Este blog es algo así como un gemelo de musicalculebrones.blogspot.com, el que ofrece materiales sobre historia de la música. Mi intención es alternar ambos.

jueves, 20 de febrero de 2014

ANÁLISIS DE ‘DANZA CAMPESINA’, No. 128 DEL MICROCOSMOS DE BARTÓK

(En la entrega del mes pasado hay algunos comentarios generales que pueden ser de utilidad.)

‘Danza campesina’ pertenece también al 5º volumen.
 
 
 
Su esquema formal:
 

A pesar de ser una forma ABA se trata de una pieza monotemática. Tiene 66 compases y su centro tonal es sol en el que están, de distinta manera, las tres cadencias.

La primer A comienza con una introducción de 4 compases que define la tónica: el pulso inicial de cada compás contiene la nota sol sonando simultáneamente con la   sensible fa#, una apoyatura congelada. El segundo pulso es un pedal sol, que seguirá sonando durante bastante rato. Al parecer no hay dudas: esa es la tonalidad, pero ¿cuál es el modo?, si es que puede considerarse uno en particular.

Ese  fa#, además de parecernos la sensible de la presunta tonalidad principal, es el comienzo de un descenso por grados conjuntos (en la voz inferior no resuelve a sol, sino que baja a fa, lo que contradice su función sensible), recurso que Bartók utilizará a lo largo de toda la obra. Ya desde el c. 5 encontraremos a lo vertical y lo horizontal como elementos estructuradores simultáneos.

Los 16 siguientes compases nos hacen escuchar dos veces, con variaciones, el tema de la obra. En realidad, el material se oye en los primeros 4 (de esos 16) y luego, en los 4 que siguen, se presenta una transposición (variada) a la 3ª. En los últimos 8 se repite, (eso sí) bastante cambiado, lo que acaba de escucharse.

Aparece, además, una estructura melódica ‘oculta’, descendente, que será sumamente importante en el transcurso de la pieza y que es característica de ciertos cantos populares antiguos de Hungría. En este caso se trata nuevamente de grados conjuntos, que en A forman el tetracordio frigio do, sib, lab, sol.

 
En el tema podemos distinguir tres motivos, los cuales pueden parcialmente modificarse, unirse o cambiar de función.

El primero tiene, como elementos característicos, una bordadura y un salto ascendente de 4ª.

 
El segundo es el que se presenta de más maneras diferentes. Veamos algunos ejemplos:

En los cc. 6 y 7 es una anacrusa que se resuelve en el pulso fuerte del compás siguiente, siempre sobre la misma nota:

 

En los cc. 8 y 9 sigue siendo una anacrusa, pero la resolución cambia de nota:

 
En c. 12 deja de ser anacrusa al desaparecer la nota de resolución. Parece, entonces, sólo un ‘rebote’ de la negra del compás que se transforma, así, en la 1ª nota del motivo:

 

En los cc. 18, 19 y 20 volvemos a encontrarlo como anacrusa, esta vez inseparable del motivo que sigue; todas sus notas son distintas:

 

El 3er. motivo consiste en un fragmento de escala, inicialmente descendente (no siempre con el mismo número de sonidos) y ascendente en los últimos compases:

 

Esta primer A es una melodía acompañada. El acompañamiento, totalmente armónico, presenta, sin embargo, (como ya se mencionó) una  unión de lo horizontal y lo vertical: la voz inferior de la mano izquierda (haciendo abstracción del pedal  sol) está a cargo de la horizontalidad,  mientras los acordes, que casi sin excepción bajan por 5as., tienen encomendada la verticalidad. En el último compás de la frase (el 12), melodía y armonía coinciden en un acorde de Sol, la tónica.

En la segunda presentación del material temático (c. 13 y ss.) desaparece el pedal en el bajo, sustituido, durante cuatro compases, por uno en el extremo agudo, en forma de acciaccaturas. Esta disminución del peso del sol en la mano izquierda coincide con el aumento de la importancia del lab, enfatizado por una cadena de tonizaciones que conducen a él. Sin embargo, la melodía prosigue, impertérrita, su camino hacia el sonido central de la pieza. Tenemos, entonces, la presencia relevante del semitono frigio 2º - 1º, característico del modo.

Hay, a continuación, una extensión cadencial (cc. 21 a 27). En su melodía sigue predominando, abrumadoramente, la nota sol, con los motivos 3 (invertido) y 2. (Al mismo tiempo,  se anuncia el mayor valor que el do tendrá en B.)

En el acompañamiento, en cambio, la armonía (cuartal y quintal en los primeros compases) se aleja sustancialmente del centro tonal  principal y termina con un acorde de do # menor, a distancia de tritono de ese sol. Este intervalo y el semitono frigio 2º 1º, a veces enarmónicamente, tendrán mucha importancia en el transcurso de la pieza.

Durante la cadencia también se producen novedades rítmicas: en los cc. 21 a 23, la métrica real (no la escrita) es ¾. Hay, entonces, una hemiola, de la que Bartók volverá a hacer uso más adelante en circunstancias similares.

Se dijo, al comenzar, que se trata de una pieza monotemática, A y B tienen el mismo tema. Además, la escala frigia descendente ‘oculta’ se encuentra en ambas, completa en la mano izquierda de B y con una extensión de 6ª en la mano derecha. El centro, en este caso, es fa, que está en una especie de fusión con do. Existen importantes ámbitos de contraste entre una y otra parte, como el de la textura, el tempo, la dinámica, el registro.

El más relevante es el textural. A, se dijo, es una melodía acompañada (textura homófona); B, por el contrario, se trata de un canon (puro contrapunto): lo vertical y lo horizontal otra vez opuestos y unidos.


