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lunes, 24 de junio de 2013

MAZURCA Op. 17 No. 4 DE CHOPIN: ANÁLISIS

(Incluyo aquí la introducción sobre la mazurca en general, con la que se inicia la entrega del mes pasado. A continuación viene el análisis de la Op. 17 No. 4.)

La música europea, fundamentalmente a partir del siglo XVII, ha estado alimentándose  de danzas provenientes de sus distintas regiones. En los salones las bailó y  muchas veces fueron estilizadas, transformándose en música sólo para escuchar. La suite barroca es justamente eso: una serie de piezas, casi todas danzas, instrumentales no bailables.
 
La mazurca, de origen polaco, penetró tardíamente en la Europa occidental, apenas en el siglo XIX, y no podemos encontrarla entonces en la suite barroca (como sí hallamos  la polonesa). Tuvo gran éxito en los salones en la segunda mitad de ese siglo.

Muchas  danzas del viejo continente –la mazurca, el minué, la polca, el vals, etc.- se trasladaron a, y arraigaron en Latinoamérica,  donde adquirieron características propias. Incluso algunas de ellas –como, por ejemplo, la zarabanda y la chacona- regresaron a Europa transformadas.

 La métrica de la danza que nos ocupa hoy es ternaria, casi siempre 3/4, aunque a veces se escribe en 3/8. Son característicos sus acentos desplazados al 2o.y al 3er. pulso. El tempo es relativamente variable.

Chopin es el verdadero responsable de la estilización de la mazurca. Utiliza, en realidad, tres tipos -mazur, kujawiak y oberek- que combina libremente, otorgándoles muchas veces una complejidad ausente en las de sus predecesores.

Las mazurcas no son las piezas de Chopin más apreciadas por los oyentes. Sin embargo, entre la numerosa producción romántica inspirada en música popular o folclórica constituyen algo excepcional, avanzadísimo, que anuncia lo que hará Debussy con la música española o, más adelante, Bartók con la de Europa oriental. No se trata aquí de ‘decorar’ las obras con melodías o ritmos ajenos a la academia, de ‘refrescar’ la música con elementos exóticos, sino de experimentar nuevas sonoridades, de incorporar estos ingredientes, viejos y al mismo tiempo novedosos, que están fuera de las tradiciones predominantes en Europa, a los aspectos esenciales de la música de una manera original y profunda.

Es interesante echar un vistazo a este bucear de la música europea en el venero del pueblo, sobre todo a partir del siglo XIX. Coincide, claro está, con el surgir de los nacionalismos, pero no es a eso a lo que me quiero referir. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la música de Europa fue lo que se ha llamado modal. Se construyó a partir de varios grupos de sonidos, los modos, cada uno de ellos con su sonoridad característica.  En el período barroco, definitivamente en el barroco tardío, se llegó al sistema tonal funcional, que incluye sólo los modos mayor y menor. Pero los otros no desaparecieron. Varios quedaron relegados a su uso por el pueblo, sobre todo en los países periféricos[1]. Y es a ellos que recurrieron los compositores cuando sintieron que sus medios podían empezar a agotarse o, simplemente, cuando querían renovar su sonoridad, por motivos musicales, ideológicos o de cualquier otra índole. Muy adecuada, en esta oportunidad,  la famosa frase de Verdi: “Retorna a lo antiguo y serás moderno”.

Igual que la Op. 24 No.2, analizada el mes pasado, esta pieza es bastante sorprendente. Juega, como la otra, con distintos procedimientos ‘bárbaros’, típicos de la mazurca popular,  pero lo hace de distinta manera e introduce, además, recursos compositivos que no están presentes en la anterior.





Su forma es ternaria, un ABA’, eso sí, un poco extraño[2]. La primer A, en cambio, es una binaria redondeada (aaba), igual que, en su totalidad, la Op. 24 No. 2,  la del mes anterior.



La Op. 24 empieza y termina afirmando la tónica principal, lo ambiguo se encuentra en el medio. Esta, la de ahora, comienza engañándonos: no nos indica en qué tonalidad vamos a estar, nos sume en la ambigüedad.[3] Presenta una armonía de Fa en 1ª inversión[4] y la voz interior, que lleva la melodía, parece indicar la tonalidad de Do. Y termina como empezó, con los mismos cuatro compases. Claro que en estos últimos el engaño es imposible, porque ya conocemos lo que pasó. La pieza se encuentra ‘prisionera’ en un marco que, pese a sonar muy adecuadamente, juega con el equívoco: la mazurca se encuentra en la menor, pero ni el comienzo ni el final están en esa tonalidad.

La nota fa tiene mucha importancia en el transcurso de la pieza. Después de haber estado siempre en la voz superior de mano izquierda durante los primeros cuatro (y en los cuatro últimos) compases, se mantiene en ese lugar en los primeros tres de las numerosas frases a) que hay a lo largo de la obra. Y en todos los casos ‘resuelve’ ‘normalmente’ en mi, nota relevante en la tonalidad de la (aunque muchas veces, ese descenso a mi forma parte de un proceso cromático que lleva hasta re). Y tiene un papel destacadísimo, como se verá, también en los compases 91 y 92.
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(Tenemos que buscarle un nombre a estos fragmentos del inicio y de la terminación, necesariamente a los cuatro finales, porque antes de ellos hay una coda, de la que claramente se distinguen. Me inclino por los que algunos utilizan: preludio para los primeros cuatro y postludio para los que finalizan.)

Podríamos decir, entonces, que en el preludio se sugieren las tonalidades de  Fa lidio y Do mayor, pero ninguna de ellas resulta la principal. Sí lo será la menor, reducida en estos compases al extremo inferior del conjunto. Sin embargo, ese bajo la cumple aquí la función de anunciar los extensos pedales de tónica que vamos a encontrar en la obra y que constituyen uno de los procedimientos típicos del género.

La parte A está casi toda construida sobre una frase de ocho compases, que aparece también ocho veces en la mazurca, seis en la primera y las dos restantes en la tercera, es decir, en la A final. Si nos referimos a la totalidad de las frases, además de sus importantes variaciones melódicas, hay entre ellas una fundamental diferencia armónica: cuatro (1ª, 3ª, 5ª y 7ª) finalizan en la dominante y las otras, en la tónica. Podemos hablar, entonces, de períodos de 16 compases, armónicamente abiertos en la primera mitad y conclusivos en la segunda.

