumann va variando y una vez transporta. El total es 4 + 4 + 4 + 4 + 4 + 4.



Podemos simplificar así el diseño melódico:El ascenso se produce rápidamente, por medio de un arpegio, pero el descenso es siempre trabajoso, desganado, utilizando, en algunas frases, todas las notas de la tonalidad (lo que contribuye al contraste con el ascenso arpegiado).

Al comienzo, en el medio y al final de la melodía hay notas largas, mientras el resto es un fluir constante de corcheas, que se escucha predominantemente en grupos de cuatro. Eso ocurre, sobre todo, en la primera frase. En las siguientes, como veremos, las  corcheas van adquiriendo mayor presencia por la intervención progresiva de las otras voces.

Vale la pena detenerse en la relación entre ritmo y métrica. En las dos primeras notas de la frase melódica inicial hay una absoluta concordancia entre ambos, pero inmediatamente el acompañamiento provoca una cierta tensión rítmica al introducir un acorde en el segundo pulso, punto débil de la métrica. La contradicción entre los dos se hace manifiesta a continuación: el clímax melódico también ocurre en el segundo pulso del compás y en el descenso tienen más peso las notas en que comienzan los pulsos débiles (2º y 4º). Sólo en la segunda mitad del cuarto compás vuelve a haber acuerdo entre ritmo y métrica. Aunque la discrepancia señalada se atenúa en alguna de las frases siguientes, esta imprecisión juega, a mi juicio, un papel importante (y sutil) para el acierto del título. En el ensueño, la realidad queda por lo menos relegada a un segundo plano, se difumina su contorno, entramos en el territorio de la fantasía, de la ilusión.

Además de los grupos de cuatro corcheas -casi siempre con un diseño melódico 
quebrado (), pero con intervalos variables-  hay un motivo rítmico-melódico - por grados conjuntos ascendentes o descendentes-, que también encontramos a lo largo de toda la pieza. Asimismo, en las frases 1, 5 y 6 hallamos grupos de cuatro corcheas no en movimiento quebrado, sino en una misma dirección (ascendente), que incluyen el motivo de tres notas por escala y un salto final de 3ª. En los últimos compases, el autor parece decirnos: “ya tuvimos suficiente movimiento quebrado, que genera inestabilidad; voy a terminar ‘planchando’ la melodía”.


La textura es contrapuntística e ilustra sobre la pasión que sentía Schumann hacia Bach (había estado estudiando El arte de la fuga  y los preludios corales para órgano poco tiempo antes de componer las Escenas), por el que, desde siempre, manifestaba encendida admiración, al punto de llegar a decir algo así como que El clave bien temperado era su tratado de gramática musical.

Este tipo de escritura le permite a Schumann, con la participación de las otras voces (y el debilitamiento de lo que ocurre en la superior), que se escuche una melodía con un ámbito de más de tres octavas, desde notas en líneas adicionales encima del pentagrama en clave de sol, hasta líneas adicionales debajo del de clave de fa. Además (por ejemplo en los compases 10 y 11), hace que dos voces se unan para realizar una imitación de la superior.

A pesar de la estricta regularidad en la extensión de las frases, internamente se producen cambios. La primera frase finaliza en el segundo pulso del compás, pero las dos siguientes lo hacen en el tercero y la cuarta termina en el último. En consecuencia, la duración de la primera nota de las frases siguientes debe irse reduciendo, al principio de una negra a una corchea y, finalmente, la quinta frase tiene que conformarse con empezar sólo con una acciaccatura. Las modificaciones interiores evitan que la regularidad provoque monotonía, aun dentro del rígido esquema de cuatro compases.

Por supuesto que la armonía, que en Schumann tiende siempre a ser variada y nerviosa, juega un papel relevante en este sentido.

Las dos primeras notas de todas las frases producen estabilidad. Hay en ellas un movimiento muy simple (V – I). La estabilidad continúa durante el arpegio que sube hacia el clímax de la primera mitad de la melodía (excepto en la tercera frase, en la que en el ascenso ya hay disonancia). Al llegar a la nota larga de éste, el asunto cambia. En la primera y en la quinta frases (son iguales), que se encuentran íntegramente en la tonalidad principal, sólo se produce el movimiento armónico I – IV, pero de ahí en más, este punto de la melodía se convierte en un factor de (alta) tensión, con el que se inicia un variado proceso armónico. En las cuatro frases restantes hay, bajo esa larga nota,  un acorde disonante (de V7 o, más frecuentemente, de V9) que posibilita superar la detención melódica sin preguntarnos ‘¿y ahora qué pasó?’

