Este blog es algo así como un gemelo de musicalculebrones.blogspot.com, el que ofrece materiales sobre historia de la música. Mi intención es alternar ambos.

lunes, 24 de agosto de 2015

BRAHMS: VALS OPUS 39, No. 15

Los contemporáneos de Johannes Brahms (1833-1897) lo consideraron sólo un continuador de la tradición de Beethoven y Schubert. Entonces, los conservadores admiraron sus creaciones, mientras que los partidarios de lo novedoso, en general poco las apreciaron,  alineados tras la autodenominada ‘música del futuro’ de Wagner y Liszt.

La siguiente generación, si bien siguió viéndolo como un compositor esencialmente clásico (del mismo modo que se lo ve hoy, pese a que vivió en el romanticismo tardío e incorporó muchos elementos del lenguaje de su tiempo) ya descubrió en él un aporte innovador. Y más adelante, Arnold Schoenberg, el creador del dodecafonismo, lo definió –creo que en forma deliberadamente polémica- como “Brahms, el progresista”, en una conferencia que después revisó y transformó en ensayo.[1]


Se podría afirmar que se trata de un compositor (y tal vez un ser humano), digamos, ambivalente, no sólo por ser un clásico durante el final del romanticismo. Su tendencia a la solemnidad,[2] apreciable en varias de sus obras sinfónicas, contrasta con la ternura de este vals y con el acentuado  lirismo de, por ejemplo, muchos de sus lieder, género en el cual se ubica como un dignísimo sucesor de Schumann. Más allá de la famosa acidez de su carácter, de su humor lapidario, tenía una auténtica pasión por los niños. Sin embargo, no tuvo hijos (ni se casó). Fue, tal vez, el primer compositor con una sólida formación intelectual general, dueño de una biblioteca muy grande para la época, estudioso de la música ‘culta’ anterior a su época (desde el Renacimiento) y, al mismo tiempo, admirador, tanto de la música popular como del género ligero de moda en esos años, los valses vieneses. O, por lo menos, de algunos de ellos. Dicen que le dijo a la viuda de Juan Strauss que lamentaba no haber sido él el autor de El Danubio azul.

El vals es una danza de origen popular, inicialmente de tempo lento, que se ‘ennobleció’  en Viena durante la segunda mitad del siglo XVIII. De allí se expandió exitosamente a muchos lados. En América Latina existen distintas versiones nacionales, con características propias.

 

Enlace a video

 
La forma de este vals es un ABA’BA’’, con un solo material temático. Está constituido por dos motivos, el segundo de ellos sólo para finalizar las frases y las semifrases. En el compás inicial del vals, el primer motivo comienza en el pulso inicial, en la parte métricamente más fuerte del compás, pero de ahí en más se oye siempre como una anacrusa que resuelve en el primer pulso del compás siguiente, si bien en los comienzos de A’ y A’’, el inicio de éstas es, al mismo tiempo, el final de B. (A’’ presenta algunas particularidades que veremos más adelante.)

 

Otra característica de este motivo (en A y A’) es que cuarta y quinta corcheas de todos los compases en los que aparece son notas repetidas.

El segundo motivo se presenta en dos versiones:

 

Está en ¾, aunque existe una cierta ambigüedad métrica entre los dos motivos. Melódicamente, el primero podría estar en 6/8, si no fuera por las ligaduras de fraseo, el acompañamiento de mano izquierda y las notas repetidas en cuarta y quinta corcheas, que tienden a que se sienta la última de ellas con más peso. El segundo, ubicado en los puntos cadenciales y en otros que, sin llegar a serlo, tienen un significado similar, elimina la tensión rítmica, situándonos inequívocamente en 3/4. Se resuelve, entonces, esa relativa tensión que provocaba la ambigüedad.

Pese a que A y B están construidos con el mismo material temático presentan diferencias muy apreciables.

La primera es la referida a la armonía. A carece casi totalmente de dominantes. Establece la tónica principal de Lab mayor rodeándola de acordes de subdominante y de 6º grado. La única dominante aparece en el 7º compás, cuando abandona transitoriamente esa tonalidad para trasladarse a do menor (más adelante me referiré a la relación, en el siglo XIX, de las tonalidades a distancia de 3ª). Esta sección está, entonces, construida con acordes tonalmente ‘débiles’, sin la contundencia del 5º  grado. En cambio, Brahms construyó B con varias V7 secundarias, en claro contraste con lo anterior. (Además, las fundamentales de los acordes que utiliza aquí pertenecen a la secuencia más fuerte de grados de la tonalidad principal: 5º, 1º, 4º, 2º, 5º, 1º; este último ya en el regreso a A.)

A es armónicamente menos tenso que B. Con la excepción del V7 del 7º compás (y de los equivalentes de las otras secciones A), los únicos acordes disonantes (los cuales, incluso, pueden no ser considerados propiamente acordes) son de 7ª menor (cc. 3, 5 y 6), no tienen tritonos, lo que  los hace más ‘suaves’ que los que siguen.

La melodía de ambas secciones emplea distintos intervalos en su relación con la armonía y la tonalidad. En A hay dos tónicas: Lab (mayor) y do (menor). Casi todos los acordes de primer grado tienen la 3ª en la melodía (do en el caso de Lab y mib en el de do), que es un grado que no define la tonalidad, sino el modo. El efecto, por lo tanto, es de cierta debilidad tonal. En B, en cambio, prácticamente todos los acordes tienen en la voz superior la fundamental o la 5ª.