Analicemos la primera frase. La ambigüedad planteada en el preludio continúa por varios compases. Hay importantes sugerencias funcionales, pero los del centro nos desorientan. ¿Qué significan, en los compases 8 y 9, los acordes de mi y re# menor? En realidad toda la frase, salvo los últimos compases, tiene una armonía horizontal[5], por grados conjuntos descendentes, aunque las armonías de c. 6 y  7, junto con la melodía, parecen conducir a la tonalidad de Do mayor. Y después del ‘quiebre’ de los dos siguientes compases nos dirigimos, sin duda, a la menor. Se da, así, un muy interesante juego entre las formas vertical y horizontal de la armonía.



Melódicamente, podemos dividir la primera frase en dos semifrases muy distintas. La primera, diatónica, ascendente, y la otra, descendente y con una intrusión cromática muy contrastante. Se diferencian también en que la inicial se expande, predominantemente por grados conjuntos, mientras que la segunda cae en cuatro pequeños gestos de sólo dos notas cada uno, en los que intervalos y ritmo varían.

Se dijo, anteriormente, que la melodía de los primeros compases de la frase sugiere Do. Es así. Sin embargo, muchas de sus notas más destacadas podrían estar  indicando, ya desde el comienzo, la tonalidad de la menor: más ambigüedad. 



En esta primera frase aparecen dos intervalos que van a tener una gran presencia en el transcurso de la mazurca: la 3ª la-do y el semitono re#-re.

La melodía comienza resumiendo la del preludio. El primer segmento melódico de esta frase incluye las tres notas iniciales y la última de aquélla. A la que se agrega otra, justamente el la, que va a permanecer asociada al do en las ocho frases a) de la mazurca  y, lo que es todavía más importante, la-do es un intervalo presente (y a veces omnipresente) en varios lugares de la coda. Sobre esto volveremos más adelante.



En la segunda semifrase aparece por primera vez el semitono re#-re, que vamos a encontrar frecuentemente en toda la pieza. La peculiaridad del re# es que puede tener, en este contexto, varios significados: sensible de la dominante de la, la tonalidad principal, nota de paso cromática o cuarto grado lidio de esa tonalidad. La insistencia de Chopin en alterar en forma ascendente el cuarto grado (alterarlo ‘lidiamente’) resulta altamente significativo. Y, aun cuando tenga una clara explicación de otro tipo, es también un recurso para lo ambiguo.

No obstante que desde el punto de vista armónico, el final de la primera y el comienzo de la segunda frase nos ubican indudablemente en la tonalidad de la menor, la melodía se resiste a aceptar, por lo menos que se encuentra en la tónica. Cuando la armonía llega a ella, la melodía se niega a hacerlo, y cuando ésta la alcanza, la armonía ya se halla en otro lado. Es necesario llegar al c. 20 para que haya acuerdo entre ambas en que estamos en el primer grado de esta tonalidad.


La segunda frase (todas las segundas frases de los períodos que emplean este material) busca expandirse, sobre todo por medio de valores irregulares de duraciones muy breves, con frecuencia cromáticos, que se constituyen en pequeñas ‘manchas’ de color melódico en buena parte del transcurso de la mazurca.

La melodía de las frases a) ansía la libertad, y en cierta medida la logra, aunque está ‘amarrada’ por una armonía tozuda, que pretende arrastrarla en su lento y siempre igual descenso hacia la estabilidad.

El material b) (c. 37 a 44) constituye un pequeño contraste con el a), aunque utiliza varios elementos melódicos de éste: el semitono re#-re, el intervalo descendente, el tresillo de corcheas, incluido su diseño melódico (y su resolución en do, como ya ocurrió en el c. 4).

El carácter es distinto: a), lírico, b), dramático, especialmente en los dos últimos compases. En ellos, además del cromatismo en ambas manos y el tritono con que se inicia cada uno en la mano derecha, encontramos los dos únicos sib de toda la pieza, que introducen un nuevo elemento modal: el semitono frigio entre segundo y primer grado de la escala. (Otra tensión con lo tonal funcional.)


Este ingrediente modal no afecta la estructura del fragmento, que tiene una índole claramente funcional. Presenta los acordes de tónica, dominante y, también, una difusa subdominante en el primer pulso de los compases 43 y 44. Toda la frase se edifica sobre un pedal de mi, dominante de la,  y ‘ensayo’ de los mucho más contundentes, de tónica, que encontraremos en la segunda parte y en la coda. El tempo –con su un poco piu vivo- asimismo contribuye, aunque ligeramente, a la diferenciación de carácter.

La segunda parte está en La mayor: cambio de modo, pero no de tonalidad. Y existen varios otros aspectos en que contrastan esta parte y la anterior.

Desde el c. 61 hasta el comienzo del 91, con apenas dos pequeñísimas interrupciones cadenciales, nos encontramos con un pedal de tónica. (El pedal, como ya se dijo, es un procedimiento típico de la mazurca popular.) La escritura parece señalarnos un doble y aun un triple pedal, pero tanto el mi como el si no cumplen con un requisito de éste: no pertenecer, en algunos momentos, a la armonía que está sonando. El único que sí lo cumple es el la.

Sin embargo, las notas de la mano izquierda nos remiten a otra sonoridad ‘bárbara’ que ya habíamos encontrado en la mazurca anterior, la 5ª vacía que, aquí, incluso se duplica: hay, de a ratos, dos 5as. vacías superpuestas.

Sobre ese pedal la se levanta una armonía repetitiva, de solo tres acordes: La, Mi y fa#, es decir, tónica, dominante y sexto grado. Se diferencia de la mayoría de los compases de la primera parte en que ésta (la de la primera parte) es horizontal, mientras que la que ahora analizamos transcurre verticalmente.

La  melodía, al contrario que la de la parte anterior, se comporta sumisamente, no pretende evadirse en ningún momento. Su dirección también difiere: la primera, sube y baja; ésta, al revés, baja y sube.

Se trata, básicamente, de una escala (descendente y ascendente), aunque Chopin no se resigna a ser melódicamente tan aburrido. Le incorpora, entonces, distintos elementos que mantienen el interés:

    - omite una nota de la escala y la hace sonar inmediatamente después:


- divide la escala entre dos voces, en forma contrapuntística:


- introduce en la escala notas cromáticas:


    Etcétera.

