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jueves, 18 de julio de 2013

MAZURCA DE CHOPIN Op. 63 No. 3: ANÁLISIS

(Incluyo nuevamente la introducción sobre la mazurca en general, que aparece en las entregas anteriores. Sigue el análisis de la Op. 63 No. 3.)

La música europea, fundamentalmente a partir del siglo XVII, ha estado alimentándose  de danzas provenientes de sus distintas regiones. En los salones las bailó y  muchas veces fueron estilizadas, transformándose en música sólo para escuchar. La suite barroca es justamente eso: una serie de piezas, casi todas danzas, instrumentales no bailables.
 
La mazurca, de origen polaco, penetró tardíamente en la Europa occidental, apenas en el siglo XIX, y no podemos encontrarla entonces en la suite barroca (como sí hallamos  la polonesa). Tuvo gran éxito en los salones en la segunda mitad de ese siglo.

Muchas  danzas del viejo continente –la mazurca, el minué, la polca, el vals, etc.- se trasladaron a, y arraigaron en Latinoamérica,  donde adquirieron características propias. Incluso algunas de ellas –como, por ejemplo, la zarabanda y la chacona- regresaron a Europa transformadas.

La métrica de la danza que nos ocupa hoy es ternaria, casi siempre 3/4, aunque a veces se escribe en 3/8. Son característicos sus acentos desplazados al 2o.y al 3er. pulso. El tempo es relativamente variable.

Chopin es el verdadero responsable de la estilización de la mazurca. Utiliza, en realidad, tres tipos -mazur, kujawiak y oberek- que combina libremente, otorgándoles muchas veces una complejidad ausente en las de sus predecesores.

Las mazurcas no son las piezas de Chopin más apreciadas por los oyentes. Sin embargo, entre la numerosa producción romántica inspirada en música popular o folclórica constituyen algo excepcional, avanzadísimo, que anuncia lo que hará Debussy con la música española o, más adelante, Bartók con la de Europa oriental. No se trata aquí de ‘decorar’ las obras con melodías o ritmos ajenos a la academia, de ‘refrescar’ la música con elementos exóticos, sino de experimentar nuevas sonoridades, de incorporar estos ingredientes, viejos y al mismo tiempo novedosos, que están fuera de las tradiciones          predominantes en Europa, a los aspectos esenciales de la música de una manera original y profunda.

Es interesante echar un vistazo a este bucear de la música europea en el venero del pueblo, sobre todo a partir del siglo XIX. Coincide, claro está, con el surgir de los nacionalismos, pero no es a eso a lo que me quiero referir. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la música de Europa fue lo que se ha llamado modal. Se construyó a partir de varios grupos de sonidos, los modos, cada uno de ellos con su sonoridad característica.  En el período barroco, definitivamente en el barroco tardío, se llegó al sistema tonal funcional, que incluye sólo los modos mayor y menor. Pero los otros no desaparecieron. Varios quedaron relegados a su uso por el pueblo, sobre todo en los países periféricos[1]. Y es a ellos que recurrieron los compositores cuando sintieron que sus medios podían empezar a agotarse o, simplemente, cuando querían renovar su sonoridad, por motivos musicales, ideológicos o de cualquier otra índole. Muy adecuada, en esta oportunidad,  la famosa frase de Verdi: “Retorna a lo antiguo y serás moderno”.





Esta es de las que más me gusta y creo que su relación con la mazurca popular es mucho más sutil que la de las analizadas anteriormente. Puede deberse a que pertenece a un opus muy posterior, compuesta por un Chopin más maduro, que andaba en otras búsquedas. Tiene, además, muchas cosas dignas de analizar.

La forma es binaria redondeada y la primera parte es también binaria pero, en este caso, binaria simple, sin regreso al material inicial.



Aunque los números de compases que expongo en el gráfico muestran una gran regularidad, con la casi constante presencia del 2, el 4 y sus múltiplos, la realidad (como ocurre frecuentemente en la buena música) depende del o de los parámetros que se consideren. (Hay algunos lugares en los que la división es bastante discutible.)

 Desde el punto de vista armónico, el primer período, los primeros dieciséis compases, son dos frases de ocho. Pero si analizamos la melodía nos encontramos con algo distinto. La primera célula melódica de la mazurca (mi-la-sol#) se convierte, en los c. 8 y 9 en si-la-sol# (y antes en do#-si#-re#, re#-do#-mi, etc., que tendrá gran relevancia y nuevo significado, modificando uno de los intervalos, en la segunda parte y en la coda; en los casos que estamos analizando ahora tiene una nota más, anterior, que desaparece en otros pasajes). La célula si-la-sol# tendrá también bastante importancia en la segunda parte de la pieza y ya en estas primeras apariciones cumple dos funciones distintas: en la inicial comienza el movimiento melódico; en la otra, finaliza el de la misma frase, quitándole esas tres notas a la melodía que va a recomenzar (2ª frase), por lo cual ésta se reduce. (El ritmo de la célula es, con una sola excepción, dos corcheas y negra.)



Pero el asunto no queda ahí. Las últimas cinco corcheas del c. 16 (final de la 2ª  frase)  pertenecen, melódica y rítmicamente, al período que sigue. En consecuencia, afectada por la voracidad de las frases que la rodean, la segunda, en ciertos aspectos y para beneficio del resultado, se escucha con un compás menos: lo regular, más interesante si es irregular.


Lo anterior es sólo un ejemplo. En la segunda parte hay varios momentos en que  las fronteras se difuminan. Y más aún en la coda.

Desde el punto de vista de la melodía, el material a) tiene la tradicional estructura 2 + 2 + 4 compases. La primera semifrase se compone de 2 + 2, pero en la segunda desaparece el ‘hiato’ intermedio y la semifrase siguiente se comporta como una sola unidad. Lo mismo sucede con la segunda frase del período a).

El núcleo melódico de ese período está representado por las notas cuatro a ocho, cuyo diseño aparece continuamente repetido, a distintas alturas, en esos dieciséis compases (y reaparecerá, del mismo modo, en la segunda sección de la parte B y en la coda).


Sus cuatro primeras notas mantienen constante el diseño; la quinta, cambia: sube cuando lo hace la melodía y desciende cuando ésta baja. Pese a la escasa variedad de los elementos que la constituyen, lo último que se me ocurriría decir de esta melodía es que es monótona.

Cada una de las dos frases de la sección a) es un único gesto melódico ascendente-descendente. La segunda, empleando los mismos recursos, expande lo propuesto por la anterior y termina una 8ª más arriba que ésta.