También melódicamente comprobamos que B es más ‘impetuosa’ que A. Mientras ésta se mantiene siempre alrededor de las 3as. de las tónicas, B asciende con más fuerza, aunque finalmente ‘se resigna’ a caer en el do inicial (con una particularidad, en A’’, que veremos casi enseguida).

Asimismo, la división en compases es distinta en A y en B.

Finalmente, otra diferencia es que A resulta mucho más liviana que B, en razón del arpegiado y el staccato del acompañamiento.

En resumen, Brahms no necesitó utilizar distintos materiales temáticos para diferenciar las dos unidades formales que alternan en la pieza.

En A’’ -va a terminar la pieza- la melodía sube una 8ª e intensifica su ritmo. ¿Es aquí la utilización de la división ternaria del pulso un guiño a la ambigüedad inicial entre 6/8 y 3/4?

En toda la obra prácticamente no hay ningún momento en que se escuche la melodía sola. Siempre la ‘refuerza’ un intervalo (predominantemente la 6ª) o también un acorde, tanto de 3 como de 4 sonidos. Este procedimiento es muy frecuente en Brahms.

Hasta el siglo XVIII inclusive los compositores se limitaron, casi sin excepción, a relacionar tonalidades que se encuentran a distancia de 5ª y de 4ª. (Este último intervalo es también una 5ª, en la otra dirección.) La única excepción es el uso frecuentísimo de las tonalidades relativas, pero no aparecen tonalidades a distancia de otras 3as. Debemos esperar al siglo XIX para encontrar a los autores experimentando con este intervalo en las relaciones tonales. Este vals es un pequeño ejemplo. Aunque podríamos decir que nunca se va realmente de Lab, la primera frase finaliza con una cadencia en la relativa menor de la dominante.

Dije antes que Brahms era un músico y probablemente un ser humano ambivalente. ¿Será consecuencia de ello la transformación que se produce en su físico con el transcurso de los años?
 

 



[1] Creo conveniente señalar dos aspectos del interés de Schoenberg por Brahms. El primero se refiere a la forma. Schoenberg, que fue innovador en la organización de la altura de los sonidos, consideraba que las formas clásicas  seguían teniendo vigencia aunque el lenguaje hubiera cambiado. Y Brahms se había mantenido firmemente apegado a ellas. El segundo tiene que ver con la afición de ambos por cierto tipo de construcción musical: las obras de Brahms son fuertemente motívicas y Schoenberg reincorpora una serie de procedimientos estructurales que habían caído casi completamente en desuso desde J. S. Bach.

[2] Hay una interesante (divertida) polémica entre los franceses antigermánicos y los alemanes francófobos. Los primeros sostienen que el ‘estilo’ alemán no es profundo sino pesado; y los otros dicen que el francés no es liviano sino frívolo.

miércoles, 22 de julio de 2015

MOZART, PEQUEÑA MÚSICA NOCTURNA, ANÁLISIS DEL PRIMER MOVIMIENTO

Esta obra es una de las más populares de Mozart, a quien su padre llamó, según el acta de bautismo, Johannes Chrisostomus Wolfgangus Theofilus. (Teófilo tiene el mismo significado que el Amadeo por el que se le conoce.) Nació en 1756 y murió en 1791. La Pequeña Música Nocturna es una de las trece serenatas que compuso para distintos grupos de instrumentos: cuerdas, vientos, orquesta completa...

Pese a que la sobreexposición la ha “gastado”,  la considero un extraordinario ejemplo de uno de los mejores Mozart. Sin duda no el dramático, el de por ejemplo, el Requiem o los conciertos para piano en do y re menor, pero sí el que consigue la hondura en la simplicidad, el que logra esa asombrosa alegría de vivir. Al menos es lo que yo siento al escucharla: excelente remedio contra la depresión.

En una parte de la producción de este autor parece escucharse el gusto superficial de los nobles que le pagaban más que el del propio compositor. Y es que los músicos eran sirvientes que producían lo que les encargaban.[1] Creo que en Mozart se da con relativa frecuencia esta tensión entre su genio y la chatura del medio en el que vivía. Pero eso no ocurre con la Pequeña Música Nocturna, que es una obra de madurez, escrita cuatro años antes de morir, mientras componía su gran ópera Don Giovanni y cuando intentaba (sin éxito) ser un compositor independiente. A mi juicio, hace aquí “judo” con la frivolidad cortesana, alcanza altos niveles de profundidad disfrazándolos de ligereza.

Tengo, además, otras razones para incluirla en el blog. En los últimos meses he estado analizando sonatas tempranas de Haydn, haciendo hincapié en el proceso de construcción de la sonata clásica, proveniente de la binaria anterior. La Pequeña música… es ya una forma sonata madura. Y se puede destacar, también, el hecho de que esta pieza sea una serenata, mucho más liviana que la sonata. Esta (la sonata) es, sin duda, la que mejor representa el nuevo concepto formal del clasicismo, que plantea la relación conflictiva de sentimientos al interior del mismo movimiento de una obra. Y es seguramente por esa razón que la encontramos en muy distintos géneros durante este período.
 

 
 
(En las entregas del blog de los meses de abril y mayo incluí una muy sucinta descripción de la forma de la sonata clásica que, de ser necesario, puede ser consultada.)