Y la movilidad armónica continúa: durante el  descenso melódico de la segunda frase hallamos tres dominantes secundarias y, además, el frecuentemente usado cambio de modo en el cuarto grado. Estos fenómenos armónicos crean una especie de temblor cromático: do# y do natural, la y lab, mi y mib, fa# y fa natural, si y sib.  La cosa sigue más o menos igual en el resto de la pieza, salvo en la quinta frase que, como se dijo, es igual a la primera.

 Esta suave inquietud armónica se suma al conflicto entre ritmo y métrica que antes señalaba (y al tempo de la pieza, que es más bien fatigado) para introducirnos eficazmente en la ensoñación.

La forma es binaria, lo que llaman binaria redondeada. Las dos primeras frases (c. 1 a 8) constituyen la exposición; las dos siguientes (c. 9 a 16) son una transición, y las dos últimas (c. 17 a 24), la reexposición.

En la exposición, la primera frase está en la tonalidad principal; finaliza con una semicadencia. La segunda también se encuentra en Fa mayor, aunque enriquecida por varias tonizaciones. La última de ellas, a la dominante, lleva a que se produzca, al final de la melodía, una fuerte cadencia auténtica en Do mayor, pero en el puente de cuatro corcheas que la une con lo que sigue, regresa a la tonalidad principal. Este movimiento hacia la dominante genera tensión.

Los últimos ocho compases, las dos frases de la reexposición, también están en Fa mayor, puesto que cuando una pieza termina, normalmente debe indicarnos que termina[1]. Y eso se obtiene con la tónica. No obstante, en los cuatro compases finales hay todavía dos dominantes secundarias, que mantienen ese ambiente levemente tembloroso que ha predominado en toda la página. Exposición y reexposición tienen más o menos el mismo material. Lo diferente, entre ellas, se debe a que cumplen distintas funciones: la primera, tensar; la otra, relajar.

La parte central es una transición, o sea, que no tiene independencia. Su segunda frase es la transposición de la primera, una secuencia en la que cada frase es un eslabón: en el ascenso melódico, a la 4ª. superior (tonalidades de Fa y Sib mayor, respectivamente) y en el clímax y en el descenso, a la 5ª. (sol y re menor). Se trata, entonces, de una sección en movimiento que, como dice su nombre, está transitando, que es inestable. Analicemos también las cadencias. La de los c. 12 y 13 es muy débil y, además, abrupta: después de tres compases en sol menor, en el último pulso pasa a Sib mayor. La que se encuentra en los c. 17 y 18 es igual de sorpresiva, digamos, pero fuerte, porque conecta con la reexposición, en la tonalidad principal.

Estas frases (3ª y 4ª) desempeñan dos tareas distintas. Por un lado, prolongan la tensión iniciada en la exposición; por otro, al final, comunican con la reexposición, en lo que  denominan retransición[2].

En el aspecto rítmico, la transición es la porción más densa, la que tiene un mayor flujo de corcheas. Estas incluso “rellenan” la nota larga central de la melodía con otro arpegio que imita el diseño del primero, del que hallamos en el ascenso.

Desde el punto de vista tonal, la transición nos ofrece mayor variedad que el resto de la pieza. Mientras las partes extremas están en la tónica (Fa mayor), coqueteando con la dominante (Do mayor), la central incursiona en las dos tonalidades del área de subdominante (un poco Sib mayor y, sobre todo, sol menor) y en la otra tonalidad de la de tónica (re menor).

Ensueño es una de las piezas más famosas de Schumann. Y las Escenas infantiles –que son el opus 15- fueron el primer éxito comercial del autor. En mi opinión, bastante merecidamente.



[1] Aunque tanto en el propio Schumann como en Chopin nos encontramos con algunas piezas (muy pocas) que finalizan “abiertas”, no en un primer grado consonante, conclusivo.

[2] El movimiento armónico-tonal de esta parte es por 3as. (sol menor, Sib mayor, re menor, Fa mayor), lo que produce un continuo entre la prolongación de la tensión, la retransición y la reexposición.

miércoles, 26 de septiembre de 2012