Cuando en el compás 89 ya nos estamos preguntando, ‘¿va a seguir eternamente con esto?’, se produce -en el 91- un cambio dramático: con la máxima indicación de dinámica de toda la pieza (ff), convierte el fa# en fa natural, y construye así, sobre el pedal la, un acorde de Mi V9 menor, que está sugiriendo el regreso a la menor. En ese mismo compás elimina también el # del sol, y en el siguiente enfatiza el tritono fa-si, en lo que es, melódicamente, una armonía de Sol V7, dominante de Do.

Estos dos compases, transición al material a) de la parte A’, tienen otra especial peculiaridad: son el único momento de la mazurca en que no hay armonía vertical, las dos manos tocan las mismas notas a una 8ª de distancia (y, repito, con una dinámica ff, que sólo aparece esa vez en la obra). Ambas cosas hacen de este pasaje un momento muy destacado.

Y, aquí, la nota fa adquiere una importancia extrema. Baja tres veces al mi y otras tantas vuelve a subir al fa, donde queda ‘colgada’, para resolver otra vez en mi, a distancia, en el c. 96.


En el c. 93 estamos ya en A’. Se reexpone, entonces, el material inicial, el del c. 5 y siguientes. Para resolver el acorde de Mi V9 menor del c. 91, es decir, para llegar a la tonalidad de la, tenemos que esperar todavía varios compases, como ya se vio en el análisis de la primera parte. En cuanto a la otra armonía, la de Sol V7, también se señaló en el comentario previo: parece resolverse en la melodía de la mano derecha, con el frustrado refuerzo de los acordes de Fa y Sol, ahora en los c. 94 y  95, en apariencia subdominante y dominante de Do, respectivamente.

En el regreso al material inicial hay, como en las anteriores presentaciones, alguna modificación melódica y, al final del período (c. 107), el clímax también melódico de la pieza. Simultáneamente (c. 107 y 108), la última cadencia auténtica de la mazurca.

Entramos entonces en la coda, íntegramente construida sobre un pedal de tónica y, al mismo tiempo, verdadera orgía del tritono, lo cual constituye, en sí, una oposición radical: el pedal de tónica es la máxima estabilidad y los constantes tritonos, en cambio, la total inestabilidad. Además, la coda reúne elementos contrastantes que se encuentran en cada una de las partes: por un lado, la armonía horizontal que aparece en A (ahora en un descenso totalmente cromático) y, por otro, el ya mencionado pedal, que domina B. La armonía horizontal representa movimiento, mientras que el pedal, quietud. La coda hace una especie de síntesis de elementos dispares presentes en las partes anteriores.

Los veinte compases de la coda se dividen en dos frases casi idénticas de ocho cada una y una extensión de tónica de cuatro compases. La única diferencia entre las dos frases es un refuerzo intermitente del pedal la, ahora en el agudo.

En la mano derecha escuchamos sólo tritonos (bastante numerosos también en la izquierda), que van descendiendo cromáticamente hasta llegar a fa-si, el de la subdominante de la tonalidad principal.


Por lo menos los primeros cuatro compases de cada una de las dos frases de la coda son prácticamente una secuencia. En los primeros siete, las armonías están a distancia de 5ª  descendente (re#, sol#, do#, fa#, si), mientras la melodía baja cromáticamente (re#, re, do#, do, si). (Tengamos presente que, desde el punto de vista armónico, la 5ª es equivalente al semitono melódico: cada uno en su terreno es el intervalo cuyas notas más se atraen.) La armonía, horizontal y bastante curiosa, alterna acordes de 7ª disminuida con otros de 6ª aumentada.

Cuando en el c. 115 se llega al tritono fa-si (y a la subdominante de la), se inicia una débil cadencia plagal, que finaliza en el compás siguiente, cadencia que se repite en los c. 123-124, y que es la última de la mazurca. Normalmente, las obras tonales terminan terminando, es decir, con una fuerte cadencia auténtica. Antiguamente, era frecuente que después de un sólido final, se recurriera a la cadencia plagal (que, en algunos casos hay quienes, con fundamento, no consideran una cadencia).

Además, estos compases 115-116  y 123-124 utilizan la melodía que aparece por primera vez en los c. 5 y 6, con el importante intervalo la-do. Entre las dos situaciones hay una diferencia de peso: en A, la melodía inicia la frase; en la coda, la termina.


Viene después la extensión de tónica, cuyos principales objetivos parecen ser fortalecer el la como 1er grado de la tonalidad principal (aunque no de un modo funcional) y sustituir el intervalo melódico la-do por do-la, más conclusivo.


La intención de Chopin es evitar, en el final, la forma ‘normal’ de indicar cuál es la tonalidad de la obra: la última cadencia auténtica está 25 compases antes de terminar (en una pieza de poco más de 130 c.); incluye posteriormente dos cadencias plagales, por supuesto mucho más débiles que aquélla; establece durante la coda un pedal de la, y los últimos 4 c. de ésta se limitan a un acorde de primer grado, con énfasis en lo que podríamos llamar un intervalo característico. Los procedimientos para identificar al la como tónica en la terminación de la mazurca, no son, digamos, los corrientes en la inmensa mayoría de las obras tonales.

Para finalizar, recurre a la reiteración de los primeros 4 compases, un postludio que nos aleja de la tonalidad principal de la mazurca. Esta queda así envuelta en una tenue bruma tonal. Nos encontramos aquí ante un ejemplo muy original de lo que el musicólogo Charles Rosen llama ‘fragmento romántico’.

En mi opinión, esta pieza es otro magnífico ejemplo de experimentación sonora que tiene la ventaja de ser musicalmente más inspirada que la que analizamos el mes pasado.   
 




[1] En Europa oriental, además, el repertorio de modos está enriquecido por el aporte asiático y, sobre todo en la región sur del continente, se hace sentir la influencia árabe y en general africana, aunque esta última no precisamente en cuanto a los modos.

[2] Originalmente, yo había escrito otra cosa, pero un gran amigo y excelente compositor me mostró que esto es lo correcto.

[3] Insisto en el concepto: en música, la ambigüedad es, casi siempre, sinónimo de riqueza.