 
 Gráfico general de forma:

   Exposición                               Desarrollo                                  Recapitulación

          55                       +                   20                      +                         62

 
Exposición:


 
Desarrollo:

 

Recapitulación:

 
 
 
En algunos casos, las divisiones menores son discutibles. Un ejemplo de esto ocurre en el segundo grupo de la exposición en donde el primer tema continúa, en segundo plano, mientras comienza a escucharse, con sólo una nota repetida (c. 32), lo que considero el tema más expresivo del movimiento.

Esta serenata tiene ya todos los ingredientes de la forma sonata clásica: una exposición con dos grupos de temas, tres en el primero y dos en el segundo. Entre los dos grupos hay una clara diferenciación tonal que comienza a producirse en la transición entre ambos. Y al final encontramos lo que denominan tema conclusivo, con función cadencial.

A la exposición sigue un desarrollo con dos partes bien diferenciadas: primero, una intensificación del conflicto planteado en aquélla y, finalmente, lo que llaman retransición, que prepara el “regreso”, la recapitulación.

En ésta se escuchan los dos grupos que oímos en la exposición, pero con una diferencia fundamental. Desde el punto de vista temático, la forma sonata es simétrica, pero no desde el ángulo tonal (o, si se quiere, tiene una diferente forma de simetría): lo que al principio era tensión entre los dos grupos,  es ahora una reconciliación. La tensión se resuelve: todos los temas están en la tonalidad principal. Además, para compensar la energía liberada hasta el momento, el tema conclusivo tiene tres compases más (aunque dos menos la transición) y se agrega una coda de seis compases.

Hace unos cuantos años, analizando en mis clases esta obra, uno de los estudiantes se quejó de la pobreza armónica del comienzo del primer grupo, en el que sólo están presentes, durante diez compases, los acordes de tónica y dominante. Se adelantó así a mi explicación, en desacuerdo con ese parecer.

El papel de la armonía en muchas ocasiones está sobrevaluado. Para algunos, conociendo los acordes de una pieza ya sabemos casi todo sobre ella, lo demás es secundario. Y esto no es así.

En esos primeros diez compases, en los que sólo escuchamos dos acordes, hay una gran variedad de otros elementos que mantienen nuestro interés.

La pieza comienza con un acorde de tónica, pero durante el resto de los primeros cuatro compases se limita a una textura de unísonos (8as.). A partir del quinto compás regresa la textura armónica. Y esta diferencia textural atrae nuestra atención.

También desde ese quinto compás se producen importantes cambios rítmicos. El movimiento está escrito en 4/4, aunque en muchos pasajes parece un 2/2. Pero el componente rítmico más llamativo está también a partir de ese compás. En los primeros cuatro cc. hay una total concordancia entre ritmo y métrica, los puntos de apoyo están, en todos los casos, en primer y tercer pulso de cada compás. Eso cambia en el quinto: durante cuatro compases, el apoyo se produce en el segundo pulso, generando un efecto sincopado que contrasta abiertamente con lo anterior.

Desde ese mismo lugar comienza asimismo un pedal armónico, a cuyo empleo en este movimiento me referiré más adelante.

La melodía cambia sustancialmente en el segundo tema de este primer grupo. En el tema inicial sólo se emplean las notas de arpegios; en el segundo predominan, en cambio, los desplazamientos por grados conjuntos. Pero lo más destacable, desde el c. 6, es el uso de apoyaturas, que desempeñarán un papel muy importante a lo largo de todo el movimiento (y que, claro, tienen una función no sólo melódica).

En el momento cadencial de este tema (cc. 9 y 10) desaparecen la síncopa y el pedal  y, melódicamente, todo parece resolverse en una prolongada armonía de tónica. Sin embargo, Mozart desplaza el interés al aspecto armónico, aunque sigue utilizando sólo dos acordes: todas las notas pertenecientes a la armonía de 1er. grado que se encuentran en los grupos de semicorcheas son no armónicas, la mitad de ellas otra vez apoyaturas. Esos dos compases alternan, uno por pulso, los acordes de I y V.  

Y aquí finaliza la parquedad armónica, que más que un signo de pobreza parece ser un gesto deliberado para resaltar lo que viene a continuación, la aparición de varios otros acordes de Sol mayor. (En ningún momento del primer grupo se encuentran sonidos de otra tonalidad.)

Después de un silencio general (lo mismo había ocurrido en el pasaje del primer al segundo tema) y de un cambio de f a p, ambos claros llamados de atención, se inicia el tercer tema.

Aquí hay un nuevo cambio de textura. En el primer tema, todas las voces suenan al unísono (8as.); el segundo es una melodía acompañada; en el tercero hay, al menos en el comienzo, una especie de oposición entre los dos violines y el resto de los instrumentos. Además, encontramos en él un atisbo (sólo un atisbo) de contrapunto.

Y continúan las apoyaturas, ahora utilizando semicorcheas (que han sido preparadas por los grupos de cuatro de los cc. 9 y 10).

En el c. 18 se inicia la transición. Comienza ratificando la tonalidad de Sol mayor (melódica y armónicamente e, incluso, recurriendo a un pedal) pero después introduce el do#, sensible de la tonalidad de la dominante. Establece esa tonalidad y finaliza con una semicadencia.