La melodía de la sección b) es muy diferente. El gesto es la mitad de extenso que el de la sección a). Las cuatro semifrases que forman sus dos frases comienzan de la misma manera y la primera y la tercera son idénticas.  En estas dos se produce un movimiento descendente de tres compases y un rápido ascenso de un solo compás que ‘huele’ intensamente a transición.

Ambas frases finalizan (c. 23-24 y 31-32) con el mismo diseño melódico, muy conclusivo, con que terminan la 2ª parte y la coda, es decir, con que finaliza la pieza. Y en el caso de la segunda no se trata sólo del diseño: son las mismas notas en la tonalidad principal. De este modo, Chopin une  los materiales de las secciones a) y b) de A.

La 2ª parte se inicia con una sección en la que  las dos primeras frases (c. 33-36 y 37-40) se encuentran en la misma tonalidad de la mazurca, pero ahora en modo mayor (escritas enarmónicamente). Pese a la movilidad de la melodía, su estructura  puede reducirse a mib-reb (re#-do#). Esta quietud estructural constituye un fuerte contraste con lo anteriormente mostrado por la melodía.

Las otras dos frases de esta sección de la segunda parte nos llevan a la subdominante de la tonalidad principal. En la siguiente sección volvemos al material inicial, de nuevo en la tónica menor con #.

Reaparece entonces, varias veces, la célula si-la-sol#, pero ahora con distinta significación. Por un lado llena los huecos que había en la melodía en la primera parte y, por otro, cumple a mi juicio una función más relevante: la de destacar la nota sol#, que ha estado compitiendo con el do# a lo largo de buena parte de la mazurca para constituirse en el sonido más importante de la misma y que, por este medio, intenta consolidar su liderazgo.

Cuando parecería que puede conseguir su objetivo, Chopin le hace, en el compás 60, una sorpresiva trampa: le pone un # al mi, transformándolo en la sensible de fa#, la subdominante de la principal tónica e iniciando un movimiento cadencial que nos lleva, entre otras cosas, a otorgar al do# el título de nota más importante de la pieza (por algo es la tonalidad principal de la mazurca).

Este proceso se refuerza por la insistencia en la célula de la que hemos estado hablando, ahora en una nueva presentación.  Hemos visto que en el c. 4 aparece con las notas re-do#-mi y que, en el 60, el autor la modifica tonizando la subdominante (re-do#-mi#). Pues bien, en los compases que siguen el re-do# queda fijo,  mientras la última nota va subiendo cada vez más en un crescendo que nos lleva hasta el do# dos líneas adicionales encima del pentagrama de clave de sol, que consideraríamos el clímax de la pieza si ésta finalizara en esa frase, si no estuviera todavía la coda.


Esta es, a mi juicio, tan insólita como magnífica. Se trata de un canon a la 8ª y a sólo una negra de distancia, usando como dux, en forma casi idéntica,  los últimos doce compases de la segunda parte.[2] Además de su función de densificar el final, la otra gran diferencia está en que el ascenso al do# agudo se produce una 8ª más arriba. Llegamos entonces sí al clímax, casi al final, como les gustaba a los románticos. Chopin intensifica el efecto de este sobreagudo ubicando la mano derecha de los compases siguientes, los dos últimos,  entre tres y cuatro 8as. más abajo, una distancia abismal.

Hay, a lo largo de toda la mazurca, un uso prudente pero muy expresivo de un cromatismo melódico ‘a distancia’. Por ejemplo: fa doble # en c. 6 y fa# en el 7, la# y la en los c. 14 y 15, respectivamente, si# y si en el 18, etc. Es particularmente interesante el que se produce en el c. 36 (igual que en los c. 39 y 44), en donde la melodía hace, intensificando el segundo grado con una fugaz ‘sensible’, un  vano intento de no ‘morir’ en la tónica.


Cuando se acerca a los clímax (c. 60 a 62 y 72 a 74) se produce otro ascenso cromático, con una fuerte significación armónica (en ambos casos está, además, en un proceso cadencial): (re#-mi)-mi#-fa#-fa doble #-(  ) sol#-(do#).


El mi#, como se dijo, sensibiliza la subdominante, y el fa doble #, la dominante. (Volveré sobre esta última nota.)

También en la mano izquierda se producen algunos movimientos cromáticos: en el puente entre las dos partes (c. 32 y 33) hay un desplazamiento mayoritariamente cromático que llega hasta el mib, y que se inicia con la célula si-la-sol# (ahora escrito lab).


(Otros pasajes cromáticos de la mano izquierda serán analizados más adelante.)

Tonalmente, esta mazurca inicia en la tónica principal (do# menor), va después a la relativa mayor (Mi mayor), y luego de un breve regreso a la tónica se dirige a la dominante (sol# menor); la parte A finaliza nuevamente en do# menor.

B continúa en la tónica principal, pero ahora en modo mayor y con escritura enarmónica (Reb), simplemente para facilitar la lectura: es preferible leer con 5 b que con 7 #. La primera sección de B se traslada a la subdominante (Solb mayor) y vuelve, ya en la siguiente sección, a la tónica principal, otra vez en modo menor (do#).

i – III – v – i ][ I – IV – i

De esta manera, visita las tres áreas armónicas, reservando, como es bastante habitual, la de subdominante para la segunda parte.

El ritmo armónico también establece contraste entre la primera sección de B y el resto de la pieza. En éste (el resto) encontramos, casi siempre, una armonía por compás (o cada dos compases), mientras que en el comienzo de la segunda parte, el ritmo armónico se hace mucho más agitado: dos o tres acordes por compás.

La armonía es, en mi opinión, de los aspectos con mayor interés.

En la mayor parte de la pieza nos encontramos con una melodía (mano derecha) acompañada de tres negras por compás: la primera, un bajo; las dos restantes, las otras notas del acorde. Sin embargo, en algunos momentos existe una cierta autonomía entre ambos.

El primer ejemplo de esto lo encontramos a partir del c. 8, en el que se encuentra el fa doble # dentro de una sonoridad armónica que le otorga particular significación. Esta nota (que ya había aparecido en el c. 6 dentro de una armonía de V/V) es el sonido característico del modo lidio en esta tonalidad. Pero Chopin no le asigna aquí un papel modal. Sería por lo menos extremadamente aventurado intentarlo desde el modo menor, que tiene varias notas de diferencia con el lidio. Utiliza el grado característico de este modo para realizar un ‘experimento’ con el acorde de 6ª aumentada, en lo que sería  uno de los casos de sutil relación con el género popular.


La primera aparición de la sonoridad de 6ª aumentada, en c. 8, es muy tímida. Incluso, tanto el fa doble # de mano izquierda como el la de la derecha, pueden considerarse notas no armónicas. El primero, una bordadura a distancia y el la, una nota de paso.