Círculo de 5as.:

 
Escalas ‘ocultas’:

 

 
El canon es a la 6ª y el dux, después de los primeros cuatro compases, como ocurre en A, transpone a la 3ª inferior. (3ª y 6ª son los intervalos que encontramos en el motivo 2 cuando en él se produce modificación de notas, esto es, en los cc. 14, 16, 18 y 27). En la anacrusa al c. 35 nos encontramos dos novedades: se modifican los intervalos (no el diseño de los motivos) y se produce un stretto.

En la anacrusa al c. 41, el stretto tanto se ‘estreta’ que desaparece y ambas manos tocan al unísono (a la 8ª).

 En ese punto, que es cadencial y se construye con el motivo 3, volvemos a hallar la hemiola, como en el pasaje de A a B.

Pero hay, también, ‘una piedra en el camino’. Se trata de un si, ajeno a la escala que está sonando y que, en apariencia, impide a la melodía seguir su ruta descendente, por lo menos con matiz mp. Lo intenta entonces con mf, pero tampoco tiene éxito. Sigue intensificando la dinámica y ahora sí, el f es suficiente para superar el obstáculo y llegar a un lab desde el que inicia un gesto cadencial (lab reb), de modo que nuestro oído tonal funcional espera a continuación un solb  (ii – V – I). Pero no. El gesto finaliza en un sol  natural que, aunque es desaprobado por el oído tradicional, satisface nuestra memoria: son las mismas notas que hubo en la cadencia entre A y B.

Llegamos (volvemos) al material inicial. Se trata de los mismos sonidos, pero el carácter del pasaje es muy diferente. El ahora fa #, que tres compases atrás, como solb,¿tenía aspiraciones de tónica?, podría haberse convertido en una sumisa sensible y/o ser una resonancia (enarmónica) del movimiento frigio solb – fa. Mientras tanto, el sol natural celebra su triunfo repetida y sincopadamente. Nada que ver con el sereno (y pesado) inicio de la pieza.

En el c. 51 se ingresa en A’. Los motivos temáticos 1 y 3, aparecen variados en notas y ritmo; al 2 se le agrega el staccato. Los tres elementos contribuyen a que A’ mantenga el carácter leve adquirido por la pieza al  empezar B, contrastante con el pesante  del comienzo.

Un factor llamativo de A’ es la casi nula presencia del re, la 5ª justa de la tónica. Encontramos, en cambio, y en lugares muy destacados, abundantísimos reb. O sea, que en esta sección no hay dominante, sino una relación de tritono entre la tónica y el 5º grado. Eso mismo ha ocurrido en las dos cadencias anteriores (c. 27 y cc. 45-46), creando, no sólo un ambiente locrio en buena parte de la Danza campesina, sino incorporando, también, un importante elemento de unidad formal. Entre estas dos notas se produce un conflicto (que es el conflicto entre la estabilidad de la 5ª justa y el tritono, eminentemente inestable). Se resuelve a favor del  re en el último acorde y, entonces, el reb se oye (por enarmonía) como una especie de sensible del 5º grado.

Se dijo que A era armónica y B, contrapuntística; A’ es ambas cosas, demostrando, una vez más, que ‘los acontecimientos no ocurren en vano’: el canon de la parte central ha dejado su huella en el espejo que comienza en el c. 58 y continúa hasta el 64 de la coda. (Lo especular simultáneo tiene en este caso la ventaja, sobre otros recursos contrapuntísticos –como, por ejemplo, el canon de B-, de que es homofónico, lo cual facilita su integración con el fragmento armónico que le precede.)

Hay aquí otro factor de síntesis: en la extensión cadencial de A, las escalas son ascendentes; en la de B, en cambio, descendentes; en la de A’, de los dos tipos.

La coda está construida sobre el motivo 2 y recupera algo del peso de la A inicial, desaparecido en B y A’. Justo antes del último acorde, Bartók crea inestabilidad rítmica mediante una síncopa (por acentuación), que preanuncia el final y refuerza la que se oyó en cc. 48 y ss.

Merece especial mención el último acorde, especie de armonía superpicarda. Y digo lo  de super porque estamos acostumbrados a que muchas obras en modo menor terminen con un acorde mayor (mucho más estable), que se modifique su 3ª, pero en este caso cambia también la 5ª, de modo que cuando escuchamos ese último Sol mayor, poco falta para que su brillo nos enceguezca.

Estos dos compases finales, junto con los cuatro del comienzo aportan simetría, constituyen un marco mayor en una pequeña obra que se encuentra en los modos menores, sobre todo en el frigio.

Me he referido antes a la voluntad sintetizadora de Bartók. Esta Danza campesina es, en mi opinión, un ejemplo particularmente exitoso de ello: lo tonal funcional y lo modal, lo popular y lo ‘culto’, la armonía y el contrapunto, lo horizontal y lo vertical son binomios que, según se empleen, pueden ser opuestos o complementarios y que aquí aparecen yuxta e incluso superpuestos en perfecta integración.

 

miércoles, 22 de enero de 2014

BÉLA BARTÓK: ANÁLISIS DE ‘BROMA ALDEANA’, No. 130 DEL MICROCOSMOS

El húngaro Béla Bartók (1881-1945) es uno de los mayores compositores de la primera mitad del siglo XX. Fue, además, importantísimo folclorólogo, destacado pianista y pedagogo renovador. Asimismo, escribió varios libros y numerosos artículos sobre distintos asuntos musicales, muchos de ellos referidos a la música popular.

Su expresa intención era realizar, con su obra creativa, la síntesis de Oriente y Occidente[1]. Y la representante de lo oriental, en esa síntesis, fue la música campesina de esa región de Europa, uno de los puntos de partida del estilo bartokiano. Pero esa música no es sólo lo que viene del Este, sino, también, el pasado del Oeste, que occidente abandonó al embarcarse en la experiencia tonal funcional. Por eso, cuando sintieron la necesidad de recurrir a lo modal, ya en del siglo XIX, algunos compositores occidentales (en cuyos países la música popular también se había tonalfuncionalizado) fueron a beber en la música medieval, en los llamados modos eclesiásticos, en el canto gregoriano.