En este segmento, al igual que en otros momentos de cambio (tema conclusivo, retransición), Mozart utiliza el mismo recurso melódico: las escalas ascendentes. Es uno de los muchos medios recurrentes que emplea para contribuir a hacer compacto, a darle solidez formal al movimiento. Se podrían mencionar, entre otros, el unísono, el pedal armónico (del que parecen derivarse las notas repetidas, sobre todo en el tema ‘principal’ del segundo grupo), la apoyatura (que tiene un rol fundamental), breves e incompletas secuencias, 3as. y 6as. paralelas…

A continuación comienza el segundo grupo (después, nuevamente, de un silencio general). En el primer compás parece confirmarse (melódicamente) la modulación a la dominante, aunque en los siguientes compases distrae con varias tonizaciones que llevan finalmente a una fuerte cadencia auténtica al 5º grado (cc. 34 y 35).

Los dos temas de este grupo están fuertemente enlazados. En primer término, el segundo comienza a surgir al mismo tiempo que el primero se va retirando. En segundo término…, pero antes creo conveniente señalar otra cosa.

El tema 2, a mi juicio el central del movimiento, por lo menos para mí el más expresivo, comienza con una larga repetición del la, dominante de Re mayor e, inmediatamente, se precipita en una fuerte cadencia auténtica en esa tonalidad. Se diría que empieza terminando.

Enseguida arranca nuevamente y, durante cuatro compases, queda melódicamente (pero no armónicamente) suspendido en el 5º grado de Re, aunque hay más que eso. La línea melódica, muy simple, se apoya en tres grados de la tonalidad: 5º, 1º y 6º. Este último tendrá un papel relevante en el movimiento de aquí en más, tanto en esta como en otras tonalidades. En la presente ocasión, su relevancia está íntimamente relacionada con la apoyatura. Los otros dos grados, dominante y tónica, tienen la relación más potente en la música tonal y, en este caso, ese vínculo ha sido claramente avisado en los cuatro primeros compases de la obra.

 

Y entonces vamos al segundo término, postergado unos párrafos antes. La segunda semifrase está construida, en su comienzo, con el mismo material que el inicio del primer tema de este grupo (desplazado ahora del primer al tercer pulso, con el consiguiente efecto sobre la métrica) y se destacan otra vez el si y el la. Finaliza (la semifrase) con un material cadencial en la que siguen sobresaliendo esas notas y, por último, también el re, que en este momento es la tónica.                

 
 
Otra posible interpretación de este 2º grupo podría ser así: consta de dos temas –a) y b)-, ambos presentes en las dos frases que lo componen. El segmento a) inicia la primera frase y, en cambio, sigue a b) en la segunda; b) finaliza la primera y empieza la segunda. El grupo termina con un material cadencial diferente de a) y b).

El tema conclusivo tiene una particularidad que merece ser señalada: inmediatamente antes de la cadencia, en el c. 53, la escala ascendente finaliza en la nota si en todos los instrumentos, fiel a la importancia que el autor ha asignado a este sonido y preparatorio del rol que desempeñará ese grado en lo que vendrá (aunque aquí ya no es propiamente el 6º).

El desarrollo está construido con el material del primer tema del primer grupo y con el del segundo tema del segundo grupo.

En los dos primeros compases prolonga la dominante e inmediatamente después comienza a modular. Tercer y cuarto compases son un arpegio de si, una de las notas ‘elegidas’, aunque no es el 6º grado de Re. Se trata de un arpegio de V7 en el que justamente el re está #. ¿Irá para mi menor, relativa de la tónica principal? El movimiento armónico parece ser V-VI de esa tonalidad (otra vez el 6º grado), pero sí y no. El Do funge como tónica durante varios compases, alternando con su dominante. Pero esa dominante se transforma: el sol se hace sol# y sigue un encadenamiento por 5as que presagia la llegada a la tónica principal. Pero nuevamente no es así. Cuando estamos esperando la 5ª Re-Sol, va otra vez al 6º grado, ahora en el modo menor: Re-Mib. De esa manera introduce este nuevo elemento de interés, el cambio de modo (apenas insinuado en el tema conclusivo de la exposición –c. 53-, cuando llega a un si que podríamos considerar menor en su versión melódica).

El desarrollo se encuentra en el área de subdominante, la exposición va del área de tónica a la de dominante y la recapitulación regresa a la tónica. Muy equilibrado.

En la retransición, además del ascenso cromático a la nota re, me interesa el final que, como corresponde, prepara el regreso a Sol mayor, y de una manera que parece que la música no tiene otra que recapitular: en los primeros violines y en los instrumentos más graves se oye el re dominante y en aquéllos también la sensible fa#, mientras los segundos violines tocan una escala descendente, apenas disimulada, que va del re al sol, acompañada por 3as. paralelas en las violas.

Llega así a la reiteración del comienzo. La recapitulación es prácticamente igual a la exposición, salvo, claro, en que el segundo grupo está también en la tónica.

La coda, intensa confirmación de la tónica Sol,  también contribuye a la simetría: al igual que el primer tema de la exposición, su melodía emplea solamente notas de arpegio construidas, en este caso, sobre un pedal de 1er. grado.