[4] Existe la posibilidad de considerar cada negra de los primeros compases como un acorde diferente, con lo cual la ambigüedad persiste. (Y las tres armonías serían las mismas que las de los compases 5 y 6: si semidisminuido, Fa mayor y re menor.)
  
[5] En el análisis del preludio No. 4 de Chopin, publicado en el mes de febrero en este mismo blog hay una más o menos extensa referencia a la armonía horizontal.

martes, 21 de mayo de 2013

ANÁLISIS DE LA MAZURCA Op. 24 No. 2 DE CHOPIN


La música europea, fundamentalmente a partir del siglo XVII, ha estado alimentándose  de danzas provenientes de sus distintas regiones. En los salones las bailó y muchas veces fueron estilizadas, transformándose en música sólo para escuchar. La suite barroca es justamente eso: una serie de piezas, casi todas danzas, instrumentales no bailables.
 
La mazurca, de origen polaco, penetró tardíamente en la Europa occidental, apenas en el siglo XIX, y no podemos encontrarla entonces en la suite barroca (como sí hallamos  la polonesa). Tuvo gran éxito en los salones en la segunda mitad de ese siglo.

Muchas  danzas del viejo continente –la mazurca, el minué, la polca, el vals, etc.- se trasladaron a, y arraigaron en Latinoamérica,  donde adquirieron características propias. Incluso algunas de ellas –como, por ejemplo, la zarabanda y la chacona- regresaron a Europa transformadas.

 La métrica de la danza que nos ocupa hoy es ternaria, casi siempre 3/4, aunque a veces se escribe en 3/8. Son característicos sus acentos desplazados al 2o.y al 3er. pulso. El tempo es relativamente variable.

Chopin es el verdadero responsable de la estilización de la mazurca. Utiliza, en realidad, tres tipos -mazur, kujawiak y oberek- que combina libremente, otorgándoles muchas veces una complejidad ausente en las de sus predecesores.

Las mazurcas no son las piezas de Chopin más apreciadas por los oyentes. Sin embargo, entre la numerosa producción romántica inspirada en música popular o folclórica constituyen algo excepcional, avanzadísimo, que anuncia lo que hará Debussy con la música española o, más adelante, Bartók con la de Europa oriental. No se trata aquí de ‘decorar’ las obras con melodías o ritmos ajenos a la academia, de ‘refrescar’ la música con elementos exóticos, sino de experimentar nuevas sonoridades, de incorporar estos ingredientes, viejos y al mismo tiempo novedosos, que están fuera de las tradiciones predominantes en Europa, a los aspectos esenciales de la música de una manera original y profunda.

Es interesante echar un vistazo a este bucear de la música europea en el venero del pueblo, sobre todo a partir del siglo XIX. Coincide, claro está, con el surgir de los nacionalismos, pero no es a eso a lo que me quiero referir. Durante la Edad Media y el Renacimiento, la música de Europa fue lo que se ha llamado modal. Se construyó a partir de varios grupos de sonidos, los modos, cada uno de ellos con su sonoridad característica.  En el período barroco, definitivamente en el barroco tardío, se llegó al sistema tonal funcional, que incluye sólo los modos mayor y menor. Pero los otros no desaparecieron. Varios quedaron relegados a su uso por el pueblo, sobre todo en los países periféricos[1]. Y es a ellos que recurrieron los compositores cuando sintieron que sus medios podían empezar a agotarse o, simplemente, cuando querían renovar su sonoridad, por motivos musicales, ideológicos o de cualquier otra índole. Muy adecuada, en esta oportunidad,  la famosa frase de Verdi: “Retorna a lo antiguo y serás moderno”.







La mazurca de Chopin Op. 24 No. 2 tiene forma binaria[2] y está enmarcada por una introducción y una coda, ambas construidas con el mismo material.



La regularidad del número de compases es casi absoluta, lo cual resulta muy comprensible, por razones obvias, en piezas que provienen de la danza. No obstante, toda la música del romanticismo, en este aspecto, es mucho más regular que la anterior. La libertad romántica se da en otros niveles.

Incluso, podríamos hallarnos ante una regularidad aún mayor, total.  Los compases 53 a 56, que forman parte de los 12 de b’) son, en realidad, una transición (una transición/extensión) que conduce a la segunda parte. Si lo consideramos así, la primera queda:

 4 (intr.) + 8 (a) + 8 (b) + 16 (c) + 8 (a) + 8 (b) + 4 (trans./exten. de (b))

Y la segunda, tal como está, pero sumando los dos materiales que ya se oyeron en la primera parte:

16 (d) + 16 (e) + 16 ((a) + (b’’)) + 16 (coda)

Una simetría perfecta.


Mucha de la música folclórica de varios países europeos, entre ellos Polonia, se encuentra en modo lidio, es decir, en una estructura que se diferencia de nuestro modo mayor únicamente en el cuarto grado, que está un semitono arriba del de éste. La escala lidia sin alteraciones tiene como tónica la nota fa. Esta mazurca, que está en Do mayor, tiene frases en Fa lidio y, además, juega permanentemente con el tritono fa-si, intervalo característico de este modo en esta tonalidad.


Por otra parte, presenta varios otros elementos no pertenecientes a la tradición académica, elementos “salvajes”, podríamos decir.

El primero de ellos es la sonoridad de la introducción y la coda, construidas exclusivamente con triadas de tónica, dominante y subdominante en posición fundamental, lo que produce constantes 5as. paralelas, procedimiento absolutamente ajeno a la tradición tonal europea. Aunque en el resto de la pieza Chopin “se porta bien” y no recurre más a este barbarismo (que no barbaridad), mantiene un sonido no convencional, con medios que iremos viendo.

Otro elemento a destacar en la introducción y la coda es el ritmo. Si bien la métrica de la mazurca es ternaria, estas partes de la pieza tienen un ritmo binario (toda la introducción y la mayor parte de la coda), lo cual crea contraste entre comienzo y final, por un lado, y el resto, por otro. Bueno, no con todo el resto: en los últimos compases de la primera parte (c. 52 a 56), Chopin realiza una alternación del 2 y el 3, por medio de las notas, los acentos y la dinámica. Tenemos, entonces, una presencia más o menos regular y simétrica (en principio, mitad y final) del ritmo binario dentro de una métrica ternaria. Hay que señalar, además, que los acentos desplazados – en esta mazurca, la gran mayoría de ellos sobre el tercer pulso –le generan por lo menos inestabilidad a lo propuesto  por la métrica.