La obra pedagógica más importante de Bartók es el Microcosmos, 153 piezas para piano, de dificultad graduada, escritas a lo largo de más de una década, inicialmente para su hijo Pedro.

Pero este trabajo supera largamente ese objetivo familiar. De algún modo se entronca con la labor que doscientos años antes había realizado J. S. Bach, también para el teclado. En la segunda mitad del siglo XVIII no hay nada parecido. Y en el XIX nos encontramos con dos cosas, ambas diferentes de este esfuerzo. Por un lado, compositores como Chopin y Liszt escriben estudios, los más fáciles con un nivel medio de dificultad. Quedan marginados, entonces, los principiantes, si bien el género sale de su confinamiento en el aula para ingresar, con pleno derecho, a la sala de conciertos. Y, por otro, hallamos una gran cantidad de piezas de dificultad graduada, sí, pensando a veces en los que recién empiezan, sí, pero, en muchísimas ocasiones, de una dudosa calidad musical.

Y esa es la literatura mayoritaria a la que se enfrentan  los que se inician, todavía hoy. Los niños comienzan su formación tocando música, no siempre buena, que fue escrita, en el mejor de los casos, siglo y medio atrás. Esto refuerza la conformación de un oído limitado a lo que dictan la tradición y lo que se escucha, con pocas excepciones,  por radio y TV, lo cual hace que los estudiantes tiendan a rechazar lenguajes posteriores. (He estado refiriéndome a la enseñanza del piano, pero este problema puede hacerse extensivo, con sus particularidades, a muchos otros instrumentos.)   

Pues bien, el Microcosmos (¡que empezó a escribirse hace ya 90 años!) nos provoca –desde el comienzo- sorpresas auditivas y también visuales. Tal vez un buen ejemplo sea  el No. 10 del primer volumen, una pieza de apenas 24 compases con sólo blancas y negras, cuya tónica es re, pero que tiene el la bemol, y ese lab es lo único que aparece en la armadura: revulsivo para los oídos, la primera; para los ojos, la otra.

Broma Aldeana, que hoy nos ocupa, está incluida en el quinto volumen, de los seis que constituyen la obra, y es una pieza de 36 compases basada en una melodía de tipo campesino que se escucha, casi idéntica, dos veces y media.





En el siguiente video se incluye Broma Aldeana, No. 130 del Microcosmos.

Su esquema formal:

 
Las palabras o las imágenes pueden provocar carcajadas. No así el humor musical, que no genera más que una sonrisa o que, simplemente, ayuda a confortar el ánimo. Este es el caso de Broma Aldeana, y Bartók lo logra con distintos procedimientos.

Comienza con una escala mayor, muy mayor (un color lidio), sin armonía explícita.  Lo hace de manera ascendente y con bastante ánimo, pero al llegar al 6º grado se desploma con un intervalo de tritono que nos ubica, sorpresivamente, en un modo menor (color dórico). Y, de inmediato, el acompañamiento se lanza, con contundente ingenuidad, a una cadencia auténtica que, en el tercer compás, nos hace pensar en que tiene la intención de cerrar ya la pieza. La melodía, además, está legato, mientras que el acompañamiento mantiene siempre el tono poco serio del staccato. Es como si lo risueño interrumpiera bruscamente (primero con la caída al modo menor, después con la cadencia) el ‘normal’ devenir de la música.

Lo que sigue es la transposición (tonal, no real) a la dominante;  encontramos allí los mismos acontecimientos que en los primeros tres compases.

Este procedimiento  de transponer a la 5ª superior es habitual no sólo en la música occidental, sino también en cierto tipo de melodías campesinas eurorientales, como lo es (aunque menos) el que exista cierta irregularidad en el modo empleado[2]. Estos primeros compases están un poco bartokizados, pero no mucho.

Lo que viene a continuación sí se aleja más del modelo popular (me referiré con detalle a esto más adelante), un proceso que le permite al autor hacernos otro guiño: en el c. 13 volvemos a encontrarnos con la misma cadencia auténtica del comienzo. Y así finaliza la primera parte.

En todo el transcurso de la pieza se mantiene esa relativa oposición entre una melodía que pretende mantener un poco de compostura (sólo un poco) y un acompañamiento absolutamente inmerso en la informalidad.

Desde la segunda parte (c. 14), este acompañamiento recurre  más al contratiempo (síncopa) y, a partir del c. 21, Bartók introduce  nuevos elementos humorísticos: las 2as. menores armónicas (casi enseguida, también mayores) y los acentos sobre la última corchea del compás.

El primer procedimiento consiste en apoyaturas ‘congeladas’ (es decir, que se ubican simultáneamente con la nota armónica, en vez de hacerlo una después de otra). Mi, si y sol# en cc. 21 y 22 (el primer caso, pero no el único)  disimulan el arpegio de Fa mayor, que es la armonía que está sonando (Fa V7 resulta lo que termina escuchándose también en la melodía). La acritud de la sonoridad y la insistencia en el recurso contribuyen con eficacia a quitarle seriedad al pasaje.

En cuanto a los acentos en la cuarta corchea del compás, su tarea parece ser la de sustituir a las síncopas, ahora reservadas a los momentos cadenciales.

Las gélidas apoyaturas continúan casi hasta el desenlace de la pieza (siempre oscureciendo una armonía simple), en el que Bartók plantea, para enfrentar la cadencia,  un lenguaje consonante.

Toda la pieza está en la tonalidad de do, en una escritura modal libre, aunque si consideráramos que está en el modo en que termina (y en el que se encuentra la mayoría de las cadencias), tendríamos que afirmar que está en menor.