[1] Una vez le preguntaron a Haydn porqué no había compuesto quintetos de cuerdas y contestó que porque nunca se lo habían pedido. También existe la sospecha de que, en sus sinfonías, dejó de experimentar  con la estética dramática del Sturm und Drang porque no le gustaba a su patrón, el príncipe Nicolás.

lunes, 22 de junio de 2015

HAYDN: ANÁLISIS DEL PRIMER MOVIMIENTO DE LA SONATA “HOBOKEN” No. 8

En este análisis voy a insistir con las sonatas tempranas de Haydn. Me interesa hacerlo porque en la estructura de este movimiento, aunque es bastante similar a la del mes pasado, aparecen algunos elementos que la hacen avanzar hacia la forma madura. Además, considero que vale la pena analizar ciertos aspectos rítmicos que me parecen muy interesantes. Y, por último, quiero aprovechar para compartir algunos aspectos de la personalidad y la vida de Haydn que, tal vez, son poco conocidos, así como algunos comentarios sobre la composición y los compositores en esa época.

Empiezo por el final o, al menos, por una parte de éste. Decía Haydn al regresar de su primer viaje a Londres en 1791, viaje que lo hizo muy rico y en el que la prensa inglesa lo comparó nada menos que con Shakespeare: “Mi llegada causó sensación en toda la ciudad. Todos querían conocerme. Si hubiera querido, podría haber cenado todos los días fuera, pero primero estaba mi trabajo y segundo, mi salud.”

Durante ese lapso escribió “religiosamente” un diario personal en el que se pueden leer, además de sus actividades cotidianas, algunas críticas (“Fui al concierto de fulano. Tocó como un cerdo.”) y ciertos datos más bien curiosos, que pueden darnos información sobre su personalidad. Por ejemplo: “La ciudad de Londres consume ocho veces cien mil carretadas de carbón. Cada carretada son trece sacos, cada saco contiene dos ‘medidas secas’. La mayoría del carbón proviene de Newcastle. Casi doscientos barcos de carga llegan simultáneamente. Una carretada cuesta 2 y ½ libras.” En lo que me es personal no encuentro relación entre, por un lado su música y, por otro, esta minuciosa descripción o las razones que invoca para explicar su negativa a aceptar invitaciones a comer, lo que me deja reflexionando acerca de lo compleja y a veces contradictoria que puede ser el alma humana.

Enlace al video

 
 
 
 
 
 
 
 
En cuanto al número de compases, la primera parte es bastante más  regular que el movimiento analizado el  mes anterior. Tiene dos temas. En el primero domina el 4.  En el segundo, en cambio, la división ronda el 3. En algún caso, dejan de ser completamente regulares sólo por una corchea.

La frase inicial, que es el primer tema (c. 1 a primera mitad del 8), está formada por dos semifrases muy diferentes, pero de igual extensión. La  semifrase del comienzo comienza con un enfático arpegio de la tónica Sol al que, a continuación, acompañan dos tresillos de semicorcheas[1] que tendrían varias funciones simultáneas: una de ellas, la propuesta en la llamada 1 y, además, dotan de algún ropaje la absoluta desnudez de la melodía acórdica, lo que, al mismo tiempo, opera como transición al tipo de melodía de la semifrase que viene enseguida. Armónicamente, los tresillos son una clara sugerencia de subdominante en un segmento dominado por la tónica. Por último, en una interpretación puramente mecánica, podríamos decir que se trata sólo de las bordaduras inferior y superior de dos notas del arpegio de primer grado. El insistente sol-si de la mano izquierda indica que Haydn tiene la voluntad de mantenerse en la quietud de la tónica.

La segunda semifrase se diferencia de la primera en el aspecto melódico (predominan los grados conjuntos) y en el armónico (aparecen acordes de las tres funciones). Me referiré más adelante a cuestiones rítmicas. Además, finaliza en Re mayor, tonalidad en que se encontrará lo que sigue, el segundo tema.

Este segundo tema muestra en sus dos primeros segmentos de frase (cc. 8 a 11 y 11 a 14) los mismos elementos melódicos que el primero: desplazamiento por arpegio (ahora en mano izquierda, con una nota repetida que forma parte del arpegio, en la derecha) seguido de movimiento por escala. El segmento con que termina la primera parte, de carácter cadencial, tiene un ritmo armónico más rápido que una buena porción de lo que hemos escuchado; oímos ahora un acorde por pulso.[2] Es un germen del tema conclusivo del final de la primera parte en la sonata clásica madura.

Estamos, entonces, ante los dos temas de la exposición de la forma sonata, el primero en la tónica y el segundo en la dominante. El comienzo de los dos temas también contrasta. En el inicial encontramos un largo arpegio quebrado y descendente de tónica, con una total coincidencia entre ritmo y métrica; en el otro, en cambio, lo que más se escucha es una nota repetida y sincopada en el registro agudo (el arpegio de mano izquierda, ahora ascendente, se oye poco, escondido debajo del insistente la agudo de la derecha).

Como ya se señaló, las estructuras de frase difieren: el primer tema está construido en unidades de cuatro compases, mientras que en el segundo predomina el tres.

Habría que agregar, como elemento de diferenciación, las interrupciones de la melodía de la primera semifrase, enfrentadas a la ‘cascada’ de los cc. 10-11 y 13, una vez superada la retención (que genera impulso) de las semicorcheas sincopadas.

También merecen mencionarse las características  del ritmo armónico. Los dos temas se inician con arpegios que duran varios compases, después de los cuales la armonía se ‘libera’, adquiriendo mayor agilidad. Estos comienzos producen una acumulación de energía que se ‘suelta’ en la parte final de ambos temas.