El persistente uso del tritono fa-si comienza ya en el c. 5. Aunque armonía y melodía finalizan en Do mayor en el c. 6 (y la introducción ha estado maniáticamente en esa tonalidad), recibimos el primer llamado de atención: la melodía del c. 5 tiene un sonido poco habitual en Do mayor, con una cierta presencia –todavía tenue-  del tritono, y la armonía utiliza, como acordes sucesivos, Fa mayor y si disminuido, encadenamiento totalmente tonal, sí, puesto que son las armonías de subdominante y dominante de Do, que juiciosamente desembocan en la tónica, pero, en cierta medida, participan también del llamado de atención hacia lo lidio. Al autor le gusta, en las mazurcas, recurrir a elementos que nos sugieren lo modal, aunque tengan una satisfactoria explicación tonal.


Otra cosa que merece ser mencionada, en los c. 5 y 6, es el uso de lo que podríamos llamar sinopsis: el anuncio resumido de lo que va a ocurrir, procedimiento que se puede encontrar en otras obras de Chopin. Los acordes que aquí aparecen son la, Fa, si° y Do. Pues la, Fa y Do son las tónicas que vamos a encontrar en el transcurso de la primera parte y si cumple aquí una doble función: fortalece a Do, que es la tonalidad principal de la pieza, y sirve, junto al fa, a los fines ya señalados.

En los c. 7 y 8, que son una secuencia (melódica y sólo parcialmente armónica) de los dos anteriores, también encontramos el tritono si-fa, de nuevo tonalmente explicado, ahora como clara subdominante de la menor.


En el siguiente material (c. 13 a 20), constituido por dos frases casi idénticas, de 4 compases cada una, el tritono si-fa (dentro del arpegio de si disminuido) está aún más presente, y justificado desde el punto de vista tonal en forma contundente. Pero la insistencia en él resulta llamativa. ¿Está anunciando algo?


Sin duda. En los 16 compases siguientes, 4 frases de 4 c. c/u, se produce la modulación de Do mayor a Fa lidio, y al final de la segunda y la cuarta (c. 27-28 y 35-36) reaparece en la melodía el mismo tritono, y lo hace de una manera casi ostentosa.


A continuación se repiten los dos primeros materiales del comienzo, pero el último, cuando ya va a la segunda parte, tiene un agregado de 4 compases (53 a 56), todos sobre do (el acorde o la nota, en forma alternada). Este es el procedimiento que Chopin utiliza para modular. El do, que en la primera parte era la tónica de la tonalidad, se transforma en la sensible de la que viene. Ocurre sin violencia, porque de tanto repetirlo sin ninguna referencia a la tonalidad anterior, el oído va perdiendo la noción de que es el primer grado. La nota do pasa a formar parte de un acorde de Lab7 y llega por semitono a los otros sonidos de esta armonía.

 

Para salir de la primera mitad de la segunda parte, Chopin usa también este último procedimiento. Un acorde de fa semidisminuido pasa a ser si disminuido y, finalmente, Mi7, dominante de la tonalidad de la menor, ya regresando al material a). Este pasaje, del segundo grado de mib menor al quinto de la menor, se realiza también por medio de notas repetidas (en algún caso por enarmonía) y semitonos: el dob es el si y el lab, el sol#, el fa baja al mi y el mib al re.


Volvamos al tritono fa-si. Reaparece, ahora enarmónicamente, en la primera mitad de la segunda parte, cuando la melodía pasa a la mano izquierda,. Está presente en la gran mayoría de los compases 73 a 86 hasta que se convierte, en la forma que hemos visto, en la 5ª del acorde de Mi7.

La insistencia en hacernos escuchar este intervalo,  tiene, sin duda, el propósito de crear un sentido de ambigüedad entre los modos mayor y lidio.

Pero Chopin también emplea otros procedimientos para generar esa peculiar sonoridad ‘bárbara’. La sonoridad interválica armónica preferida por la música tonal es la de la 3ª. La 5ª resulta, por supuesto, el intervalo más estable, pero cumple, sobre todo, una función estructural. Su sonoridad, cuando escuchamos simultáneamente los dos sonidos que la conforman, nos resulta vacía, desnuda, ‘angulosa’. En cambio, consideramos a la 3ª como un intervalo dulce, acogedor, sin aristas. Pero no siempre fue así. El gusto por ésta se fue acrecentando desde los viejos tiempos medievales en los que sólo se atacaban simultáneamente 4as., 5as. y 8as. -las todavía llamadas consonancias perfectas-, hasta el triunfo de la tonalidad funcional, en las postrimerías del siglo XVII.

Sin embargo, el goce por la sonoridad de la 5ª permaneció en tradiciones “no cultas” y el autor recurre a ella constantemente en esta mazurca. La mano izquierda de los compases 1 a 4, 13 a 20, 45 a 56 y 97 a 120 son casi exclusivamente 5as. vacías, en algunos casos reforzadas por 8as. Y lo mismo ocurre con la mano derecha en los c. 73 y 74, 76 y 77, 81 y 82 y 85 y 86, cuando la melodía se encuentra en la izquierda. La 3ª de los acordes está, en casi todos los casos, en la otra mano (no incluirla sería llevar el experimento demasiado lejos), pero esta sonoridad poco ‘académica’ está presente en toda la pieza.

Hay otro elemento que podríamos tildar de ‘salvaje’: la llegada a la tónica en los c. 16, 20, 48, 52-56,100 y 104, del mismo modo que el arribo a la dominante en los c. 61, 65 y 69, se da de una manera poco sutil, digamos. El acorde suena tres veces, en una dinámica f  y con acento en el tercer pulso. Es una insistencia que alguien, excesivamente delicado, podría considerar grosera.

Este llegar a la dominante tiene, además, otra particularidad. Ocurre siempre en el primer compás de un grupo de cuatro, pero suena de modo que parece el último. De ese modo se rompe, para el oído, la obsesiva regularidad en el número de compases. Y, además, contribuye al contraste rítmico entre las dos partes.

 Hay otros momentos en que las armonías se repiten idénticas varias veces, lo que nos recuerda los bordones, tan frecuentes, tanto en las mazurcas folclóricas como en las de Chopin.