Esa uniformidad tonal exige que haya otros factores de interés. Y hay varios ya en los tres compases iniciales: éstos comienzan sólo melódicamente, pero enseguida escuchamos una cadencia con V – I en el bajo (contraste melodía-armonía); en el ritmo de la melodía se oponen figuras ‘normales’ y el cinquillo del final (contraste rítmico); aparecen desde el comienzo, uno a la par del otro, dos intervalos de carácter opuesto (el tritono, sobre todo el la – mib de la melodía, y la 5ª justa sol – do del bajo). En las dos primeras frases (cc. 1 a 6) se oye primero el tritono y después la 5ª, en concordancia con su carácter ‘cerrado’; después, en cambio, el orden se invierte, de acuerdo con la inestabilidad del pasaje, a la que hago referencia algunos párrafos más abajo.

Como se dijo, lo que sigue es la transposición a la dominante de esos tres compases. Y, a continuación, después de pasar un instante por la tónica, Bartók se zambulle en el área de subdominante, emplea la inversión de la primera parte de la melodía  y utiliza un recurso que otras veces encontramos en su música: al descender, destaca la nota ‘meta’  bemolizando alguna de las anteriores y elimina esas alteraciones al subir. (También podemos hallar # agregados en una melodía ascendente; algo de eso ocurre en la melodía inicial; en ambos casos, puede llegar a ser una especie de refuerzo de la función sensible.)
 
 


Incluyo, a continuación, un ejemplo de este recurso, extraído de Staccato y legato, otra pieza del 5º volumen de esta obra.
 

 
En este fragmento vuelve a recurrir a la transposición, a las secuencias, ahora a las 5as. inferiores, de modo tal que se oyen, melódicamente,  varios acordes sucesivos de V7 (Fa, Sib y Mib) lo cual produce un efecto de inestabilidad, de continuo movimiento, contrastante con las anteriores cadencias auténticas en do y en sol. Esto ocurre sobre una especie de pedal do que luego baja cromáticamente hasta que ambas manos concuerdan en construir (c. 12)  una subdominante de la tónica principal que le facilita reiterar (cc. 13 y 14) la cadencia auténtica del comienzo.

En la segunda presentación, la melodía pasa a la mano izquierda y en el acompañamiento (ahora en el agudo) aparece por primera vez el 7º  grado de la tónica principal, que resulta ser sib, es decir, que por ahora tenemos una tonalidad de do sin sensible.

Al llegar al lugar en que en la primera presentación oíamos la dominante como parte de la cadencia auténtica, Bartók coloca un acorde que ejerce su atracción hacia la tónica de una manera muy distinta: en vez de la fuerza armónica del intervalo de 5ª, tenemos la fuerza melódica de las 2as. (dos de ellas, además, semitonos, siendo éste el intervalo que más atrae melódicamente a los sonidos que lo constituyen). Este acorde está constituido por mib y fa#, las dos notas alteradas que oímos al comienzo y, además, por el recién incorporado sib.


 
Desde el c. 15, el acompañamiento (que ahora se oye más porque está en el registro agudo) abandona las 8as. vacías y nos ofrece sonoridades predominantemente disonantes. Un nuevo factor de interés que se mantendrá en el transcurso de casi toda la pieza.

Creo que vale la pena ponerle atención a la ‘historia’ del 7º grado de la tonalidad principal. Lo evita en los tres primeros compases, incursiona a continuación en forma pasajera por la tonalidad de la dominante y, después, ‘amenaza’ con varias tonalidades del área de subdominante antes de regresar a do (en cc. 12 a 14) de manera idéntica al comienzo, o sea, sin 7º grado. En  el c. 15 lo encontramos, a distancia de tono de la tónica. Lo que sigue reproduce aproximadamente lo que ocurrió en la primera parte (transposiciones a la dominante y a tonalidades del lado subdominante), pero al llegar a la cadencia se produce una novedad (c. 27): aparece ahora sí la sensible, aunque lo hace de un modo más bien oscuro: en la armonía de dominante la hallamos en un pequeño cluster, acompañada del sib y del lab. Y después se queda ‘pegada’ al acorde de tónica. Es necesario llegar a la cadencia final, al penúltimo compás, para hallarla libre, formando parte de una clara armonía de V7 (véase la modificación que sufre el cinquillo), aunque en todos los compases anteriores Bartók insiste en el sib.

Decía al inicio que el primer compás es muy mayor y que inmediatamente aparece un intervalo característico de los modos menores, la 3ª menor a partir de la tónica. Esta yuxtaposición de lo mayor y lo menor, este choque, podríamos decir, ocurre, de distintas maneras, a lo largo de toda la pieza, es un elemento estructural de ella.

Lo que sucede en los primeros dos compases lo volvemos a encontrar, claro, en los c. 4 y 5, pues se trata simplemente de una transposición.

Y hallamos nuevamente el enfrentamiento M/m (ahora m/M) en todos los eslabones de la secuencia que sigue (cc. 7 a 12). Allí, la melodía baja llena de bemoles (con un color marcadamente frigio) y sube (son dos notas) sin ellos.

A partir del c. 15, con la repetición de la melodía, se producen los mismos choques que antes, y se agregan otros. Desde el c. 21 hasta el 24 se escuchan 2as. menores en la mano derecha, 2as. que se hacen mayores en los dos compases siguientes,  y que aparecen de los dos tipos en el c. 27.

Y toda la ‘historia’ del 7º grado, a la que me referí más arriba, es también una cuestión m/M.

Hemos estado analizando una pieza muy simple, mucho más sencilla que la inmensa mayoría de las obras de Bartók, incluso de las que compuso con fines pedagógicos. Sin embargo, en ella se manifiesta, en varios sentidos, la vocación fusionadora del autor (se unen lo tonal y lo modal, pero también lo horizontal y lo vertical, el contrapunto y la armonía, lo barroco con lo que le siguió).  