Es interesante lo que ocurre en el ritmo de esta primera parte.

Empieza con un arpegio de Sol. Cada una de las notas de este arpegio se apoya en los comienzos de los pulsos con figuras de mayor duración. Pero inmediatamente comienzan a producirse ‘extraños’ acontecimientos rítmico-métricos. La mano izquierda, sin renunciar a la solidez de la tónica, traslada su punto de apoyo al segundo pulso. Y la derecha confirma el Sol mayor ahora en la segunda corchea del primer pulso. Es decir, que en los primeros cuatro compases hay tres puntos rítmico-métricos de apoyo que compiten entre sí.

La segunda semifrase es más ‘normal’, aunque presenta todavía alguna ‘anormalidad’.

El segundo tema es rítmicamente aún más ‘radical’. Empieza con  una síncopa de semicorcheas en la que, en la mano derecha, no hay ningún sustento métrico (cc. 8 y 9). Esta ‘audacia’ está compensada por el ‘juicioso’ arpegio de mano izquierda. Lo que ocurre es que la diferencia de registro entre ambas manos hace que el arpegio pase más bien inadvertido. Y la quasi escala descendente que le sigue se apoya rítmica y armónicamente en segunda y cuarta corcheas del compás, puntos métricamente débiles. Vuelve después a aparecer la síncopa de semicorcheas y a continuación la métrica se normaliza con vistas a la cadencia final de la primera parte.  En síntesis, después de compás y medio de absoluta concordancia entre ritmo y métrica, Haydn nos hace oír algunos hechos rítmicos que le otorgan, en ese aspecto, un indudable atractivo a esta primera parte.

El comienzo de la segunda (el desarrollo en la  forma sonata) prolonga la dominante y usa técnicas de transformación temática que serán habituales en esa forma que se está construyendo, técnicas tales como fragmentación, deformación y, también, secuencias ‘modulantes’.

El saltillo con que empieza la pieza aparece varias veces, en todos los casos con un intervalo distinto al que se escuchó en el comienzo, pero siempre como anacrusa.
 

La síncopa de semicorcheas está reducida en su extension y es un arpegio quebrado y no una nota repetida como en la primera parte.

 
Encontramos el tresillo de semicorcheas de dos maneras distintas:

- Solo y repetido, en los compases 18 y 19, tresillo que resuelve en una corchea después de haberse escuchado varias veces;


- Resuelto inmediatamente, pero en una diferente ubicación métrica: en la primera parte

lo encontrábamos con la resolución en parte débil del pulso; ahora en la parte fuerte.

 
- Hay una secuencia de dos eslabones a partir de la anacrusa al c. 20, que es la inversión (inexacta) de la escala descendente de los últimos compases de la primera parte.

 
 
El segundo eslabón toniza la subdominante y, a continuación, Haydn toniza también la dominante para llegar a la recapitulación, que se encuentra de nuevo en la tónica.

Los cc. 25 y 26 son casi iguales a 6 y 7 (y 33 y 34). La diferencia está en que en el primer caso no es una simple tonización. Establece ahí la tonalidad de la dominante, mientras que en el segundo se trata del regreso al Sol mayor. Tenemos, entonces, en ese lugar, una gran cadencia auténtica IV – V – I. En cuanto al tercer caso es asimismo una tonización, porque ahora debe quedarse en el primer grado. Resulta interesante observar que tanto la llegada al Re  mayor como el definitivo regreso a la tónica Sol se hace con las mismas notas.

La recapitulación, con el segundo tema ahora también en Sol  mayor, repite los últimos compases, recurso primario que compensa la (poca) energía adicional que han generado la primera parte y el comienzo de la segunda.

Aunque a lo largo de todo el movimiento aparecen nuevos elementos de lo que será la sonata clásica,  estamos sólo a las puertas de una nueva estructura formal. Todavía está muy presente la forma binaria.

Tal como se dijo en el análisis del mes pasado, en este momento histórico se está empezando a producir un importante cambio en la organización de la sociedad y también al interior de la música. Del mismo modo, comienza a modificarse la relación entre  los músicos y quienes los contratan.

El ascenso de la burguesía, próximo sustituto de la nobleza como clase dominante, provoca importantes cambios. Aparece, por ejemplo, el concierto público y, entonces, se puede escuchar música si se tiene dinero para pagar la entrada. Ya no es imprescindible poseer un título nobiliario o ser invitado a una residencia aristocrática para poder oírla. Y esto ocurre antes en aquellos países donde la clase emergente es más poderosa. Es el caso de Inglaterra.

No se había consolidado todavía, por lo menos en este arte, el concepto de artista. La mayoría de las obras eran ocasionales y muchas de ellas se escuchaban sólo una vez. No es de extrañar, entonces, que la mayoría de los compositores aceptaran su condición de simples artesanos.[3]  En esa época, en la región germánica, había entre cuatrocientos y quinientos compositores que escribían aceptablemente lo que le solicitaran. Y ese número deja de ser impresionantemente grande cuando consideramos que Alemania estaba dividida en cientos de Estados pequeños, cada uno de ellos con una corte en la que había músicos contratados.

Salvo la que se tocaba en las iglesias y poco más, la música que se escuchaba era la que se componía en ese momento. En la segunda mitad del siglo XVIII, la de Bach o Haendel se consideraba antigua, pese a que había sido escrita apenas unas pocas décadas antes, y era conocida (parcialmente) sólo por los músicos; el público no tenía oportunidad de escucharla.