Esta presentación de la sonoridad de la 6ª aumentada puede estimarse, entonces, como una simple relación no armónica. Pero si eliminamos los bajos de esos compases (especialmente el do# del c. 9) nos encontramos con estos encadenamientos, absolutamente ‘normales’:


Ese do# de la mano izq. en el c. 9 cumple una importante función: es el cimiento de la melodía, que en ese momento finaliza su descenso de una 8ª completa por escala.

(Una situación idéntica a la anterior encontramos en c. 56 y 57.)

Empezamos a tener, así, una rica superposición de significados armónicos horizontales y verticales.

El siguiente ejemplo (igual pero distinto) lo hallamos en el c. 19. El la, que en el caso anterior estaba sólo en la última corchea, ocupa ahora todo el compás, resistiéndose a caer en el sol#[3]. Y el fa doble # está presente, no en una, sino en dos negras de la mano izquierda.

Nos volvemos a topar con la sonoridad de la 6ª aumentada en los c. 24 y 30, ahora de manera poco audible (con notas no armónicas), en las tonalidades de la dominante y la tónica, respectivamente.


Mucho más interesante es lo que ocurre al final de la 1ª  y el comienzo de la 2ª  sección de la 2ª. parte.


En el c. 48 se llega a la culminación melódica de esta sección para ingresar, en el siguiente, a la 2ª sección de la 2ª parte, que emplea el material inicial. Ambos, final y comienzo, presentan procesos armónicos cromáticos, horizontales.

Pero al mismo tiempo ocurre otra cosa, estamos escuchando –que no viendo- algo más. Si en el c. 49 sustituimos el sol del acorde de La V7 por su enarmónico fa doble #, tenemos dos 6as. aumentadas consecutivas, una alemana y otra francesa, que intensifican el sol#, dominante de do#, tónica a la que llegamos (volvemos) dos compases después.

Estamos ante otra superposición de significaciones horizontales y verticales en la armonía.

El uso más ‘desembozado’ del acorde de 6ª aumentada tiene lugar en los compases 62 (proceso cadencial del término de la 2ª parte) y 74 (cadencia final de la mazurca). Su utilización en estos dos clímax demuestra, sin lugar a dudas, la importancia que Chopin le asigna en la pieza a esta armonía.

Ya me referí a la intensificación de subdominante y dominante por medio del mi# y el fa doble #. Ahora quiero señalar que, simultáneamente, se produce en mano izquierda un descenso cromático  del bajo que contribuye eficazmente, tanto a dar fuerza al movimiento cadencial como a fortalecer el dramatismo de ambos momentos climáticos. Los dos tienen, en su punto culminante, una armonía de 6ª aumentada. (La mayoría de estos acordes en la pieza que estamos analizando pertenecen al tipo ‘alemán’ , pero hay uno ’francés’ y, en el compás 74, nos encontramos con el ‘italiano’, muy probablemente para evitar la disonancia re#-mi, que se produciría si se conservara esta última nota.) Falta analizar el aspecto rítmico, a mi juicio no sólo particularmente destacable, sino también uno de los sutiles nexos entre esta mazurca y la folclórica.

Sabemos que una característica del género es el desplazamiento del acento del primer al segundo o tercer pulso del compás. En esta que estamos analizando esa característica asume un aspecto bastante peculiar.

En general, en la mano izquierda hay coincidencia entre ritmo y métrica pero, en muchos momentos, no sucede lo mismo con la otra mano. Veamos, por ejemplo, los primeros compases.


Todo ocurre normalmente en la mano izquierda. En la derecha, en cambio, sentimos que el acento métrico se encuentra en el segundo pulso de cada compás. Y así sigue hasta el comienzo del c.16, en donde se produce algo a lo que me referiré casi enseguida. En la sección b) de la parte A, las dos manos coinciden, ritmo y métrica se reconcilian. Este contraste entre ambas secciones, que resulta difícil reconocer a nivel consciente, crea mayor interés en la música que estamos escuchando.

En la 2ª sección de la parte B se vuelve a producir el mismo desacuerdo métrico entre las dos manos, y ocurre el caso más claro de ese ‘algo’ que mencioné antes.  

Aunque hay también otros momentos en los que sucede, es en el camino hacia los dos clímax a los que aludí anteriormente (esto es, en los c. 60 a 62 y 72 a 74) en donde se manifiesta de un modo más evidente una modificación en la métrica (porque, además, se produce en las dos manos). Las mazurcas están en ¾, pero estos pasajes se encuentran en 2/4. Este cambio crea indudable tensión en un momento particularmente importante de la pieza.


El otro aspecto rítmico que merece considerarse es el uso del llamado saltillo, característico de las mazurcas

En ésta, Chopin lo reserva mayoritariamente para la primera sección de la parte B, en la que lo encontramos en todos los compases (total o parcialmente).

Pero en el resto de la obra está ubicado en lugares especiales. Durante la parte A, lo escuchamos dos veces (pero en una sola situación; el pasaje se repite), intensificando la resistencia del la a ‘morir’ en el sol# (c. 19 y 27). Y en la 2ª parte y la coda lo hallamos cuatro veces. Por un lado, podríamos decir que ‘las cosas no ocurren en vano’: lo hemos oído permanentemente un poco antes y ha dejado huella. Por otro, el autor elige momentos relevantes para hacérnoslo escuchar: inmediatamente antes del si-la-sol# que llena los huecos melódicos de la primera parte y pretende dar al sol# el puesto de nota más importante (c. 50 y 52); antes del mi# que enrumba definitivamente la mazurca hacia su tónica principal (c. 60) y, finalmente, en el último compás, diciéndonos ‘bueno, voy a terminar’.

En mi opinión, se trata de una gran pieza, tanto desde el punto de vista expresivo como en cuanto a la técnica de composición: un 10 para Chopin.



[1] En Europa oriental, además, el repertorio de modos está enriquecido por el aporte asiático y, sobre todo en la región sur del continente, se hace sentir la influencia árabe y en general africana, aunque esta última no precisamente en cuanto a los modos.

[2] Este procedimiento contrapuntístico es muy poco habitual entre los románticos, aunque Chopin utiliza distintos recursos de este tipo en algunas de sus mazurcas tardías.

[3] Nos encontramos aquí con la gran expresividad del movimiento melódico  6º - 5º en el modo menor, al que ya me he referido en materiales anteriores. En este caso aparece intensificado por el cromatismo si#-si del c. 18.  

lunes, 24 de junio de 2013

MAZURCA Op. 17 No. 4 DE CHOPIN: ANÁLISIS

(Incluyo aquí la introducción sobre la mazurca en general, con la que se inicia la entrega del mes pasado. A continuación viene el análisis de la Op. 17 No. 4.)