Dice el buen compositor suizo-francés Arthur Honegger, contemporáneo de Bartók y uno de tantos creadores a quienes ha dañado el tiempo (se escuchaba muy frecuentemente hace medio siglo, cuando yo era joven; muchísimo menos ahora): “Desde el Segundo cuarteto hasta la Música para cuerdas y percusión, mi admiración hacia su obra no ha dejado de crecer. Yvonne Giraud, Delgrange, Darius Milhaud y yo desciframos el Segundo cuarteto enseguida de su aparición. No sin trabajo, pues se trataba de una obra difícil, aunque interesante en grado sumo.” Y agrega más adelante: “…considero que Bartók, junto con Schönberg y Stravinsky, es el verdadero representante de la revolución musical de esta generación. Menos directo y chispeante que Stravinsky, menos dogmático que Schönberg, Bartók es tal vez el más íntimamente músico de los tres.”



[1] “Kodaly y yo queríamos hacer la síntesis de Oriente y Occidente – dice Bartók-. Podíamos pretenderlo por nuestra raza y la situación geográfica de nuestro país, que es a la vez el extremo del Este y el bastión defensivo del Oeste.”
 
[2] Incluso considerarlo irregularidad puede no ser correcto. Los modos occidentales tienen la 8ª como unidad. Algunas culturas orientales, en cambio, parten del tetracordio y, por lo tanto, es perfectamente posible la combinación de dos de ellos para obtener un resultado que no corresponde a ninguna de nuestras escalas.

domingo, 15 de diciembre de 2013

Aviso

Este mes no habrá material nuevo, me tomo vacaciones. Si no ocurre un imprevisto vuelvo en enero, con una incursión en el siglo XX.

lunes, 25 de noviembre de 2013

“CON LA MUÑECA”, No. 4 DEL CICLO DE CANCIONES “CUARTO DE NIÑOS” DE MUSORGSKI: ANÁLISIS

El lied tuvo su momento de mayor auge en el siglo XIX, durante el prerromanticismo y el romanticismo pleno. Aunque no es un género muy prestigioso, compositores como Schubert y Schumann nos ofrecieron en él lo mejor de su talento.

Posteriormente se siguieron componiendo canciones, por supuesto, siempre ubicadas bastante abajo en el ranking de la reputación, aunque algunos creadores realmente se lucieron componiendo en este género.

Uno de ellos fue el ruso Modesto Musorgski (1839-1881), conocido, sobre todo, por Cuadros de una exposición y Una noche en el monte calvo. Opino que la primera es una pieza excelente y que la segunda, en cambio, se trata de una obra bastante menor. Mucho menos difundidas son su gran ópera Boris Godunov y sus canciones (por ejemplo, los ciclos Cuarto de niños, Cantos y danzas de la muerte y Sin sol) que lo ubican, a mi juicio, entre los grandes.

El caso de Musorgski es bastante peculiar. Aunque mostró talento musical desde la infancia, cuando Borodin tuvo el primer contacto con él, de jóvenes, lo describió como un “elegante pianista aficionado”. Durante un tiempo fue únicamente  compositor ‘de salón’. Se hizo necesaria su vinculación con Balakirev, líder de los nacionalistas musicales, para que saliera a la luz el verdadero talento de Musorgski.

En el siglo XVIII, Rusia, una de las monarquías más poderosas, retrógradas y atrasadas de Europa, realizó cierto proceso de modernización, pero mantuvo su poderío y su carácter retrogrado[1]. En el XIX, en el que vivió Musorgski, el país se encontraba culturalmente inmerso en el enfrentamiento entre eslavófilos (nacionalistas)  y occidentalistas[2].

El nacionalismo musical tuvo su mayor expresión en el llamado grupo de los 5 (que se autodenominaba ‘grupo poderoso’), integrado por Balakirev –quien lo lideraba-, Rimsky Korsakov, Borodin, Musorgski  y Cui.  Al principio, salvo Balakirev, eran todos aficionados, con una profunda desconfianza hacia la enseñanza académica. Con el tiempo, la mayoría modificó su actitud, unos más, otros menos. El único que se mantuvo fiel hasta el final a sus ideas fue Musorgski, lo que le acarreó un cierto  aislamiento.

Debussy, que también era un antiacadémico y tenía un gran aprecio por esos compositores rusos que andaban en busca de la libertad creativa, decía de Musorgski, después de escuchar su ópera Boris Godunov: “Es el arte de un salvaje curioso que va descubriendo la música a cada paso dado por la emoción”.

“Con la muñeca” fue dedicado a los sobrinos del compositor, Tanyushka y Goga Musorgski.

El texto también pertenece al músico, como todos los de este ciclo. Se trata de una canción de cuna que una niña le canta a su muñeca. Lo que le dice reproduce una forma bastante común –más antes que hoy, aunque aún son muchos los que la practican- de lograr que los infantes hagan lo que quieren los mayores: provocar miedo. En este caso, si no se duerme, vendrá el lobo y se la llevará. A partir de otros textos del mismo ciclo se hace evidente que Musorgski critica este recurso. Aquí, la niña estaría sólo repitiendo lo que a ella le dicen. E inmediatamente opone ese temor a los hermosos sueños que tendrá la muñeca, sueños que debe contarle al despertar.

La traducción es sólo aproximada, pero sirve a nuestros efectos.

Tiapa[3], duérmete.
Duerme Tiapa, buenas noches.
Duérmete ya,
Debes dormirte, Tiapa,

Duérmete ya
O vendrá el lobo gris
Y te llevará
A lo profundo del bosque.
Sé buena, duérmete, Tiapa.
 
Después me contarás
Lo que veas en tus sueños:
La isla encantada
Donde nadie tiene que trabajar,
Donde, en mágicos jardines,
Crecen hermosas flores
Y jugosas peras,
Donde cantan, día y noche,
Pequeños pájaros dorados.