Y Haydn está justo en la frontera entre dos formas de concebir este arte. Para hacerse una idea de los cambios que se producen en el estilo, puede ser suficiente escuchar algunas de sus primeras sonatas para piano y su oratorio “La creación”, escrito en las postrimerías del siglo XVIII.



[1] Me llama la atención la abundante presencia de estos tresillos en la gran mayoría de las sonatas tempranas de Haydn, que revelan su intención, a mi juicio muy evidente en este caso,  de romper (tímidamente) la división binaria normal.
 
[2] Es absolutamente habitual que exista un cambio de ritmo armónico en el momento de las cadencias.
 
[3] Incluso Bach se consideraba un artesano al servicio de Dios.

viernes, 22 de mayo de 2015

ANÁLISIS DEL 3er MOVIMIENTO DE LA SONATA HOBOKEN No. 7 DE HAYDN

En la entrega del mes pasado, antes de analizar el 1er. movimiento de esta sonata, incluí en el texto algunas informaciones y reflexiones sobre el autor y, también, una muy sucinta explicación sobre esta forma en el período clásico. Como creo que  puede resultar útil, en su momento la reiteraré.

Pero previamente quiero hacer otra reflexión, porque considero que el juicio actual sobre Haydn no siempre le hace justicia. Hay, por supuesto, muchos músicos y una parte del público aficionado que tienen la mejor opinión de él. Sin embargo, en general, cuando se le compara con Mozart y Beethoven, sale perdiendo. Tal vez esté bien que así sea, pero el asunto merece ser analizado atendiendo a algunos factores que, a veces, no se toman en consideración.

Haydn tuvo la desventaja de ser el mayor. Cuando empezó a componer, el lenguaje del barroco había muerto o estaba moribundo, y era necesario crear uno nuevo. Y eso fue lo que contribuyó a hacer.[1] En algunas de sus obras (aunque lo disimulen su frescura y espontaneidad -¿aparente?-) hay más búsqueda que resultado.  

En ese sentido, Beethoven lo tuvo más fácil. Hay quienes afirman –con autoridad- que éste se dedicó a aplicar genialmente lo que Haydn (y Mozart) había(n) descubierto. El lenguaje clásico ya estaba maduro en las últimas décadas del siglo XVIII.

Después del clasicismo vino el período romántico, del cual somos hijos. De ahí heredamos nuestro gusto por lo trágico y nuestro relativo poco aprecio por la alegría en el arte. ¿Será ese el motivo por el que algunos prefieren a Mozart cuando se parece a Beethoven más que cuando se parece a sí mismo? No sé, pero me resulta bastante sospechoso que compositores como Domenico Scarlatti y Haydn sean menos estimados que otros que, en mi opinión, no son dignos de tanto merecimiento (y, por favor, no estoy pensando en Mozart y Beethoven).

La que sigue es la explicación (minimísima) sobre la forma de la sonata clásica que incluí en la anterior entrega:

Es tripartita y está constituida por exposición, desarrollo y recapitulación. La exposición consta, casi siempre, de dos grupos de temas (en un principio se trataba simplemente de dos temas). El primer grupo está en la tonalidad principal de la obra; el segundo, en otra, muy frecuentemente la dominante. Y aquí se produce el conflicto entre ambas: lo que invariablemente hay en esta exposición es una oposición tonal, reforzada, casi siempre, por contrastes temáticos y rítmicos. El desarrollo es la intensificación del conflicto y al final de éste se encuentra lo que llaman retransición que, aunque prolonga la tensión anterior, crea la expectativa de la resolución tonal. Esta llega con la recapitulación: reaparece el material de la exposición, pero ahora todo en la tonalidad principal. Ha habido reconciliación.

El 3er. movimiento comienza a los 3:34.


Partitura del 3er. movimiento.




Como puede apreciarse en el gráfico, este movimiento es mucho más regular en cuanto al número de compases que el visto en la entrega del mes pasado. La mayoría son divisiones en 6. Y con respecto a las fracciones menores se trata, en muchos casos, de aproximaciones al 3. (El 4 y el 8, más adelante casi obligatorios, aquí no aparecen.)

No obstante, Haydn recurre a varios procedimientos mediante los cuales relativiza esa regularidad. Veamos  algunos:

En el gráfico se establece que el segundo nivel de división en la primera parte es 6 + 6… Esto es sólo parcialmente cierto. Si bien los primeros compases de la segunda frase (que comienza en el c. 7) son iguales a los del inicio del movimiento, esa frase empieza antes. El tresillo de semicorcheas con que finaliza el sexto compás pertenece, sin duda, a la segunda, es una anacrusa al do. La primera frase termina en la negra mi.


Y en el final de esa segunda frase encontramos otra manera de quitarle presencia a la regularidad: la frase no termina en el compás 12, sino en el 13, cuando ya ha comenzado la tercera. Este traslape funciona, también, como un eficaz ‘irregularizador’, más aún en este caso, en el que al mismo tiempo que termina la melodía de mano derecha, se inicia, en la izquierda, una inesperada escala quebrada ascendente en impetuosas 8as. melódicas.



Las cadencias finales, tanto de la primera como de la segunda parte, agregan un compás justamente porque en esos lugares ya no hay traslape.