Dos ejemplos de lo anterior:  

  

He dejado para el final el análisis de la relación entre las dos partes de la pieza, en donde de produce, tonalmente, un gran contraste. La introducción, la coda, toda la primera parte y la última mitad de la segunda emplean sólo las siete notas naturales. Están en Do mayor,  Fa lidio y la menor. Ninguna de las tres tiene alteraciones en la armadura, pero la tonalidad de la menor emplea casi siempre el sol# como sensible. En esta mazurca, cuando esta nota debería aparecer, Chopin la omite, mostrándonos así su propósito de que no haya alteraciones en el fragmento (y reforzando, de paso, su carácter ‘salvaje’, al hacer sonar sin 3ª el acorde de V7.)

 En cambio, la primera mitad de la segunda parte tiene 5 bemoles en la armadura, es decir, que emplea las cinco notas del total cromático que no ha usado todavía. En los compases 73 a 88 se aleja todavía más, en cierto sentido, de las tonalidades con 0 alteraciones, al ir a mib menor, que tiene también el dob, nota aquí utilizada para insistir en el tritono ‘estrella’ de esta mazurca.

Aunque me gusta, esta pieza no es de las de Chopin que me produce mayor deleite escuchar (ya vendrán éstas en próximos análisis), pero considero que constituye uno de los mayores experimentos del autor en la búsqueda de sonoridades no convencionales.



[1] En Europa oriental, además, el repertorio de modos está enriquecido por el aporte asiático y, sobre todo en la región sur del continente, se hace sentir la influencia árabe y en general africana, aunque esta última no precisamente en cuanto a los modos.

[2] Aunque puede haber quienes no concuerden con esta afirmación.

viernes, 22 de marzo de 2013

ANÁLISIS DEL PRELUDIO No. 22, EN SOL MENOR, DE CHOPIN



En el análisis del No. 4, publicado el mes de febrero del 2013 en este mismo blog, hay información general sobre el género preludio.

Por su carácter, el No. 22 es, en algunos aspectos, opuesto al No. 4. Sin embargo, aunque se trata de dos piezas muy diferentes, emplean un recurso similar en la búsqueda del extremado dramatismo que ambas presentan: la falta de una auténtica definición tonal, que sólo se establece firmemente al llegar a la última cadencia.

Todo este preludio es una angustiosa búsqueda de la estabilidad en la tonalidad de sol menor, en la que sin duda está, pero en forma débil hasta el penúltimo compás. Son 41 compases de un torbellino áspero, tenso y denso, que no se aplaca hasta el acorde final. Ya la indicación de carácter (Molto agitato) nos ubica en un escenario de intranquilidad y perturbación que se mantiene hasta que termina. Aunque no es técnicamente muy difícil, esta pieza se inscribe en el estilo virtuosístico, tan apreciado en el siglo XIX e impensable en la música anterior, por lo menos de la forma en que se manifiesta en ese siglo.  El piano fue el instrumento más utilizado para llevarlo a la práctica, seguido del violín.


Es una versión de Cortot, muy vieja (pero buena, en mi opinión).




Está constituido por 5 frases, que pueden indicarse con las letras aa’bb’a’’. En número de compases sería[1]:


Tiene una sola parte: el desplazamiento tonal que ocurre en la 2ª sección es muy relativo. De sus 18 compases, 10 se encuentran otra vez en la tonalidad principal, sol menor y, repito, como ocurre en el preludio No. 4, la única cadencia importante es la final. Más aún, el cambio de tonalidad es ambiguo: las notas son, a partir del c. 17,  las de Lab mayor (relación ‘napolitana’ o de 2ª frigia con la tonalidad principal), pero el acorde de dominante está en 3ª inversión y el de tónica pasa por las tres posiciones sin detenerse en ninguna; sólo el de subdominante, Reb mayor, aparece en posición fundamental y es justamente esta nota (reb) la que tiene mayor trascendencia en ese fragmento, tanto que por momentos parece la tónica. (Además, Reb es la subdominante de Lab y este grado desempeña un papel muy importante en el preludio.) A las razones expuestas se debe agregar la existencia, en toda la pieza, de un único material temático.

Y la propia relación ‘napolitana’, la única que se establece en todo el preludio, desempeña un papel relevante en cuanto al carácter de la pieza[2].

Se distinguen tres secciones (1 – 16, 17 – 34 y 35 – 41). Aunque se trata del mismo material, existen varios elementos de diferenciación, y aun de contraste, entre las secciones 1ª  y 2ª. (La 3ª, más breve, deriva de la 1ª, pero sus funciones parecen limitarse a alcanzar el clímax y terminar, además de esbozar una reexposición.)


(Y sería posible ampliar la enumeración.)

La primera frase se divide en dos semifrases de 4 compases cada una. La inicial establece sol menor, pero sin entusiasmo. La estructura melódica va, por escala ascendente, de la tónica al 4º grado. Y al comienzo de la  segunda semifrase alcanza la dominante re en forma bastante dramática, pasando por un largo do#; que con la tónica forma un intervalo particularmente tenso, el tritono. En ese punto llega al clímax de la frase y la melodía comienza a descender. Nos encontramos allí (en el clímax y en la bajada) con notas (do# y si) que no son de la tonalidad principal, sensibles de la dominante y la subdominante, respectivamente, ubicadas en sendos acordes de 6ª aumentada. Se trata de dos pequeñas tonizaciones. Chopin aprovecha esa subdominante (tonizada y repetida) para regresar plenamente a sol menor.

Entre la melodía, en mano izquierda, y la armonía de la primera frase no hay acuerdo[3]. Aquélla (a pesar del do# y también del si natural) afirma la tonalidad de sol menor, mientras que la otra, aunque sin oponerse, más bien la enturbia: en el primer compás, sobre la nota sol de la melodía nos encontramos con un acorde de subdominante; en el segundo, a la armonía de dominante (en la que predomina la fundamental fa#, dominante sustituta) no sigue la tónica sol, sino su acorde sustituto, Mib; en el cuarto compás nos encontramos, sí, con un encadenamiento dominante-tónica, pero tan débil como breve, destruido por la aparición del do# en el c. 5.

 La mayor parte de la segunda semifrase se aleja un poco de la tonalidad de sol, enfatizando la subdominante (c. 6 y 7); en el 8, el último de la frase, podemos decir que hay un encadenamiento fa#-sol, también débil y breve: la segunda frase inicia, igual que la primera, con un acorde de subdominante sobre la nota sol de la melodía, porque su primera semifrase es idéntica a la de la frase anterior.