Duérmete,
Duérmete,
Duérmete, Tiapa

La acción transcurre en la parte central del texto, en la que se opone lo negativo (el lobo) a lo positivo (la isla encantada). Las partes extremas de la letra se limitan a pedirle al juguete que se duerma.



 











 

La oposición que hallamos en las palabras ocurre también en la música. Toda la canción está en Lab mayor, más allá de unas breves tonizaciones. Pero se trata de dos Lab distintos. Uno de ellos es el modo mayor habitual; el otro tiene el 6º grado bemolizado, lo que produce un marcado contraste entre el ‘ambiente’ de uno y otro.

Se produce, entonces, lo que algunos consideran la escala mayor armónica; la llaman así porque el segundo tetracordio es igual al de la denominada escala menor armónica (st., tono y ½, st.).
 



Pero se trata de un nombre que se refiere a la apariencia y no a la esencia. La escala menor armónica tiene razones armónicas para que se la denomine de esta manera: se le ha subido un semitono el 7º grado para que sea una sensible  y, en consecuencia, tengamos un acorde mayor sobre el 5º grado, una dominante, que en la historia de la música occidental se fue convirtiendo en una necesidad (y después dejó de serlo). En la mal llamada mayor armónica, en cambio, no existen motivos armónicos, sino melódicos: se rebaja un semitono el 6º grado para obtener un enriquecimiento de la expresividad.[4] Estamos únicamente ante una alteración modal.

“Con la muñeca” es una canción muy simple pero, al mismo tiempo, de una expresividad intensa. Y también de una gran sutileza.

Algunos (grandes) compositores a veces sólo necesitan una nota para provocarnos emoción. Y ésta es, a mi juicio, una de esas veces: cuando, en el compás 7, aparece el fab  siento el efecto de un verdadero terremoto. Pero no nos adelantemos.

Desde el punto de vista formal, el esquema puede ser el siguiente (aunque no el único posible):


                  A (11)                        +                     A (11)                +       coda (5)

       a  (4  ½  +  1 ½)  +  b (5)             a(4)  +  b(2)   +  a(5)         b(2) + a(3)                

 
Dijimos que la pieza está en Lab. Sin embargo, en la primera parte A (que ocupa casi la mitad de la canción) no encontramos ninguna tónica definida. No podemos afirmar en ese momento, con absoluta seguridad, en qué tonalidad estamos.

En los seis compases iniciales hay un casi total predominio de la armonía de Mib7, que después sabremos (o confirmaremos) que es la dominante. Sin embargo, ese acorde no aparece con claridad hasta los compases 5 y 6, cuando la voz canta sus cuatro notas y sólo éstas (volveré sobre este punto).

Lo primero que escuchamos, (tres veces) en el piano, es la relativamente dulce disonancia producida por el intervalo armónico reb-mib. Aunque todavía no se sabe, estas dos notas son la dominante de Lab y la 7ª de ese acorde. En el segundo pulso, el reb baja a do, creando la sugerencia de una armonía consonante. Pero inmediatamente regresa al reb y el do, que cae después al sib, resulta ser una nota no armónica por partida doble: bordadura del reb y nota de paso entre este reb y el sib. Queda entonces constituida la estructura del acorde de V7 sobre mib sin la 3ª sol, que recién aparecerá en el compás 5.



Durante estos primeros compases estamos casi constantemente oyendo la 2ª mayor reb-mib, siempre en forma armónica, al punto de convertirse en algo emblemático de la frase (y, como veremos, no únicamente de ésta).

En los compases 3 y 4, a la 3ª do-mib se agrega el lab, sugiriendo la presencia de la armonía de esta última nota, aunque  tanto la voz como el piano insisten en el intervalo de 4ª mib-sib, como parte del tetracordio que tiene a esas dos como notas extremas, lo que nos sigue refiriendo a Mib como el acorde predominante.  Como se dijo, esto se incrementa notablemente en los compases 5 y 6, en los que la voz, sin acompañamiento del piano, emite el arpegio completo de Mib7, con un ritmo del que hablaré después.

A continuación de ese arpegio de dominante se podría esperar una tónica. Pero no. Se produce aquí la gran novedad: aparece el fab, que se escucha a la par del mib. Nos encontramos, así, con el otro intervalo emblemático de la pieza, el semitono melódico mib-fab o, si se quiere al revés, fab-mib, porque es en su forma descendente, la más expresiva, que lo oímos con mayor frecuencia.

Aunque Musorgski sigue sin definir la tonalidad, su insistencia en la armonía de Mib7 (sugerida o presentada claramente) nos lleva a la presunción de que estamos en Lab mayor, lo que es verdad, y me inclino, entonces, a considerar desde ya a esa nota como la tónica.

En los cc. 7 y 8 alternan los acordes de iv y V, y en los dos siguientes encontramos una transposición a la 4ª superior, que nos adentra en el oscuro mundo de la subdominante. Esto, en coincidencia con el texto, que en ese momento habla del lobo que vendrá a llevarse a la muñeca si no se duerme.

Y así finaliza la parte inicial, que tiene la primera frase en el acorde de la dominante y la segunda en una alternación de iv y V.
 
La segunda A presenta varias diferencias con la primera:

 - La mano izquierda, en vez de tocar lo mismo que la derecha, inicia un prolongado ostinato con el arpegio de tónica y con dos particularidades: carece de la 3ª  (do) y utiliza mucho más la 5a (mib) que la fundamental (lab). La primera peculiaridad reitera, con otra armonía,  lo que hemos oído en los primeros compases, en los que  no escuchamos el sol, 3ª del preeminente acorde de Mib, lo cual elude una esencial sonoridad de la música tonal funcional y, la segunda,  destaca el papel de ese mib, que a lo largo de casi toda la canción se oye con función dominante. En el ostinato aparece la tónica, pero relativizada, tanto por el contexto (mano derecha y voz siguen destacando la dominante) como por la ausencia de la 3ª de su acorde.
 