La música europea, fundamentalmente a partir del siglo XVII, ha estado alimentándose  de danzas provenientes de sus distintas regiones. En los salones las bailó y  muchas veces fueron estilizadas, transformándose en música sólo para escuchar. La suite barroca es justamente eso: una serie de piezas, casi todas danzas, instrumentales no bailables.
 
La mazurca, de origen polaco, penetró tardíamente en la Europa occidental, apenas en el siglo XIX, y no podemos encontrarla entonces en la suite barroca (como sí hallamos  la polonesa). Tuvo gran éxito en los salones en la segunda mitad de ese siglo.

Muchas  danzas del viejo continente –la mazurca, el minué, la polca, el vals, etc.- se trasladaron a, y arraigaron en Latinoamérica,  donde adquirieron características propias. Incluso algunas de ellas –como, por ejemplo, la zarabanda y la chacona- regresaron a Europa transformadas.

 La métrica de la danza que nos ocupa hoy es ternaria, casi siempre 3/4, aunque a veces se escribe en 3/8. Son característicos sus acentos desplazados al 2o.y al 3er. pulso. El tempo es relativamente variable.

Chopin es el verdadero responsable de la estilización de la mazurca. Utiliza, en realidad, tres tipos -mazur, kujawiak y oberek- que combina libremente, otorgándoles muchas veces una complejidad ausente en las de sus predecesores.

Las mazurcas no son las piezas de Chopin más apreciadas por los oyentes. Sin embargo, entre la numerosa producción romántica inspirada en música popular o folclórica constituyen algo excepcional, avanzadísimo, que anuncia lo que hará Debussy con la música española o, más adelante, Bartók con la de Europa oriental. No se trata aquí de ‘decorar’ las obras con melodías o ritmos ajenos a la academia, de ‘refrescar’ la música con elementos exóticos, sino de experimentar nuevas sonoridades, de incorporar estos ingredientes, viejos y al mismo tiempo novedosos, que están fuera de las tradiciones predominantes en Europa, a los aspectos esenciales de la música de una manera original y profunda.

Es interesante echar un vistazo a este bucear de la música europea en el venero del pueblo, sobre todo a partir del siglo XIX. Coincide, claro está, con el surgir de los nacionalismos, pero no es a eso a lo que me quiero referir. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la música de Europa fue lo que se ha llamado modal. Se construyó a partir de varios grupos de sonidos, los modos, cada uno de ellos con su sonoridad característica.  En el período barroco, definitivamente en el barroco tardío, se llegó al sistema tonal funcional, que incluye sólo los modos mayor y menor. Pero los otros no desaparecieron. Varios quedaron relegados a su uso por el pueblo, sobre todo en los países periféricos[1]. Y es a ellos que recurrieron los compositores cuando sintieron que sus medios podían empezar a agotarse o, simplemente, cuando querían renovar su sonoridad, por motivos musicales, ideológicos o de cualquier otra índole. Muy adecuada, en esta oportunidad,  la famosa frase de Verdi: “Retorna a lo antiguo y serás moderno”.

Igual que la Op. 24 No.2, analizada el mes pasado, esta pieza es bastante sorprendente. Juega, como la otra, con distintos procedimientos ‘bárbaros’, típicos de la mazurca popular,  pero lo hace de distinta manera e introduce, además, recursos compositivos que no están presentes en la anterior.





Su forma es ternaria, un ABA’, eso sí, un poco extraño[2]. La primer A, en cambio, es una binaria redondeada (aaba), igual que, en su totalidad, la Op. 24 No. 2,  la del mes anterior.



La Op. 24 empieza y termina afirmando la tónica principal, lo ambiguo se encuentra en el medio. Esta, la de ahora, comienza engañándonos: no nos indica en qué tonalidad vamos a estar, nos sume en la ambigüedad.[3] Presenta una armonía de Fa en 1ª inversión[4] y la voz interior, que lleva la melodía, parece indicar la tonalidad de Do. Y termina como empezó, con los mismos cuatro compases. Claro que en estos últimos el engaño es imposible, porque ya conocemos lo que pasó. La pieza se encuentra ‘prisionera’ en un marco que, pese a sonar muy adecuadamente, juega con el equívoco: la mazurca se encuentra en la menor, pero ni el comienzo ni el final están en esa tonalidad.

La nota fa tiene mucha importancia en el transcurso de la pieza. Después de haber estado siempre en la voz superior de mano izquierda durante los primeros cuatro (y en los cuatro últimos) compases, se mantiene en ese lugar en los primeros tres de las numerosas frases a) que hay a lo largo de la obra. Y en todos los casos ‘resuelve’ ‘normalmente’ en mi, nota relevante en la tonalidad de la (aunque muchas veces, ese descenso a mi forma parte de un proceso cromático que lleva hasta re). Y tiene un papel destacadísimo, como se verá, también en los compases 91 y 92.
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(Tenemos que buscarle un nombre a estos fragmentos del inicio y de la terminación, necesariamente a los cuatro finales, porque antes de ellos hay una coda, de la que claramente se distinguen. Me inclino por los que algunos utilizan: preludio para los primeros cuatro y postludio para los que finalizan.)

Podríamos decir, entonces, que en el preludio se sugieren las tonalidades de  Fa lidio y Do mayor, pero ninguna de ellas resulta la principal. Sí lo será la menor, reducida en estos compases al extremo inferior del conjunto. Sin embargo, ese bajo la cumple aquí la función de anunciar los extensos pedales de tónica que vamos a encontrar en la obra y que constituyen uno de los procedimientos típicos del género.

La parte A está casi toda construida sobre una frase de ocho compases, que aparece también ocho veces en la mazurca, seis en la primera y las dos restantes en la tercera, es decir, en la A final. Si nos referimos a la totalidad de las frases, además de sus importantes variaciones melódicas, hay entre ellas una fundamental diferencia armónica: cuatro (1ª, 3ª, 5ª y 7ª) finalizan en la dominante y las otras, en la tónica. Podemos hablar, entonces, de períodos de 16 compases, armónicamente abiertos en la primera mitad y conclusivos en la segunda.