 Al inicio de la segunda (c. 13) hallamos otra vez el clímax y empieza, asimismo, el descenso melódico. Pero lo más relevante de este fragmento tal vez sea que opera, en varios aspectos, como transición a la sección siguiente: en la mano izquierda desaparece (o se transforma) la anacrusa y el transcurrir melódico se hace más fluido; la mano derecha inicia el ritmo sincopado que será su constante en la segunda sección. Tonalmente se aleja bastante de sol menor y nos lleva a Lab mayor.

La segunda sección, además de las frases y semifrases, tiene una división más pequeña, que algunos llaman segmento de frase, cuya extensión, en este caso, es de dos compases.

La tonalidad de la primera semifrase de la frase inicial es esa débil Lab mayor que ya mencioné. Pero en la segunda vuelve a la tonalidad principal. En esta sección es más frecuente el uso de tríadas y de acordes primarios, por lo que resulta inesperado el “engaño” que nos hace Chopin al pasar de la primera a la segunda frase. Los últimos compases de aquélla, con sus encadenamientos funcionales y sus 4as. y 5as. en melodía y bajo, no nos preparan para lo que ocurre en los compases 24 y 25: un abrupto pasaje de armonía totalmente “horizontal”[4] (Re a Reb), que nos lleva a la repetición del c. 17 y siguientes. Se trata del momento en el que, en forma más radical, evita la resolución de la dominante.   


La segunda frase de esta sección tiene un agregado de 1 y ½ - 2 compases, que nos conduce a la sección final. Esta comienza igual que la primera, pero se queda “pegada” en el 2º. compás, que se escucha tres veces (apenas con una expansión del registro), y llegamos al clímax, con la mayor dinámica del preludio (sff; la menor ha sido f) y con la también mayor distancia entre las manos. (La ubicación del clímax cerca de la terminación es un procedimiento del romanticismo.) Después de un dramático silencio, siguen los dos compases de la cadencia final en la que, por fin, hay un encadenamiento fuerte dominante-tónica.  Parecería que Chopin está diciendo: “¡Basta ya! ¡Definamos esto de una vez!” (Durante el clímax, inmediatamente anterior, se ha estado repitiendo la sucesión de estos dos grados, pero ambos con los acordes sustitutos, fa# y Mib.)

Otro elemento que da identidad al preludio, bastante concordante con la “tartamudez” melódica de las secciones extremas (a la que enseguida haré referencia), es la repetición de compases: 6 y 7 son iguales; en la segunda sección predomina la repetición cada dos compases y, en la última, los c. 36, 37 y 38 tienen las mismas notas. Además,  todos estos casos son ejemplos de la voluntad del autor de restar trascendencia al V y, en su lugar, dar importancia a armonías de tensión intermedia.

 En esta pieza, Chopin hace un uso destacado de varios intervalos.

 En primer lugar la 8ª, fundamental en el color. Toda la mano izquierda, salvo parte de la cadencia final, presenta 8as. vacías, un recurso muy popular en el pianismo desde el momento en que los compositores empezaron a buscar mayor volumen en la sonoridad. Más disimuladamente las encontramos asimismo en la totalidad de los compases de mano derecha; en este caso, forman parte de acordes o se llega a ellas melódicamente.

También, aunque sensiblemente menos, utiliza el unísono melódico, las notas repetidas, que juegan un papel relevante en la pieza. Aparece muy ligado al aspecto rítmico y, a través de éste, a la estructura formal de la obra.

Lo encontramos ya en las notas previas al primer compás. Allí, la melodía llega al  sol en parte débil de la métrica, y se repite en la parte fuerte.  Esto mismo hallamos muchas veces, con distintas notas pero en las mismas ubicaciones, dentro de las secciones externas del preludio. Esta anticipación melódica da como resultado una especie de freno, de “tartamudez” rítmica, que empieza a atenuarse en los compases 13 y 14, cuando se aproxima a la segunda sección. Y en ésta desaparece completamente, sustituida por notas repetidas (primero re bemol y después do) que fluyen normalmente, ahora en concordancia con la métrica. 

Otros dos intervalos muy utilizados son el semitono y el tritono. Por su naturaleza, ambos contribuyen mucho al carácter de la pieza.
        
Al semitono lo encontramos melódicamente de manera constante. Además de ser el primer intervalo que escuchamos, aparece, de manera sobresaliente, en las voces extremas de la mano derecha (c. 1 al 14), y en el descenso cromático de la mano izquierda entre la primera y la segunda sección (c. 16 y alrededores). En la segunda sección, en los compases 17 y 19, hallamos la 8ª reb que, en el compás 21, se convierte en la 7ª menor re – do por la acción de los semitonos reb – re y reb – do. Como hay dos frases consecutivas muy similares, la 7ª vuelve a hacerse 8ª y ésta nuevamente 7ª, por el mismo procedimiento.

Otra utilización importante del semitono (ahora cromático), lo hallamos en los c. 4 – 5 (do - do#) y 7 – 8 (si - sib), precisamente en los momentos en que parece alejarse de, para volver de lleno a, la tonalidad principal.

Asimismo, se debe mencionar otra presencia de este intervalo, relacionada con la enarmonía do# - reb. La primera de estas notas, sensible de la dominante de sol menor, resuelve en forma ascendente (do#- re) y la encontramos en forma destacada al principio (c.5) y al final de la pieza (c. 39-40); la segunda, subdominante de Lab mayor, la hallamos frecuentemente descendiendo al do en la segunda sección.   

Aquí hallamos otro caso de armonía horizontal en el tránsito de la primera a la segunda subfrase en ambas frases de la sección (c. 20-21 y 28-29). El primer pulso es un acorde de Lab mayor que se convierte, por el movimiento de un semitono, movimiento no funcional, en el acorde de do menor. Le sigue, en el siguiente compás, una armonía de re semidisminuida (¿son estos dos acordes tónica y 2º grado de do menor?, que es la subdominante de sol menor), y el 2º pulso, otra vez horizontal y no funcionalmente, se transforma en  Re7, dominante, que resuelve en tónica (sol menor).