Existe una evidente voluntad de simetría y, al mismo tiempo, la intención de evitar la excesiva regularización, tanto en las frases como en las semifrases (esto último se refleja en el gráfico). Auditivamente, es similar a ver una foto un poco ‘movida’, lo que aquí resulta positivo, porque incorpora un cierto grado de imprevisibilidad.

Aunque no estamos todavía ante una forma sonata, sino en una binaria redondeada, su estructura se aproxima más a aquélla que la del primer movimiento, analizado el mes anterior.

¿Hay dos temas? Sin duda uno. El presunto segundo tema (a partir del c. 13) se parece más a un cierre cadencial que a otra cosa. Hablemos mejor de dos pares de frases. La segunda es una variación de la primera porque necesita modular. Tercera y cuarta son prácticamente iguales.

La armonía del primer par de frases es muy simple. En las semifrases iniciales, se escucha I, V, I, lo cual está claramente implícito en la melodía. La segunda semifrase de la frase del comienzo también incluye sólo esas dos funciones en Do mayor, mientras que la última (cc. 9 a 12), agrega el acorde de Re mayor, dominante de Sol, la tonalidad que ahora se establecerá. También aquí la melodía concuerda claramente con la armonía.

Las dos semifrases contrastan entre sí en los aspectos rítmico y melódico.

Las seis semicorcheas por compás se encuentran en casi todo el movimiento, pero con distintas funciones según estén en la mano izquierda o en la derecha. En el primer caso aparecen, por lo menos en lo que respecta al primer par de frases, como arpegios de los acordes de tónica y dominante, simples bajos de Alberti. Cuando se encuentran en la derecha, en cambio, cumplen una función melódica, alternada con una nota repetida que es siempre  la dominante sol.

Melodía interna desde anacrusa al c. 4:


Melodía interna desde anacrusa al c. 10:


Melodía interna desde anacrusa al c. 28:


La melodía interna de la siguiente frase es, en modo menor, igual a la que la antecede.

El mayor contraste se produce entre los dos pares de frases. El inicial se halla casi totalmente en Do mayor, el otro, en Sol mayor. Primer contraste. En casi todo el segundo (salvo el momento cadencial) se escucha una sola voz; dos en el primero. Y es muy evidente el cambio de tesitura, que se desplaza, del registro medio con que comienza el movimiento, a grave y agudo (aunque ambas manos finalizan en la tesitura inicial). Más contrastes. Se puede decir, entonces, que aunque no sea posible afirmar la existencia de dos verdaderos temas, sí la de dos ‘momentos’ contrastantes.

Las seis semicorcheas desempeñan un papel diferente en las frases 3 y 4. La escala en 8as. con que empiezan es armónicamente ambigua. Aunque se podría considerar la existencia de acordes implícitos, suena más bien a armonía ‘horizontal’. Y el mi con que finaliza no cumple la misma función que los mi de las dos primeras frases, porque aquéllos estaban en Do mayor y éste en la tonalidad de Sol. Es una ruptura de la sonoridad exclusivamente tónica – dominante. Tanto la escala como el mi con que culmina constituyen otros importantes factores de contraste.

El comienzo de la segunda parte (la transición en una forma binaria; el desarrollo en una sonata) prolonga armónicamente la tensión existente. Continúa en el sol, ya no como tónica sino como dominante de la tonalidad de Do. Y la segunda frase de esta parte es igual a la primera, pero en modo menor. Introduce, así, el área de subdominante, a la que se llega por medio de las alteraciones descendentes. De esta manera equilibra tonalmente la pieza que, hasta el momento, sólo había estado en las áreas de I y V.

A partir del c. 38 ingresamos a la recapitulación que, hasta el final,  permanece en la tonalidad de Do mayor. Se oyen los dos ‘temas’, tonalmente reconciliados. El primero,  que en la exposición aparecía una vez en la tónica y se desplazaba después a la dominante, se oye en una sola ocasión, pues no debe modular sino permanecer en el primer grado.

El concepto estructural de la sonata clásica ya está claro, pero todavía se implementa de un modo escueto, desnudo, mínimo. En la primera parte hay desplazamiento de la tónica a la dominante, el mismo que encontramos en las formas binarias barrocas. Falta aún profundizar la polarización, establecer claramente el conflicto tonal y, por supuesto, darle cuerpo a por lo menos dos temas.  En el comienzo de la segunda parte la tensión se prolonga, pero, prácticamente, el autor no emplea aún las técnicas utilizadas en las sonatas posteriores para cumplir esa función. Y la otra tarea, la de preparar la resolución, apenas está esbozada, si es que lo está. En cuanto a la recapitulación, no debería tratarse de la repetición rutinaria (total o parcial), en la tónica, de lo escuchado en la primera parte, sino de resolver la tensión provocada tanto por esa parte inicial (la exposición), como por el comienzo de la segunda (el desarrollo). Y eso todavía no se oye. Claro, no se oye porque no se necesita, ya que las partes anteriores no han generado una tensión que amerite tal cosa. Estamos, entonces, sólo ante el germen de la sonata clásica, que fue, durante más de un siglo, la forma instrumental más prestigiosa.



[1] Hubo muchos, pero otro de los grandes damnificados por haber tenido que escribir en este período de transición, aun antes que Haydn, puede haber sido Carlos Felipe Emanuel Bach, del que el autor de la sinfonía “La sorpresa” y de cien más, decía que había aprendido todo.