Analicemos la primera frase. La ambigüedad planteada en el preludio continúa por varios compases. Hay importantes sugerencias funcionales, pero los del centro nos desorientan. ¿Qué significan, en los compases 8 y 9, los acordes de mi y re# menor? En realidad toda la frase, salvo los últimos compases, tiene una armonía horizontal[5], por grados conjuntos descendentes, aunque las armonías de c. 6 y  7, junto con la melodía, parecen conducir a la tonalidad de Do mayor. Y después del ‘quiebre’ de los dos siguientes compases nos dirigimos, sin duda, a la menor. Se da, así, un muy interesante juego entre las formas vertical y horizontal de la armonía.



Melódicamente, podemos dividir la primera frase en dos semifrases muy distintas. La primera, diatónica, ascendente, y la otra, descendente y con una intrusión cromática muy contrastante. Se diferencian también en que la inicial se expande, predominantemente por grados conjuntos, mientras que la segunda cae en cuatro pequeños gestos de sólo dos notas cada uno, en los que intervalos y ritmo varían.

Se dijo, anteriormente, que la melodía de los primeros compases de la frase sugiere Do. Es así. Sin embargo, muchas de sus notas más destacadas podrían estar  indicando, ya desde el comienzo, la tonalidad de la menor: más ambigüedad. 



En esta primera frase aparecen dos intervalos que van a tener una gran presencia en el transcurso de la mazurca: la 3ª la-do y el semitono re#-re.

La melodía comienza resumiendo la del preludio. El primer segmento melódico de esta frase incluye las tres notas iniciales y la última de aquélla. A la que se agrega otra, justamente el la, que va a permanecer asociada al do en las ocho frases a) de la mazurca  y, lo que es todavía más importante, la-do es un intervalo presente (y a veces omnipresente) en varios lugares de la coda. Sobre esto volveremos más adelante.



En la segunda semifrase aparece por primera vez el semitono re#-re, que vamos a encontrar frecuentemente en toda la pieza. La peculiaridad del re# es que puede tener, en este contexto, varios significados: sensible de la dominante de la, la tonalidad principal, nota de paso cromática o cuarto grado lidio de esa tonalidad. La insistencia de Chopin en alterar en forma ascendente el cuarto grado (alterarlo ‘lidiamente’) resulta altamente significativo. Y, aun cuando tenga una clara explicación de otro tipo, es también un recurso para lo ambiguo.

No obstante que desde el punto de vista armónico, el final de la primera y el comienzo de la segunda frase nos ubican indudablemente en la tonalidad de la menor, la melodía se resiste a aceptar, por lo menos que se encuentra en la tónica. Cuando la armonía llega a ella, la melodía se niega a hacerlo, y cuando ésta la alcanza, la armonía ya se halla en otro lado. Es necesario llegar al c. 20 para que haya acuerdo entre ambas en que estamos en el primer grado de esta tonalidad.


La segunda frase (todas las segundas frases de los períodos que emplean este material) busca expandirse, sobre todo por medio de valores irregulares de duraciones muy breves, con frecuencia cromáticos, que se constituyen en pequeñas ‘manchas’ de color melódico en buena parte del transcurso de la mazurca.

La melodía de las frases a) ansía la libertad, y en cierta medida la logra, aunque está ‘amarrada’ por una armonía tozuda, que pretende arrastrarla en su lento y siempre igual descenso hacia la estabilidad.

El material b) (c. 37 a 44) constituye un pequeño contraste con el a), aunque utiliza varios elementos melódicos de éste: el semitono re#-re, el intervalo descendente, el tresillo de corcheas, incluido su diseño melódico (y su resolución en do, como ya ocurrió en el c. 4).

El carácter es distinto: a), lírico, b), dramático, especialmente en los dos últimos compases. En ellos, además del cromatismo en ambas manos y el tritono con que se inicia cada uno en la mano derecha, encontramos los dos únicos sib de toda la pieza, que introducen un nuevo elemento modal: el semitono frigio entre segundo y primer grado de la escala. (Otra tensión con lo tonal funcional.)


Este ingrediente modal no afecta la estructura del fragmento, que tiene una índole claramente funcional. Presenta los acordes de tónica, dominante y, también, una difusa subdominante en el primer pulso de los compases 43 y 44. Toda la frase se edifica sobre un pedal de mi, dominante de la,  y ‘ensayo’ de los mucho más contundentes, de tónica, que encontraremos en la segunda parte y en la coda. El tempo –con su un poco piu vivo- asimismo contribuye, aunque ligeramente, a la diferenciación de carácter.

La segunda parte está en La mayor: cambio de modo, pero no de tonalidad. Y existen varios otros aspectos en que contrastan esta parte y la anterior.

Desde el c. 61 hasta el comienzo del 91, con apenas dos pequeñísimas interrupciones cadenciales, nos encontramos con un pedal de tónica. (El pedal, como ya se dijo, es un procedimiento típico de la mazurca popular.) La escritura parece señalarnos un doble y aun un triple pedal, pero tanto el mi como el si no cumplen con un requisito de éste: no pertenecer, en algunos momentos, a la armonía que está sonando. El único que sí lo cumple es el la.

Sin embargo, las notas de la mano izquierda nos remiten a otra sonoridad ‘bárbara’ que ya habíamos encontrado en la mazurca anterior, la 5ª vacía que, aquí, incluso se duplica: hay, de a ratos, dos 5as. vacías superpuestas.

Sobre ese pedal la se levanta una armonía repetitiva, de solo tres acordes: La, Mi y fa#, es decir, tónica, dominante y sexto grado. Se diferencia de la mayoría de los compases de la primera parte en que ésta (la de la primera parte) es horizontal, mientras que la que ahora analizamos transcurre verticalmente.

La  melodía, al contrario que la de la parte anterior, se comporta sumisamente, no pretende evadirse en ningún momento. Su dirección también difiere: la primera, sube y baja; ésta, al revés, baja y sube.

Se trata, básicamente, de una escala (descendente y ascendente), aunque Chopin no se resigna a ser melódicamente tan aburrido. Le incorpora, entonces, distintos elementos que mantienen el interés:

    - omite una nota de la escala y la hace sonar inmediatamente después:


- divide la escala entre dos voces, en forma contrapuntística:


- introduce en la escala notas cromáticas:


    Etcétera.

Cuando en el compás 89 ya nos estamos preguntando, ‘¿va a seguir eternamente con esto?’, se produce -en el 91- un cambio dramático: con la máxima indicación de dinámica de toda la pieza (ff), convierte el fa# en fa natural, y construye así, sobre el pedal la, un acorde de Mi V9 menor, que está sugiriendo el regreso a la menor. En ese mismo compás elimina también el # del sol, y en el siguiente enfatiza el tritono fa-si, en lo que es, melódicamente, una armonía de Sol V7, dominante de Do.