Asimismo, el semitono  juega un importante papel  en la estructura tonal: el preludio está en sol menor; la única otra tonalidad a la que va es La bemol mayor.

  También el tritono es muy frecuente y aparece de distintas maneras. Está presente, en forma melódica directa o como ámbito, en la voz inferior de la mano derecha en los compases 1 a 4 y 9 a 12. Asimismo en la mano izquierda, como sonidos extremos de las notas largas que constituyen el “esqueleto” de la melodía en los compases 1 a 5 (sol la sib do do#) y, también como ámbito, en los compases 13, 14 y 15.

 

 
Tonalmente: la falsa tónica Reb, en la 2ª sección, está a distancia de tritono de sol.

Desde el punto de vista armónico, lo encontramos en todos los compases (menos el último) de las secciones externas, integrando los acordes de dominante 7ª, 7ª semidisminuida, 7ª disminuida y 6ª aumentada.

En la sección central es mucho menos frecuente; lo hallamos sólo en las armonías de dominante 7ª y 7ª semidisminuida.

Otro intervalo que merece nuestra atención es la 3ª. Normalmente se trata de una sonoridad estable, pero en este preludio está frecuentemente asociada al unísono melódico “tartamudo”. En los primeros compases, Chopin emplea este salto para llegar anticipadamente al ‘destino’, lo que contribuye a crear esa especie de “torpeza” melódica que encontramos en las secciones exteriores. (Para comprobarlo podemos sustituir las 3as. por la “obviedad” de las 2as.)

Lo que es: 
 
Lo que no es: 
 
En la sección central apenas usa este intervalo con ese significado: en el compás 17 y siguientes, que están en la tonalidad de La bemol mayor, nos encontramos con una “plácida” escala descendente de reb  a reb. Pero en la segunda semifrase, que  regresa a la tonalidad principal, el descenso tropieza con una 3ª, que interrumpe el movimiento de 2as. y nos trae a la memoria la “tartamudez” inicial.  

 

De manera menos visible, porque se encuentra a distancia, está también en los c. 5 – 6, 6 – 7 y 7 – 8.

Aunque en la primera y en la última sección no se aprecia, todo el preludio (salvo la cadencia final) es un continuo batir de corcheas, seis por compás. Y no se aprecia porque en esas dos secciones las seis corchas están divididas, tres en cada mano, en diferente registro y cumpliendo distintas funciones: las de la mano izquierda, podríamos decir que tienen a su cargo la melodía, mientras que las de la derecha, el ‘acompañamiento’[5].

Además, la 1ª y la 3ª sección son casi totalmente anacrúsicas. Estas anacrusas “resuelven” en el comienzo  de los dos pulsos de cada compás (la mano izquierda en el primero y la derecha en el segundo), lo que otorga gran presencia a la regularidad métrica[6]. Y lo hacen terminando en una nota larga, que interrumpe permanentemente el transcurrir melódico (otro factor para su “torpeza”). En la 2ª sección, la anacrusa es abandonada (o transformada) y la mano izquierda  fluye métricamente con normalidad, pero la derecha, que ahora aparentemente lleva la melodía, sincopa todas las notas de ésta, ubicándolas, acentuadas, en la segunda corchea de cada pulso.

¿Cuáles serían los elementos que hacen, de este breve preludio, una especie de pequeña “mancha” en el tiempo, oscura e intensa, con una identidad muy peculiar? Para empezar, el tempo, rapidísimo, y la dinámica, que tiene f como indicación mínima. Y, sobre todo, su permanente evitar la normal resolución de la dominante en tónica, además de varios otros, de distinto tipo: el uso de notas repetidas “en contradicción” con la métrica; la melodía, a veces tropezante, otras, sincopada; el empleo continuado de intervalos tensos, como el semitono y el tritono, utilizados melódicamente (ambos), desde el punto de vista armónico (el tritono, lo que da lugar a una armonía predominantemente disonante, que recurre a menudo a los acordes sustitutos) y tonalmente (también ambos). <Es probable que algún elemento me haya quedado en el tintero.>

Para terminar, una reflexión. Contrariamente al gusto de los oyentes a través de la historia (ya Aristóteles se quejaba de él en la antigua Grecia), no me interesa el virtuosismo, aunque le reconozca ciertas virtudes. Más aun, casi siempre me molesta: para apreciar un espectáculo circense o deportivo, no escucho música, sino que veo el Circo del Sol o un buen partido de fútbol. Considero que el arte es otra cosa. Sin embargo, quiero distinguir entre el que lo ubica como un fin en sí (hay muchos compositores, incluso buenos, dentro de esta categoría) y el que lo coloca al servicio de lo artístico. Chopin está –casi siempre- entre estos últimos. Por esto y, naturalmente, por muchas otras cualidades, es uno de mis preferidos.[7]



[1] En los compases 16 – 17 no queda claro el final y el comienzo de las frases, y en el 34 se superpone la terminación de una con el inicio de la otra.
 
[2] Las modulaciones pueden realizarse con alteraciones ascendentes o descendentes.  En el primer caso, nos adentramos en la región de la dominante; en el segundo, en el de la subdominante.  La dominante representa la luz; la otra, en cambio, la oscuridad. La relación ´napolitana´ es, por supuesto, hacia la subdominante. De ahí la afirmación de que juega un importante papel en el carácter del preludio, particularmente sombrío. (Y no sólo eso: la distancia entre las dos tónicas, un semitono que  desciende hacia la principal, contribuye sustancialmente en el mismo sentido.)
 
[3]  No se puede hablar con total propiedad de melodía en la izquierda y acompañamiento en la derecha, sino de una relación en cierta medida contrapuntística entre ambas. Del mismo modo, en la segunda sección (a partir del c. 17) no existe un traslado total de la melodía de una mano a otra: las dos tienen significancia en este sentido. Sin embargo, se puede afirmar que en las secciones externas tiene más peso melódico la izquierda y en la central, la derecha. 
 
[4] Sobre la “armonía horizontal” véase el análisis del preludio No.4, publicado el mes de febrero en este mismo blog.
 
[5] Ya señalé que estas categorías (melodía y acompañamiento) son, en este caso, relativas.
 
[6] La tensión, en esta parte, se obtiene por otros medios, tanto armónicos y melódicos, como rítmicos.
 
[7] El único defecto de Chopin es, a mi juicio, que no tiene sentido del humor.