-  El fragmento que tiene el fab se presenta desdibujado en comparación con el de la primer A.  Aunque tiene una sonoridad disonante (a mi juicio exquisita) y plantea el único momento cromático de la pieza, es más corto (sólo dos compases) y alterna el fab con el fa, lo cual, si bien participa del cromatismo, le permite no contrastar con el resto de la parte del mismo modo que en la primera. Esto se debe sin duda a la necesidad de concordancia con el texto, que en ese momento está describiendo las maravillas de la isla encantada.

- Finaliza, no con el material b), como la anterior, sino que regresa a a), con una mayor presencia de la tónica, debido a la ayuda del ostinato. Indudablemente, el final se está aproximando.

La coda, que es simplemente una cadencia (iv-V-iv-V-I), presenta los dos ambientes, pero el último establece una importante diferencia con lo que se ha oído antes. Comienza también con la 2ª mayor  reb-mib, baja luego al do, vuelve al reb y al do, y allí se queda. ¿Por qué? Porque para terminar, no le sirve el sib que estuvo empleando en el transcurso de la canción para resaltar la dominante. Necesita ahora la estabilidad de la tónica, estabilidad que, justamente, le proporciona el do. Hasta este momento, el do era nota no armónica y el reb, en cambio, formaba parte del acorde. Al cerrar la canción, por obra y gracia de ese lab-mib que Musorgski ubica en la mano izquierda del piano, las cosas se invierten: el reb pasa a ser no armónico y el do a integrar la armonía.

La alternación iv-V que encontramos en la coda es la misma que aparece en los cc. 7 y 8, pero ahora participando de la cadencia final.

También resulta interesante observar que los únicos momentos en que los acordes aparecen con absoluta claridad y/o sin interferencias es en los cc. 5 y 6 y en los dos últimos. En el primer caso la voz, sin acompañamiento, canta el arpegio de V7 y, en el segundo, canto y piano nos hacen escuchar el acorde de tónica. Se produce, entonces, una resolución V7-I a distancia, a mucha distancia.

 
La extensión de la voz es muy limitada (sólo una 8ª), lo que bien puede relacionarse con el carácter de canción de cuna que tiene la pieza, cantada, además, por una niña. (Se trata de la extensión más reducida de todo el ciclo.) En el mismo sentido (más allá de que sea habitual en la música popular rusa), podemos señalar lo reiterativo de la melodía. Las continuas (pequeñas) variaciones de la misma la ponen a salvo de la monotonía. Esto es, en mi opinión, una de las sutilezas de Musorgski: si bien una canción de cuna, por definición, debe tender a la monotonía, ésta, por lo menos en la música, tiene que ser evitada porque conduce al aburrimiento. Conseguir un equilibrio entre ambas cosas es uno de los desafíos de esta pequeña obra y el autor lo logra, a mi juicio, muy satisfactoriamente.

Las melodías rusas, en general, y las de este autor, en particular, tienen una marcada preferencia por el intervalo de 4ª, sea ésta vacía, en combinación con otro intervalo o como ámbito de un tetracordio.

Antes de analizar el uso que tiene en ‘Con la muñeca’ veamos un par de ejemplos de otras obras de Musorgski.

En primer lugar, los dos primeros compases de Promenade, con que se inicia Cuadros de una exposición.
 
 

Aquí encontramos numerosas  4as. vacías, pero siempre relacionadas con otros intervalos (2ª, 3ª, 5ª).

El segundo ejemplo es la melodía inicial de la ópera Boris Godunov.



 
En este caso, además de los elementos del ejemplo anterior, tenemos la presencia de 2as. que ‘rellenan’ estructuras melódicas de 3as. y 4as.

En ‘Con la muñeca’ predominan los ámbitos ‘rellenos’ de 4ª, los tetracordios como estructura de la melodía.

En los primeros compases, tanto en el canto[5] como en la voz inferior de las dos manos del piano, nos encontramos con el tetracordio mib-reb-do-sib.

En la voz superior de las dos manos tenemos otro (al principio incompleto): mib-fa-(sol)-lab. El sol que falta aparece en el c. 5, en el canto, como parte del arpegio de V7 de Mib. Como explicaré más adelante, no creo que el tratamiento que Musorgski le da a esta nota sea casual. Tampoco su insistencia en el mib, prácticamente un pedal superior en estos compases y la nota común de los dos tetracordios sobre los que están construidas las melodías. En el transcurso de toda la canción se escucha muchísimo más que la tónica. (Es, sólo a título de ejemplo, el primer y el último sonido que se ataca.)

La segunda frase comienza con el fab, la alteración ‘sísmica’, estratégicamente ubicada, en el canto, a la par del mib, mientras la mano izquierda nos hace oír ese mismo semitono en forma descendente. Y continúa el ámbito tetracórdico, ahora con la novedad del fab.



 
Toda la segunda A, por lo menos en la voz, continúa con melodías que tienen a la    como ámbito. (En los cc. 16 y 17, en el ámbito de 4ª se emplean, no cuatro, sino cinco notas.)

Hay que esperar al penúltimo compás, en el canto, para encontrar otra vez un preciso acorde triádico, esta vez en 2ª inversión, es decir, en posición de y 6ª. (Volveré a referirme al contraste que se produce entre lo melódico y lo armónico.)

Las canciones de cuna, naturalmente, buscan que el niño se duerma. En consecuencia, no deben tener ritmos que llamen la atención, que distraigan del objetivo. Todo el canto (con una sola excepción) tiene únicamente corcheas. El acompañamiento utiliza también semicorcheas. Y en la segunda A, parte en la que el ritmo se intensifica, hace uso permanente, en el piano, de los seisillos de esta figura. Pero en un ostinato que dura diez compases, lo cual mantiene la falta de variedad necesaria para que triunfe el sueño.