Estos dos compases, transición al material a) de la parte A’, tienen otra especial peculiaridad: son el único momento de la mazurca en que no hay armonía vertical, las dos manos tocan las mismas notas a una 8ª de distancia (y, repito, con una dinámica ff, que sólo aparece esa vez en la obra). Ambas cosas hacen de este pasaje un momento muy destacado.

Y, aquí, la nota fa adquiere una importancia extrema. Baja tres veces al mi y otras tantas vuelve a subir al fa, donde queda ‘colgada’, para resolver otra vez en mi, a distancia, en el c. 96.


En el c. 93 estamos ya en A’. Se reexpone, entonces, el material inicial, el del c. 5 y siguientes. Para resolver el acorde de Mi V9 menor del c. 91, es decir, para llegar a la tonalidad de la, tenemos que esperar todavía varios compases, como ya se vio en el análisis de la primera parte. En cuanto a la otra armonía, la de Sol V7, también se señaló en el comentario previo: parece resolverse en la melodía de la mano derecha, con el frustrado refuerzo de los acordes de Fa y Sol, ahora en los c. 94 y  95, en apariencia subdominante y dominante de Do, respectivamente.

En el regreso al material inicial hay, como en las anteriores presentaciones, alguna modificación melódica y, al final del período (c. 107), el clímax también melódico de la pieza. Simultáneamente (c. 107 y 108), la última cadencia auténtica de la mazurca.

Entramos entonces en la coda, íntegramente construida sobre un pedal de tónica y, al mismo tiempo, verdadera orgía del tritono, lo cual constituye, en sí, una oposición radical: el pedal de tónica es la máxima estabilidad y los constantes tritonos, en cambio, la total inestabilidad. Además, la coda reúne elementos contrastantes que se encuentran en cada una de las partes: por un lado, la armonía horizontal que aparece en A (ahora en un descenso totalmente cromático) y, por otro, el ya mencionado pedal, que domina B. La armonía horizontal representa movimiento, mientras que el pedal, quietud. La coda hace una especie de síntesis de elementos dispares presentes en las partes anteriores.

Los veinte compases de la coda se dividen en dos frases casi idénticas de ocho cada una y una extensión de tónica de cuatro compases. La única diferencia entre las dos frases es un refuerzo intermitente del pedal la, ahora en el agudo.

En la mano derecha escuchamos sólo tritonos (bastante numerosos también en la izquierda), que van descendiendo cromáticamente hasta llegar a fa-si, el de la subdominante de la tonalidad principal.


Por lo menos los primeros cuatro compases de cada una de las dos frases de la coda son prácticamente una secuencia. En los primeros siete, las armonías están a distancia de 5ª  descendente (re#, sol#, do#, fa#, si), mientras la melodía baja cromáticamente (re#, re, do#, do, si). (Tengamos presente que, desde el punto de vista armónico, la 5ª es equivalente al semitono melódico: cada uno en su terreno es el intervalo cuyas notas más se atraen.) La armonía, horizontal y bastante curiosa, alterna acordes de 7ª disminuida con otros de 6ª aumentada.

Cuando en el c. 115 se llega al tritono fa-si (y a la subdominante de la), se inicia una débil cadencia plagal, que finaliza en el compás siguiente, cadencia que se repite en los c. 123-124, y que es la última de la mazurca. Normalmente, las obras tonales terminan terminando, es decir, con una fuerte cadencia auténtica. Antiguamente, era frecuente que después de un sólido final, se recurriera a la cadencia plagal (que, en algunos casos hay quienes, con fundamento, no consideran una cadencia).

Además, estos compases 115-116  y 123-124 utilizan la melodía que aparece por primera vez en los c. 5 y 6, con el importante intervalo la-do. Entre las dos situaciones hay una diferencia de peso: en A, la melodía inicia la frase; en la coda, la termina.


Viene después la extensión de tónica, cuyos principales objetivos parecen ser fortalecer el la como 1er grado de la tonalidad principal (aunque no de un modo funcional) y sustituir el intervalo melódico la-do por do-la, más conclusivo.


La intención de Chopin es evitar, en el final, la forma ‘normal’ de indicar cuál es la tonalidad de la obra: la última cadencia auténtica está 25 compases antes de terminar (en una pieza de poco más de 130 c.); incluye posteriormente dos cadencias plagales, por supuesto mucho más débiles que aquélla; establece durante la coda un pedal de la, y los últimos 4 c. de ésta se limitan a un acorde de primer grado, con énfasis en lo que podríamos llamar un intervalo característico. Los procedimientos para identificar al la como tónica en la terminación de la mazurca, no son, digamos, los corrientes en la inmensa mayoría de las obras tonales.

Para finalizar, recurre a la reiteración de los primeros 4 compases, un postludio que nos aleja de la tonalidad principal de la mazurca. Esta queda así envuelta en una tenue bruma tonal. Nos encontramos aquí ante un ejemplo muy original de lo que el musicólogo Charles Rosen llama ‘fragmento romántico’.

En mi opinión, esta pieza es otro magnífico ejemplo de experimentación sonora que tiene la ventaja de ser musicalmente más inspirada que la que analizamos el mes pasado.   
 




[1] En Europa oriental, además, el repertorio de modos está enriquecido por el aporte asiático y, sobre todo en la región sur del continente, se hace sentir la influencia árabe y en general africana, aunque esta última no precisamente en cuanto a los modos.

[2] Originalmente, yo había escrito otra cosa, pero un gran amigo y excelente compositor me mostró que esto es lo correcto.

[3] Insisto en el concepto: en música, la ambigüedad es, casi siempre, sinónimo de riqueza.

[4] Existe la posibilidad de considerar cada negra de los primeros compases como un acorde diferente, con lo cual la ambigüedad persiste. (Y las tres armonías serían las mismas que las de los compases 5 y 6: si semidisminuido, Fa mayor y re menor.)
  
[5] En el análisis del preludio No. 4 de Chopin, publicado en el mes de febrero en este mismo blog hay una más o menos extensa referencia a la armonía horizontal.

martes, 21 de mayo de 2013

ANÁLISIS DE LA MAZURCA Op. 24 No. 2 DE CHOPIN


La música europea, fundamentalmente a partir del siglo XVII, ha estado alimentándose  de danzas provenientes de sus distintas regiones. En los salones las bailó y muchas veces fueron estilizadas, transformándose en música sólo para escuchar. La suite barroca es justamente eso: una serie de piezas, casi todas danzas, instrumentales no bailables.
 
La mazurca, de origen polaco, penetró tardíamente en la Europa occidental, apenas en el siglo XIX, y no podemos encontrarla entonces en la suite barroca (como sí hallamos  la polonesa). Tuvo gran éxito en los salones en la segunda mitad de ese siglo.

Muchas  danzas del viejo continente –la mazurca, el minué, la polca, el vals, etc.- se trasladaron a, y arraigaron en Latinoamérica,  donde adquirieron características propias. Incluso algunas de ellas –como, por ejemplo, la zarabanda y la chacona- regresaron a Europa transformadas.

 La métrica de la danza que nos ocupa hoy es ternaria, casi siempre 3/4, aunque a veces se escribe en 3/8. Son característicos sus acentos desplazados al 2o.y al 3er. pulso. El tempo es relativamente variable.

Chopin es el verdadero responsable de la estilización de la mazurca. Utiliza, en realidad, tres tipos -mazur, kujawiak y oberek- que combina libremente, otorgándoles muchas veces una complejidad ausente en las de sus predecesores.

Las mazurcas no son las piezas de Chopin más apreciadas por los oyentes. Sin embargo, entre la numerosa producción romántica inspirada en música popular o folclórica constituyen algo excepcional, avanzadísimo, que anuncia lo que hará Debussy con la música española o, más adelante, Bartók con la de Europa oriental. No se trata aquí de ‘decorar’ las obras con melodías o ritmos ajenos a la academia, de ‘refrescar’ la música con elementos exóticos, sino de experimentar nuevas sonoridades, de incorporar estos ingredientes, viejos y al mismo tiempo novedosos, que están fuera de las tradiciones predominantes en Europa, a los aspectos esenciales de la música de una manera original y profunda.

Es interesante echar un vistazo a este bucear de la música europea en el venero del pueblo, sobre todo a partir del siglo XIX. Coincide, claro está, con el surgir de los nacionalismos, pero no es a eso a lo que me quiero referir. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la música de Europa fue lo que se ha llamado modal. Se construyó a partir de varios grupos de sonidos, los modos, cada uno de ellos con su sonoridad característica.  En el período barroco, definitivamente en el barroco tardío, se llegó al sistema tonal funcional, que incluye sólo los modos mayor y menor. Pero los otros no desaparecieron. Varios quedaron relegados a su uso por el pueblo, sobre todo en los países periféricos[1]. Y es a ellos que recurrieron los compositores cuando sintieron que sus medios podían empezar a agotarse o, simplemente, cuando querían renovar su sonoridad, por motivos musicales, ideológicos o de cualquier otra índole. Muy adecuada, en esta oportunidad,  la famosa frase de Verdi: “Retorna a lo antiguo y serás moderno”.







La mazurca de Chopin Op. 24 No. 2 tiene forma binaria[2] y está enmarcada por una introducción y una coda, ambas construidas con el mismo material.



La regularidad del número de compases es casi absoluta, lo cual resulta muy comprensible, por razones obvias, en piezas que provienen de la danza. No obstante, toda la música del romanticismo, en este aspecto, es mucho más regular que la anterior. La libertad romántica se da en otros niveles.

Incluso, podríamos hallarnos ante una regularidad aún mayor, total.  Los compases 53 a 56, que forman parte de los 12 de b’) son, en realidad, una transición (una transición/extensión) que conduce a la segunda parte. Si lo consideramos así, la primera queda:

 4 (intr.) + 8 (a) + 8 (b) + 16 (c) + 8 (a) + 8 (b) + 4 (trans./exten. de (b))

Y la segunda, tal como está, pero sumando los dos materiales que ya se oyeron en la primera parte:

16 (d) + 16 (e) + 16 ((a) + (b’’)) + 16 (coda)

Una simetría perfecta.


Mucha de la música folclórica de varios países europeos, entre ellos Polonia, se encuentra en modo lidio, es decir, en una estructura que se diferencia de nuestro modo mayor únicamente en el cuarto grado, que está un semitono arriba del de éste. La escala lidia sin alteraciones tiene como tónica la nota fa. Esta mazurca, que está en Do mayor, tiene frases en Fa lidio y, además, juega permanentemente con el tritono fa-si, intervalo característico de este modo en esta tonalidad.


Por otra parte, presenta varios otros elementos no pertenecientes a la tradición académica, elementos “salvajes”, podríamos decir.

El primero de ellos es la sonoridad de la introducción y la coda, construidas exclusivamente con triadas de tónica, dominante y subdominante en posición fundamental, lo que produce constantes 5as. paralelas, procedimiento absolutamente ajeno a la tradición tonal europea. Aunque en el resto de la pieza Chopin “se porta bien” y no recurre más a este barbarismo (que no barbaridad), mantiene un sonido no convencional, con medios que iremos viendo.

Otro elemento a destacar en la introducción y la coda es el ritmo. Si bien la métrica de la mazurca es ternaria, estas partes de la pieza tienen un ritmo binario (toda la introducción y la mayor parte de la coda), lo cual crea contraste entre comienzo y final, por un lado, y el resto, por otro. Bueno, no con todo el resto: en los últimos compases de la primera parte (c. 52 a 56), Chopin realiza una alternación del 2 y el 3, por medio de las notas, los acentos y la dinámica. Tenemos, entonces, una presencia más o menos regular y simétrica (en principio, mitad y final) del ritmo binario dentro de una métrica ternaria. Hay que señalar, además, que los acentos desplazados – en esta mazurca, la gran mayoría de ellos sobre el tercer pulso –le generan por lo menos inestabilidad a lo propuesto  por la métrica.


El persistente uso del tritono fa-si comienza ya en el c. 5. Aunque armonía y melodía finalizan en Do mayor en el c. 6 (y la introducción ha estado maniáticamente en esa tonalidad), recibimos el primer llamado de atención: la melodía del c. 5 tiene un sonido poco habitual en Do mayor, con una cierta presencia –todavía tenue-  del tritono, y la armonía utiliza, como acordes sucesivos, Fa mayor y si disminuido, encadenamiento totalmente tonal, sí, puesto que son las armonías de subdominante y dominante de Do, que juiciosamente desembocan en la tónica, pero, en cierta medida, participan también del llamado de atención hacia lo lidio. Al autor le gusta, en las mazurcas, recurrir a elementos que nos sugieren lo modal, aunque tengan una satisfactoria explicación tonal.


Otra cosa que merece ser mencionada, en los c. 5 y 6, es el uso de lo que podríamos llamar sinopsis: el anuncio resumido de lo que va a ocurrir, procedimiento que se puede encontrar en otras obras de Chopin. Los acordes que aquí aparecen son la, Fa, si° y Do. Pues la, Fa y Do son las tónicas que vamos a encontrar en el transcurso de la primera parte y si cumple aquí una doble función: fortalece a Do, que es la tonalidad principal de la pieza, y sirve, junto al fa, a los fines ya señalados.