Sin embargo, pese a que la voz siempre está cantando corcheas, hay algunos momentos  en los que existen detenciones (silencios, calderones, a veces sobre las líneas divisorias) muy importantes, tanto desde el punto de vista dramático como formal.

La primera ocurre en los cc. 5 y 6, preparando la aparición del fab; la última, también inmediatamente antes de la reaparición más dramática de esta nota, y anunciando el final, a partir del c. 22. Entre ambos hay otra (se inicia en c. 11), separando las dos partes A, que tiene más peso formal que dramático, aunque no carece de éste. Además, las dos detenciones más relevantes están ubicadas en donde se encuentran, justamente, los arpegios triádicos.

Musorgski fue el compositor ruso nacionalista más consecuente, desde el momento en que ‘descubrió’ lo nacional. Decía que “Europa es necesaria, pero no hay que quedar atrapado en ella”. Y esta pequeña canción es un ejemplo de ello.

Desde el triunfo de lo tonal funcional, definitivo allá por el final del siglo XVII, la música de occidente pasó a ser, sobre todo, una música armónica y, en consecuencia, el acorde se constituyó en el elemento principal de la misma; el acorde, con la sustitución de la sonoridad de 5ª por la de 3ª, y también el crecimiento en la importancia de la tónica y la ‘dictadura’ de las escalas mayor y menor.

En la segunda mitad del siglo XIX, ese material sonoro empezó a dar muestras de agotamiento. Una de las fuentes de renovación que encontraron compositores de distintos países europeos fue la música popular (la folclórica) que, en la mayoría de los casos, había permanecido fiel a principios antiguos.

En ‘Con la muñeca’ tenemos sí una tonalidad mayor, pero el principal contraste no está dado por la modulación a otra tonalidad, como siempre ocurre, sino por un cambio modal en el 6º grado, manteniendo la misma tónica Lab. Si bien este procedimiento es habitual en Europa occidental (usar menor el acorde de 4º grado en el modo mayor), se trata de un recurso pasajero de color y no de un elemento estructural, como en este caso.

La 3ª de los acordes siempre está presente en la música tonal funcional, más aún la 3ª del acorde de V, que es la sensible, de una importancia capital en este lenguaje. Pues bien, el autor evita esa nota durante los primeros compases, pese a que la armonía parece indicar permanentemente que está en la dominante. Y otro tanto hace a partir del c. 13, cuando por primera vez nos hace oír claramente la tónica. Ese acorde, con una sonoridad ‘vieja’, carece de su 3ª. Y, en cambio, hay una presencia mayor de la dominante –en ese momento y en todo el transcurso de la pieza-. Musorgski no cumple tampoco con la norma tonal funcional de otorgarle a la tónica un papel protagónico.

El intervalo de 4ª y, por supuesto, el tetracordio, están fuertemente relacionados con lo melódico, mientras que la 5ª se asocia inevitablemente con el acorde. Dijimos antes que esta canción está construida, casi toda, sobre distintos tetracordios y que reserva sólo dos momentos de la voz a la presencia triádica, al punto de que esos distintos elementos plantean una oposición estructural en la pieza.

Los tratados de armonía nos dicen que no se debe efectuar el encadenamiento 5º - 4º, especialmente si los dos acordes son mayores. Pero incluso, en la mayoría de los casos, tienden a arrugar la nariz si la armonía de subdominante es menor. En esta canción, que es muy breve, el autor utiliza varias veces el V – iv.

En definitiva, Europa era necesaria, pero algunos no se dejaron atrapar.

A lo largo de su vida, Musorgski sufrió varias veces, importantes crisis emocionales. A tal grado que debió abandonar la carrera militar y obtener un empleo público.[6] Algunos de sus contemporáneos lo consideraban un idiota. En sus últimos años, además, se transformó en un alcohólico, como muestra este retrato. (Si me lo encontrara en una calle desierta, probablemente cruzaría a la acera de enfrente, para evitarme problemas.)



 
Las apariencias engañan.


[1] La ley de emancipación de los siervos tiene fecha de 1861, aunque su implementación no fue simultánea en los 20 millones de km2 del imperio; hasta 1917, año de su derrocamiento por la revolución bolchevique, el zar acumulaba en su persona todo el poder político, económico y religioso.
 
[2] León Tolstoi, en su novela La guerra y la paz, muestra el conflicto de las clases altas rusas durante la invasión napoleónica de comienzos del s. XIX, porque ¿era correcto que se siguieran comunicando en francés, como era su norma, cuando el ejército de ese país estaba a punto de conquistarlos? Un hombre (de clase privilegiada) podía dirigirse en ruso a otro hombre, mas no debía hacerlo si su interlocutora era una dama.
 
[3] Apodo cariñoso para una muñeca o  un peluche.
 
[4] Cuando le dije a un amigo que estaba analizando  esta canción para el blog, se rió: ‘Estás obsesionado con el semitono 6º - 5º’. Entonces tomé conciencia de que todas las canciones que había elegido –las dos de Schubert, la de Schumann y ésta, de distintas maneras- trabajaban ese intervalo. Más aún: también es fundamental en el Preludio No. 4 de Chopin, y en ‘El niño se duerme’ de las Escenas Infantiles de Schumann, anteriormente analizados. No sé si se trata de una obsesión. Lo cierto es que me resulta tremendamente expresivo. Y, en apariencia, también a los compositores.
 
[5] Tal vez como simple curiosidad: los intervalos de la primera frase de la voz aparecen en un orden de tamaño creciente. Comienza con notas repetidas y continúa con 2ª, 3ª, 4ª, tritono y 5ª.
 
[6] En la Rusia zarista éstas eran casi las únicas fuentes de trabajo no manual: la carrera de las armas o la administración pública.