En los c. 7 y 8, que son una secuencia (melódica y sólo parcialmente armónica) de los dos anteriores, también encontramos el tritono si-fa, de nuevo tonalmente explicado, ahora como clara subdominante de la menor.


En el siguiente material (c. 13 a 20), constituido por dos frases casi idénticas, de 4 compases cada una, el tritono si-fa (dentro del arpegio de si disminuido) está aún más presente, y justificado desde el punto de vista tonal en forma contundente. Pero la insistencia en él resulta llamativa. ¿Está anunciando algo?


Sin duda. En los 16 compases siguientes, 4 frases de 4 c. c/u, se produce la modulación de Do mayor a Fa lidio, y al final de la segunda y la cuarta (c. 27-28 y 35-36) reaparece en la melodía el mismo tritono, y lo hace de una manera casi ostentosa.


A continuación se repiten los dos primeros materiales del comienzo, pero el último, cuando ya va a la segunda parte, tiene un agregado de 4 compases (53 a 56), todos sobre do (el acorde o la nota, en forma alternada). Este es el procedimiento que Chopin utiliza para modular. El do, que en la primera parte era la tónica de la tonalidad, se transforma en la sensible de la que viene. Ocurre sin violencia, porque de tanto repetirlo sin ninguna referencia a la tonalidad anterior, el oído va perdiendo la noción de que es el primer grado. La nota do pasa a formar parte de un acorde de Lab7 y llega por semitono a los otros sonidos de esta armonía.

 

Para salir de la primera mitad de la segunda parte, Chopin usa también este último procedimiento. Un acorde de fa semidisminuido pasa a ser si disminuido y, finalmente, Mi7, dominante de la tonalidad de la menor, ya regresando al material a). Este pasaje, del segundo grado de mib menor al quinto de la menor, se realiza también por medio de notas repetidas (en algún caso por enarmonía) y semitonos: el dob es el si y el lab, el sol#, el fa baja al mi y el mib al re.


Volvamos al tritono fa-si. Reaparece, ahora enarmónicamente, en la primera mitad de la segunda parte, cuando la melodía pasa a la mano izquierda,. Está presente en la gran mayoría de los compases 73 a 86 hasta que se convierte, en la forma que hemos visto, en la 5ª del acorde de Mi7.

La insistencia en hacernos escuchar este intervalo,  tiene, sin duda, el propósito de crear un sentido de ambigüedad entre los modos mayor y lidio.

Pero Chopin también emplea otros procedimientos para generar esa peculiar sonoridad ‘bárbara’. La sonoridad interválica armónica preferida por la música tonal es la de la 3ª. La 5ª resulta, por supuesto, el intervalo más estable, pero cumple, sobre todo, una función estructural. Su sonoridad, cuando escuchamos simultáneamente los dos sonidos que la conforman, nos resulta vacía, desnuda, ‘angulosa’. En cambio, consideramos a la 3ª como un intervalo dulce, acogedor, sin aristas. Pero no siempre fue así. El gusto por ésta se fue acrecentando desde los viejos tiempos medievales en los que sólo se atacaban simultáneamente 4as., 5as. y 8as. -las todavía llamadas consonancias perfectas-, hasta el triunfo de la tonalidad funcional, en las postrimerías del siglo XVII.

Sin embargo, el goce por la sonoridad de la 5ª permaneció en tradiciones “no cultas” y el autor recurre a ella constantemente en esta mazurca. La mano izquierda de los compases 1 a 4, 13 a 20, 45 a 56 y 97 a 120 son casi exclusivamente 5as. vacías, en algunos casos reforzadas por 8as. Y lo mismo ocurre con la mano derecha en los c. 73 y 74, 76 y 77, 81 y 82 y 85 y 86, cuando la melodía se encuentra en la izquierda. La 3ª de los acordes está, en casi todos los casos, en la otra mano (no incluirla sería llevar el experimento demasiado lejos), pero esta sonoridad poco ‘académica’ está presente en toda la pieza.

Hay otro elemento que podríamos tildar de ‘salvaje’: la llegada a la tónica en los c. 16, 20, 48, 52-56,100 y 104, del mismo modo que el arribo a la dominante en los c. 61, 65 y 69, se da de una manera poco sutil, digamos. El acorde suena tres veces, en una dinámica f  y con acento en el tercer pulso. Es una insistencia que alguien, excesivamente delicado, podría considerar grosera.

Este llegar a la dominante tiene, además, otra particularidad. Ocurre siempre en el primer compás de un grupo de cuatro, pero suena de modo que parece el último. De ese modo se rompe, para el oído, la obsesiva regularidad en el número de compases. Y, además, contribuye al contraste rítmico entre las dos partes.

 Hay otros momentos en que las armonías se repiten idénticas varias veces, lo que nos recuerda los bordones, tan frecuentes, tanto en las mazurcas folclóricas como en las de Chopin.

Dos ejemplos de lo anterior:  

  

He dejado para el final el análisis de la relación entre las dos partes de la pieza, en donde de produce, tonalmente, un gran contraste. La introducción, la coda, toda la primera parte y la última mitad de la segunda emplean sólo las siete notas naturales. Están en Do mayor,  Fa lidio y la menor. Ninguna de las tres tiene alteraciones en la armadura, pero la tonalidad de la menor emplea casi siempre el sol# como sensible. En esta mazurca, cuando esta nota debería aparecer, Chopin la omite, mostrándonos así su propósito de que no haya alteraciones en el fragmento (y reforzando, de paso, su carácter ‘salvaje’, al hacer sonar sin 3ª el acorde de V7.)

 En cambio, la primera mitad de la segunda parte tiene 5 bemoles en la armadura, es decir, que emplea las cinco notas del total cromático que no ha usado todavía. En los compases 73 a 88 se aleja todavía más, en cierto sentido, de las tonalidades con 0 alteraciones, al ir a mib menor, que tiene también el dob, nota aquí utilizada para insistir en el tritono ‘estrella’ de esta mazurca.

Aunque me gusta, esta pieza no es de las de Chopin que me produce mayor deleite escuchar (ya vendrán éstas en próximos análisis), pero considero que constituye uno de los mayores experimentos del autor en la búsqueda de sonoridades no convencionales.



[1] En Europa oriental, además, el repertorio de modos está enriquecido por el aporte asiático y, sobre todo en la región sur del continente, se hace sentir la influencia árabe y en general africana, aunque esta última no precisamente en cuanto a los modos.

[2] Aunque puede haber quienes no concuerden con esta afirmación.